
El historiador Eduardo Sánchez Jiménez, ubica el origen de la celebración en Zitlala en la pelea entre dos grandes grupos de pobladores en 1605 por una disputa por el territorio y el poder local.
Zitlala, Guerrero, 27 de febrero de 2020. A las 2:30 de la tarde del martes 25, el señor Vicente Godinillo Palacios empieza a tocar un viejo tambor que hace danzar en círculo al primer niño y tres adultos que portan faldas, rostros cubiertos con pañuelos y máscaras de luchador y sombreros en la cabeza, son los primeros de los casi 25 Xochimilcas del barrio de San Francisco y la comunidad de Tlaltempanapa que dos horas después pelarían cuerpo a cuerpo a puñetazos contra sus vecinos de los barrios de San Mateo y La Cabecera. Es el martes de carnaval.
El sonido que produce el tambor va acompañado de un canto en náhuatl de aliento y fuerza para los peleadores: “Dense la vuelta alrededor del gran viejo. Viejo pero está en su tiempo. Xochimilcas, gorditos, chaparritos pero de veras cabroncitos. Listos no nos avergoncemos, vamos a medir fuerzas con los puños”.
El legado
Don Vicente de 65 años tiene el legado del primitivo instrumento y de los cantos. Se lo heredó don Martín Tlaixco, ícono ya fallecido del barrio de San Francisco.
El tambor dejó de usarse de manera gradual desde hace unos 40 años cuando apareció la música de viento. Ahora en el ritual y peleas de los Xochimilcas, don Vicente es el último portador del tambor y del canto que se repite una y otra vez, antes de las sangrientas batallas.
Vicente Godinillo porta una playera nueva blanca, un sombrero también en buen estado y se coloca en el cuello un paliacate gris. Se cruza al pecho la correa del tambor hecho con cuero de res, plástico y tejido con alambre e hilo de cáñamo y agarra las gruesas baquetas que también elaboró.
De pronto empieza a emitir un sonido de batalla y un canto en náhuatl que es de aliento y de fuerza para la batalla que se avecina.
“Aunque estén altos, chaparritos nunca se rajan porque van al combate con sus contrincantes. Salga quien salga. Si sale chico, si sale grande, se tiene que uno que pelear con ellos. Sin temor a nada”, se puede traducir de una de las estrofas del canto prehispánico.
Don Vicente es también un peleador legendario. Incluso participó en las peleas de los hombres tigre que hace muchos años se realizaban en la ribera del río cuando bajaban de ofrendar el cerro del Cruzco. Esas peleas dejaron de existir por falta de peleadores y porque los pobladores decidieron concentrar el ritual el 5 de mayo en la plaza principal del pueblo.
“Siempre tiene que existir esto (el tamborcito) porque es lo primitivo, ya la música de viento viene acompañando, pero mucho después”, dice.
La música de viento, recuerda, se integró a la celebración hace unos 40 años, pero el tamborcito sigue acompañando. Se escucha menos, es más llamativa la música de viento pero siempre ha existido el tamborcito año con año, dice.
La finalidad de tocar y cantar, agrega, es para conservar la tradición, para que no se pierda la cultura y se enraice, es parte de nosotros.
En efecto, a don Vicente lo acompaña su hijo David Godinillo de unos 35 años y su nieto Giovany de 17 años que en este año es su primera pelea por lo que dice sentir nervios.
“Siente nervios como cualquier persona, pero a la hora de estar adentro es otro cantar. Se enciende la sangre, la adrenalina y te tienes que defender”, explica David, el padre del joven primerizo.
“Ya el día de mañana, él (Giovany) le va a enseñar a sus hijos que serán nietos míos. De hecho mi bisabuelos y mis tatarabuelos han participado en las peleas de los Xochimilcas y del 5 de mayo”, afirma David Godinillo.
Agrega que así como la gente se atrincheró para defender a sus mujeres, también defendió con sangre su lengua materna. “Se defendió hasta con sangre porque es lengua original”.
El ritual inició en la víspera, el lunes por la tarde, con un recorrido con música y baile por las calles del pueblo lleno de bajadas y subidas.
Este martes la danza de los Xochimilcas inició en la casa del capitán de los peleadores de San Francisco y Tlaltempanapa, Carmelo Pascualeño, quien salió ataviado de un vestido colorido típico de San Jerónimo Palantla del municipio de Chilapa y fue el que se encargó de dar el mole rojo con carne de res, tamales de garbanzo y frijol y guajes a los participantes y vecinos.
Luego se realizó un recorrido para pasar a traer a algunos peleadores a sus viviendas donde se ofrecieron cervezas frías y agua para los niños.
En el recorrido de un caluroso día, antes a las peleas, don Vicente también bailó al son de la música de viento de la banda La Movida que entre sus integrantes tiene a tres mujeres: Mariana de 15 años que toca el saxor, Viviana de 13 que lleva el trombón y Ana Yeli de 8 años con una tarola.
Fiesta de gala
Para Ausencio Procopio, de 29 años, y su hijo Kevin, de 10 años, peleadores Xochimilcas, la tradición milenaria también es una fiesta, pero de gala.
Ausencio porta una nagua o falda de la mujer zitlalteca que su mamá Ofelia Cuachirria compró en 1984 en unos 10 mil pesos actuales.
A la falda de tela visiblemente deteriorada, le volvieron a bordar las flores y los animales y también tiene lentejuelas nuevas colocadas una por una a mano.
También se compró unos tenis negros con vivos turqueza marca Nike de 2 mil 400 pesos y su huipil blanco donde esconde las manos como es la nueva costumbre. También estrena sombrero y los pañuelos rojos que le cubren el rostro y la cabeza. Su niño porta una máscara del luchador Rey Misterio con los colores de la bandera y botes de plástico con piedras adentro que amarró alrededor de la cintura de su bermuda. Ambos bailan y viven su tradición.
El ritual
El rito de los Xochimilcas data, de acuerdo con los vecinos, desde hace más de 500 años, cuando el poblado era una aldea y pagaba con cosechas, semillas y mujeres una especie de tributo al imperio azteca.
Después de tantos años de sometimiento, los hombres nativos estrategicamente se vistieron de mujeres para sorprender a sus verdugos para enfrentarlos a golpes.
No obstante, académicos como el historiador Eduardo Sánchez Jiménez, han planteado la versión de que la pelea entre dos grandes grupos de pobladores data de 1605 por una disputa por el territorio y el poder local.
En años anteriores, indica, hubo cierta rivalidad de estos barrios; la gente que habita en el barrio conocido como La Cabecera y en el barrio de San Mateo no podían cruzar al barrio de San Francisco, su rival. La persona que cruzaba la línea territorial era golpeada, casi mutilada, en vísperas de la festividad de carnaval principalmente.
Lo cierto es que en esta tradición pagano-religiosa participan todos los pobladores que están dispuestos a preservarla por los años siguientes.
Zitlala es un municipio enclavado en la entrada a la región de la Montaña con unos 22 mil pobladores y junto al vecino municipio de Chilapa ha sufrido los estragos de la violencia criminal. En la celebración de este martes, policías estatales e integrantes de la Guardia Nacional hicieron labores de vigilancia.
Texto y foto: Luis Daniel Nava
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