
Cerca de cumplir 70 años y con su primer medio siglo de fotógrafo profesional a cuestas, el zacatecano admite que quizá sea tiempo de parar un poco. “Necesito descansar, no quiero descansar viejito”, dice. Luego de trabajar desde niño, primero en el campo y más tarde en la capital del país, pasando de cuidar chivas y bolear zapatos a cubrir luchas armadas y movimientos sociales, hoy destina parte de su tiempo a escribir sus memorias. “Tengo mis libros, quiero dedicarme a leer, a reflexionar”
Guillermo Rivera
El Sur / Ciudad de México
Llegó al entonces Distrito Federal a los 14 años desde su natal San Luis de Ábrego, municipio de Fresnillo, en Zacatecas, como si ese cambio fuera un trance necesario para convertirse en uno de los más reconocidos fotodocumentalistas de México. En 2025 Pedro Valtierra festeja sus 50 años de fotógrafo profesional, pero precisa que en realidad cumple 53 desde que captó sus primeras imágenes con una cámara Instamatic.
A modo de celebración, el fundador y director de la agencia Cuartoscuro inauguró en abril en el Centro de la Imagen (CI) la exposición Volver a la tierra del Quetzal, una serie de fotografías que documentan el conflicto armado interno que se vivió en Guatemala a inicios de los ochenta. Valtierra fue enviado por el periódico Unomásuno y esas fotos se mostraron al público por primera vez en 1983 en una exposición que llevó por título Bienvenidos a la tierra del Quetzal, en el Consejo Mexicano de Fotografía (CMF).
Ya pasaron más de 40 años, aunque a él le parece que fue ayer cuando se sumergió en la selva con la misión de retratar a la guerrilla, dice en entrevista con El Sur.
–Ves las fotos y te imaginas lo complicado que es llegar ahí –se le comenta a Valtierra.
–Llegamos a Guatemala después de varios asuntos. En una mochila llevaba mi cámara, poca ropa. Tuvimos que caminar mucho tiempo en la selva. Es difícil porque los guerrilleros se meten a zonas complicadas. Ahí es donde tienes que ir.
Recuerda que llevaba unos 40 rollos y dos cámaras, una de las cuales era una Nikon de buena calidad.
“Llegamos al lugar donde estaba la guerrilla. Empecé a retratar con malas condiciones de luz. No podía usar flash. No se podía hablar en voz alta. No se podía fumar. Ni usar lámparas en la noche. Son reglas que tienes que cumplir”, relata.
–¿Por qué hubo esa confianza contigo?
–Uno, yo ya había estado en las guerras de Nicaragua, a finales de los setenta, y de El Salvador, en los ochenta. Son años muy intensos y complejos. El director de Unomásuno, Manuel Becerra Acosta, y Carmen Lira, que era la jefa de Información, tenían mucha confianza en mí, por eso me propusieron. Guardas todas las medidas de seguridad. No es fácil, pero es emocionante.
A Pedro, recalca, se le hacía muy importante “toda esa etapa de cubrir luchas armadas, movimientos sociales, reclamos. Yo estuve absolutamente convencido de que mi trabajo de fotografía podía servir de algo. Nunca lo hice con afán protagónico.
“Como siempre he querido a la fotografía, procuraba hacer fotos interesantes que dijeran algo, que transmitieran. Entiendes a estos grupos, la razón de su lucha, ¿por qué están allí? Platicas con la gente y te conmueve que están allí luchando con las armas porque quieren un país mejor, porque no les quedó otra opción.
“No hago apología de los movimientos guerrilleros, pero entiendo perfectamente que su idea de la vida es estar ahí para mejorar el mundo”.
Campesino, vendedor, albañil, bolero, fotógrafo
Antes de llegar a la capital del país en 1969, su vida era el campo: “Soy campesino. Sembraba, cuidaba chivas en el semidesierto”, comenta. Un día, la familia perdió todo porque su padre y sus dos hermanos hipotecaron el rancho.
