
Federico Vite
(Segunda de dos partes)
Esa otra novela que me propuse leer hace treinta años, cuando el deseo de ser un escritor era mucho más fuerte, me hizo replantear la estrategia narrativa con la que acometía mis primeros textos. Primero, porque descubrí que mis primeros cuentos eran cortos y al abrir las páginas de aquella edición económica de La guerra y la paz, de León Tolstoi (1972), cuya extensión rebasaba las mil 200 páginas, tuve el sobresalto de verme como un tipo al que le faltaba mucho, pero mucho trabajo. Había dos columnas en la página. Era cansado leer así, pero lo peor era la tipografía pequeña. Leí entonces, pegado a un ventilador, las peripecias, aventuras y temores de varias familias rusas (Bezújov, Bolkonsky, Rostov y Kuraguin), pues ante la inminente invasión del ejército de Napoleón el futuro se ensombrecía. De aquella experiencia, un poco tortuosa porque los diálogos, que son muchos, y las descripciones parecían amoldarse a una realidad vetusta, pero interesante, porque la guerra, el patriotismo, el amor, la violencia y la burguesía me llamaron la atención de una forma inusual, en específico, porque el autor (lo imaginaba moviendo una pluma de ganso millones de veces) fue paciente y comunicaba al lector cómo era la vida de aquel tiempo, entre 1805 hasta 1812. Leí esos dos tomos como si fueran una tarea titánica, a la que le dediqué muchas noches, muchas tardes y algunos días. Perdía pistas, me enfrascaba en hechos que no parecían importantes y buscaba sobre esa prosa límpida un misterio mayor al del mero ejercicio de narrar. Tuve fortuna, porque el misterio de narrar en ese libro fue revelado con simpleza por el autor, pero lo que contenía me costaba trabajo organizarlo. Pensaba: ¡un cerebro pudo con todo esto! Eso me sorprendió. Era tan fluida la organización de los personajes, de los diálogos y los escenarios. ¿Podría ser escritor después de haber leído esta historia? No lo sabía, ni lo sé ahora. Supe que era un lector y eso ya me parecía bastante. Al terminarlo sentí la terrible sensación de haber quitado un escollo en el camino. Recuerdo con precisión que me pregunte, ¿sirve de algo haber leído este libro? Deseché una feliz respuesta porque yo me propuse escribir cuentos; aún no estaba listo para una novela. Pero nunca tomé a los cuentos como un entrenamiento.
A inicios de este año conseguí una de las traducciones de La guerra y la paz de las que mejores comentarios he leído. Me refiero a War and Peace, traducción de Richard Pevear y de Larissa Volokhonsky. El libro de mil 275 páginas fue editado por Vintage books en 2007, en Estados Unidos. En este proceso de reaprender, me pareció inevitable la relectura. Usted dirá, ¿cambia algo al visitar de nuevo el mismo libro? Sí; muchas cosas. Pero en esencia, comprobé que esta novela seguía interesándome como artefacto.
Esta versión, asistida por la labor de Pevear y de Volokhonsky, posee una cualidad que no tuve en la primera experiencia: la claridad del pensamiento narrativo. También es notoria la naturalidad con la que se mueven los personajes y la extraordinaria descripción de las batallas entre rusos y franceses. Valoré más esta versión, del ruso al inglés, que la de Porrúa, traducida sin créditos del francés al español; por principio, en inglés se respetan las conversaciones en francés, una lengua de uso corriente en la burguesía rusa del siglo XIX. Eso le permite al lector entender el círculo social en el que se mueven los personajes, en específico, las mujeres, quienes suelen expresar de una mejor manera sus emociones y deseos en francés que en ruso (traducidos al inglés en este caso). El segundo aspecto es que no hay una sensación de vejez en el texto, sino que puede notarse aún el envidiable estilo de Tolstoy (que a lo largo de la lectura me pareció afrancesado, es decir, dejó de ser Tolstoi y se convirtió en Tolstuá. Tomemos esto como un chiste personal). Acerca del estilo, puedo describir oraciones organizadas siempre de esta manera: sujeto, verbo y predicado. Son oraciones que carecen de adornos, sin florituras ni amaneramientos. Llama al pan pan y al vino vino. Digamos que los pensamientos del autor atraviesan párrafos, páginas y el resultado se debe a la enorme concentración del autor y de los traductores. Es decir, hay largas estancias textuales en las que el lector presencia el desplazamiento de la caballería, de los soldados a pie, de los cañones y cada movimiento narrativo forma parte de un elenco coral, bien armonizado. Es producto, sin duda, de intensos periodos de corrección; los hechos, no sobra decirlo, son detallados y eso ya no se estila, porque casi todo se ha narrado y enfatizar aspectos de personajes y situaciones (ser prolijo) parecería un error, no una virtud. Pero sirve, ahora lo entiendo, para darle flexibilidad al cuerpo del relato.
También noté que en este edificio literario la historia ocultaba otros ministerios –me generaron de nuevo un intenso e interesante atractivo– , pues salió a colación el asunto de los masones, el siempre complejo vínculo entre el país y sus habitantes, porque el patriotismo está presente en la novela; de igual manera, me posé sobre la burguesía, pero no con la frivolidad característica de quien atisba y juzga, sino mediante la comprensión de la rebeldía entre ciertos grupos de esa clase social. Quizá lo más aleccionador sea el tremendo aliento del autor, no acelera ni retrasa la marcha de la prosa. La mantiene a una velocidad equilibrada y los giros de la trama tienen un tempo distinto al que se lee en los libros de nuestra época. Y es en este aspecto en el que me gustaría precisar que es distinto el tempo narrativo de Tolstoi al nuestro porque él articula un monstruo, no trabaja sólo para el efecto de acumulación, sino que despliega la vida de los personajes sin excesos. Es una proeza la elegancia en War and Peace, eso nos habla de la precisión e ingeniería del autor para elaborar una novela como ésta. Claro, War and Peace podría ser mucho más pequeña, pero al planearla, Tolstoi sabía que su apuesta era ambiciosa y genuina. También había visos experimentales, por ejemplo, durante varios capítulos, la historia corre de la mano de un narrador omnisciente y de pronto aparece la palabra: nosotros. “Nosotros sabíamos”. “Nosotros lo vimos”. Después esa voz vuelve a cobrar distancia de los hechos. Este aspecto no lo noté en la primera visita. Pero ahora me hace pensar que el capítulo uno de Madame Bovary, de Gustave Flaubert, tiene ese truco. Ambos libros fueron publicados con meses de diferencia. No hay influencia uno de otro, pero sí una hermosa coincidencia.
En aquel tiempo, como ahora, la literatura conlleva una expresión popular y al mismo tiempo docta, porque se analiza el comportamiento humano en situaciones específicas. Era la literatura lo que dictaba ciertas formas de comportamiento; ahora las series tienen una ventaja en ese rubro. Ni siquiera el cine compite en ese renglón.
La obra cumbre de Tolstoi, traducida y reeditada aún 156 años después de su aparición, no es para todos sino para aquellos que intentan entender el motivo por el que la literatura tuvo el poder de insuflar ánimos a un mundo en caos. Hay otros libros al respecto, pero Guerra y Paz, me temo, roza la perfección y eso es lo que repele nuestra actualidad, como el viejo ejemplo de la comida chatarra y la comida nutritiva. Lo nutritivo y sano crece en el silencio, a la sombra. Se desarrolla despacio, con más esfuerzo. El sonido de un lector en punto álgido de trabajo se parece tanto a ello.
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