Pedro es el primero de ocho hermanos. Por ser el mayor, trabajaba para ayudar a la familia. Vendió periódicos en Fresnillo. Al dueño del negocio, un peluquero, le ayudaba con la distribución y la administración de la venta.
“Éramos 20 vendedores. Yo recogía el dinero y entregaba las cuentas, con 12, 13 años de edad. En esa peluquería se reunían estudiantes”. Como Pedro vendía El Heraldo, se enteraban del movimiento del 68, dice entusiasmado.
A fines de los sesenta la familia Valtierra Ruvalcaba llegó a vivir al barrio de Tacubaya del DF, cerca del mercado Cartagena. Pedro acabó ahí la primaria, en la escuela El Pípila. Luego se dedicó a trabajar. Fue bolero, albañil, estudió mecánica, vendía discos en la calle. Hizo de todo porque tenía varios hermanos y había que contribuir en su manutención.
“No le digo nada para reclamarle a mis hermanos. A ellos no les gusta que cuente esa etapa. Pero sí, trabajé para que ellos comieran. No teníamos un centavo y teníamos que salir adelante”.
Como bolero encontró trabajo con los oficinistas del zoológico de Chapultepec. Caminaba de su casa a esa zona y un día pasó frente a Los Pinos, donde vio muchos elementos de seguridad. El presidente era Luis Echeverría.
“Estoy hablando del 71. Había un estacionamiento grande, no como ahora. Ahí saqué mi cajón y me puse a bolear. Ya no me moví. Muchos querían que los boleara. Un día llegó el capitán Jorge Nuño Jiménez, quien fue secretario particular de Echeverría. Me dijo: ‘Vente a bolearnos a los del Estado Mayor’”, cuenta Valtierra.
Ahí llegó Pedro, siendo un adolescente de 16 años. Gracias a Nuño, cuya amistad conserva, se convirtió en el bolero oficial del complejo presidencial. Hasta que conoció el cuarto oscuro que había en la oficina de Comunicación Social, justo en el primer piso del Estado Mayor.
Por ahí pasaban todos los fotógrafos y reporteros, entre ellos Joaquín López Dóriga y Ricardo Rocha. Llegaban a cubrir las actividades de Echeverría.
“Subía a bolear a los fotógrafos. Cuando conocí el cuarto oscuro, mi vida cambió. A mí ya me gustaban las fotografías que veía en los periódicos. Tenía una cámara Instamatic que compré para retratar a mi familia. Descubrí cómo se revelaba la foto, cómo salía la foto, y para mí fue como descubrir una nueva dimensión. Anduve pensando varios días en eso. Me embrujó la foto –dice todavía con emoción–. Y desde ese día yo no vivo más que para la foto. Desde entonces. A finales del 71, por ahí”.
Fue en ese tiempo, en 1972, cuando Valtierra publicó sus primeras fotografías; primero en la revista Boxeo Ilustrado y después en la revista América. Y en 1973 consiguió un puesto como auxiliar en el laboratorio de fotografía de Comunicación Social de la Presidencia.
–Te quedaste a trabajar ahí.
–Fui conserje en el 72. Después entré a la secundaria. Cuando conocí el laboratorio de fotografía, fui asistente. Limpiaba el cuarto, preparaba los químicos. Poco a poco fui aprendiendo, me lo fui granjeando. Llegó un momento en que yo revelaba todo. Ya sabía encarretar. Tenía todo limpio, ordenado. Iba a ayudarles los fines de semana. Les caí bien. Me convertí en fotógrafo.
Pero cuando finalizó el sexenio de Echeverría y llegó José López Portillo a la presidencia, en diciembre de 1976, lo regresaron al laboratorio.
Pedro estuvo en Los Pinos hasta los 21 años. Ya no quería volver a ser laboratorista y salió a buscar trabajo como fotógrafo de prensa. En marzo de 1977 empezó en El Sol de México.
Tuvo un mentor, Manuel Madrigal, que le enseñó mucho. “Él fue un fotógrafo que estuvo en la revista Siempre! Me aconsejó irme a un periódico. Fui a pedir chamba al director de El Sol, Luis Amieva, y me la dio.
“El primer día pedí una cámara prestada, no tenía, y publiqué en portada una foto de unos niños jugando en Chapultepec. Suerte. Así empecé. Estuve dos años ahí. De ahí me fui al Unomásuno, del 78 al 84. Ese periodo es muy importante porque viajo mucho y es un momento político intenso: después del 68.
“Es importante dar contexto político y social al desarrollo de cualquier persona –enfatiza el zacatecano–. Por ejemplo, yo vengo de estudiar en el CCH Naucalpan. Vengo de una escuela secundaria de trabajadores. Sobre todo, trabajé desde niño, que es algo común en los pueblos. Cuidaba las chivas. Me tiraba en el suelo, veía los aviones pasar y me preguntaba: ‘¿Cuándo me subiré a uno?’. Veía las nubes hermosas y me imaginaba cosas con las nubes”.
“Yo soy periodista, un fotógrafo de diario”
Pedro Valtierra se considera esencialmente un diarista: “Yo soy periodista, un fotógrafo de diario. Trabajé desde siempre cubriendo órdenes todos los días y haciendo reportajes”.
A propósito de su exposición en el Centro de la Imagen, se le pregunta si puede considerarse un trabajo artístico: “No sé si es arte o no. Es una discusión que tiene muchos años y se seguirá debatiendo si es arte o no. Si la fotografía es un arte, no tenemos que estar distinguiendo entre los distintos géneros. Por ejemplo, la foto documental. Al principio es foto periodística y termina siendo documental. En su primera etapa tiene el objetivo periodístico de informar.
“No soy académico. Me he disciplinado y he aprendido de los maestros. En algunos casos mirando, en otros platicando con ellos. Soy muy disciplinado en ese sentido –reitera–. Trabajé intensamente. No lo cuento como halago para mi persona, pero sí trabajaba 12 o 15 horas, tengo que decirlo. Antes no lo decía porque la gente iba a pensar que estaba echándome flores. Pero no”, explica.
Alguna vez, menciona, se aventó tres años sin tomar vacaciones. Tomó muchas fotos y siempre trató de hacerlo con gusto y respeto.
“Reivindico el diarismo –insiste–. El periodismo durante muchos años fue vilipendiado, marginado. En mi caso, desde siempre pensé que la fotografía podía llevarse a las galerías y estar en el periódico. Esta exposición es una muestra de eso.
“En 1983, la exposición (Volver a la tierra del Quetzal) se hizo en el Consejo Mexicano de Fotografía. Y fue porque yo insistí y porque toda mi vida he sido un terco. No para violentar. He sido un terco respetuoso para que mis fotos se muestren”.
–Mucho de eso se trata el periodismo. De ser terco. Insistente y perseverante.
–Si no, se te va la foto. Yo vengo de esa escuela en la que te enseñaron a ser terco. Lo digo con respeto. Y disciplinado, porque a esta edad chambeamos todo el día.
–Te formaste en Unomásuno, en La Jornada.
–En Unomásuno y La Jornada se hacía investigación, pero también tenían unas crónicas maravillosas. La crónica es un género del periodismo que se hizo entonces, pero luego se empezó a abandonar. Y los periódicos se concentraban solamente en las declaraciones de los políticos. Ahí fue el traste. El acabose.
–¿Es esos periódicos viviste tu mejor etapa de crecimiento periodístico?
–Hablando de hacer reportajes de temas importantes, para mí, mi mejor etapa fue en El Sol de México, toda mi etapa en Unomásuno y los primeros años de La Jornada, que, cuando se politizó mucho la dirección, se complicó un poco. Se perdió el rumbo de hacer buen periodismo, es decir, tocar los temas que se deben.
Escribir sus memorias, leer, descansar
Aunque Pedro reside en Ciudad de México, siempre ha tenido un pie en su tierra. Por ejemplo, en 2005 promovió la fundación de la Fototeca de Zacatecas y actualmente, en su estado tiene montadas dos exposiciones individuales permanentes, una en Fresnillo y otra en la capital.
Fresnillo, dice el fotógrafo a propósito de la violencia, le da mucha tristeza: “Voy muy seguido. Yo tengo una casita en Zacatecas, a cuya fototeca le pusieron mi nombre. Es para guardar y conservar la memoria de Zacatecas. La propuse a Amalia García. Entonces tengo una responsabilidad. Voy a ayudar. Es mi tequio que hago por mi tierra. Mucha gente no entiende eso, pero es mi tierra. Me preguntan si no me da miedo. Normalmente no matan a la gente sólo porque sí. ¿Te puede pasar algo? Sí. Pero tienes que confiar.
–Ahora todo el país es inseguro.
–En pocos años. Pero yo voy a Zacatecas. Como con mis amigos de Fresnillo, platico, saludo. Me gusta ver el cielo. Descanso, duermo muy a gusto. Es una ciudad hermosa que disfruto.
–Tienes tu perfil en Instagram. No estás peleado con las nuevas maneras de presentar tu trabajo.
–No, absolutamente. Es el desarrollo de la humanidad. No puede uno oponerse a eso. Sí, estoy un poquito lento ahí, pero hay que usar las redes, esa forma de comunicación. Yo vengo de otra época. Claro, siento añoranza por las exposiciones físicas. Respeto. Estoy de acuerdo con el desarrollo de la ciencia.
–Cuartoscuro –la agencia de fotografía de prensa fundada por Pedro– tiene casi 40 años.
–Hemos tenido épocas muy buenas. Nosotros hemos dado cobertura a todos los temas en 39, casi 40 años. Queremos preparar una fiesta. Es un gran logro importante. Como empresa, no es fácil resistir durante tantos años. La permanencia, la terquedad de estar trabajando y desarrollar la idea. Tenemos mucha gente joven aquí. En sus 20. Estimulamos para que ellos den clases aquí mismo. Nosotros mismos impulsamos a nuestros propios alumnos a que den clases. Queremos formar periodistas.
–¿Piensas en el retiro? Tantos años de trabajo, debe ser agotador.
–Estaba pensando hace rato exactamente en ese tema porque sí es agotador y yo no he parado. Sí pienso en eso. Un poco Zacatecas es también eso. El otro día estuve en el rancho de un primo. Me fui dos días. La cosa más agradable. Sí quiero descansar. Como me dijo una amiga el otro día: ‘No vas a descansar cuando tengas 90 años’. Y yo voy a cumplir 70 el 29 de junio. Sí necesito descansar y no quiero descansar viejito.
En su oficina de la colonia Condesa, entre grabados y pinturas colgadas en los muros de color azul celeste, es difícil imaginar a un Pedro Valtierra jubilado, lejos de su amado trabajo, que lo ha llevado –cámara en mano– por muchos lugares del mundo. Pero aun retirado, él se ve produciendo: imágenes, ideas, textos. “Estoy haciendo mis memorias, las escribo. Procuro leer. Tengo mis libros, quiero dedicarme a leer, a reflexionar. Sí quiero eso, sí lo necesito”, admite.
Felicitaciones a El Sur por su aniversario 32
Días después de haber dado la entrevista, Valtierra viajó a Japón con su hija Perla, quien participó en una exposición en ese país. Desde allá, se dio tiempo para enviar un afectuoso mensaje con motivo del reciente aniversario de este diario: “Una felicitación muy especial para Maribel y Juan, así como a todos los trabajadores que hacen posible El Sur, un medio independiente de Guerrero, en sus 32 años de existencia. Un esfuerzo periodístico admirable”.


