6 enero,2025 5:53 am

Un corazón desarmado

 

 

Jesús Mendoza Zaragoza

Una iniciativa que Paulo VI estableció en el año 1968, en el entonces contexto de la guerra de Vietnam que provocó tanta sangre, la Jornada Mundial de la Paz, cuya edición LVIII se ha celebrado el pasado 1 de enero, con un mensaje del papa Francisco, quien eligió como tema “Perdona nuestras ofensas; danos paz”, destacando el valor transformador del perdón y su papel en la construcción de una paz verdadera.
En este mensaje Francisco ha propuesto tres cosas muy precisas: 1) Una notable reducción o una total condonación de la deuda internacional, que grava los destinos de las naciones empobrecidas; 2) Promover el respeto de la dignidad de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural, para que toda persona pueda amar la propia vida y mirar al futuro con esperanza, y la eliminación de la pena de muerte en todas las naciones; y 3) Destinar al menos un porcentaje fijo del dinero empleado en los armamentos para la constitución de un fondo mundial que elimine definitivamente el hambre y facilite en los países más pobres actividades educativas, y a su vez, dirigidas a promover el desarrollo sostenible. Estas medidas darían un gran alivio internacional a la causa de la paz.
Aboga Francisco para que el 2025 sea un año en el que crezca la paz. Esa paz real y duradera, que no se detiene ni con tratados de paz, ni con mesas de compromisos políticos. “Busquemos la verdadera paz, que es dada por Dios a un corazón desarmado”, sostiene Francisco. ¿Qué entiende con esta expresión de un corazón desarmado? Se refiere a detener esa carrera armamentista que se desata en el corazón humano mediante la cultura de la muerte, los estilos de vida y actitudes guerreristas, como pueden ser los cálculos económicos y políticos, la defensa a ultranza de la propiedad privada y de las posiciones extremas, el miedo, el odio, la desesperación, la indiferencia, la mediocridad, la pereza y la sordera ante las razones de los otros. Es necesario desarmar el corazón para acabar con la guerra, para renunciar a las venganzas y para abrirlo a las necesidades de los otros.
Desarmar el corazón significa, en este caso, ir al encuentro de los otros, de los que sufren y de quienes no piensan ni viven como nosotros, la escucha atenta a quienes necesitan de nuestra atención, abrir el corazón ante el desaliento y las contrariedades para mirar con esperanza al bien para este mundo. Un corazón desarmado es el secreto de la sabiduría para mirar nuestro afligido mundo de manera esperanzadora.
Una vez desarmado el corazón, hay que reconstruirlo con ingredientes espirituales, como la esperanza, la solidaridad, la gratuidad y el perdón. “Sólo a través de la esperanza recuperaremos una vida que sea algo más que supervivencia. Sólo la esperanza amplía el horizonte de lo que tiene sentido, lo que vuelve avivar la vida, a darle alas, a inspirarla. Sólo la esperanza nos brinda futuro” (Byung-Chul Han). La solidaridad sucede cuando el ego se transforma en el cuidado de los otros, de quienes sufren y de la naturaleza. Y la gratuidad sostiene la lucha por el bien común más allá del bien propio, sin protagonismos ni beneficios ocultos. El perdón, por su lado, constituye la renuncia a la venganza y a los prejuicios que la acompañan.
El corazón desarmado y reconstruido necesita ser parte de un cambio cultural que, junto con los cambios estructurales necesarios, contribuyan a la construcción de la paz en nuestro contexto local y en el contexto nacional. Con el corazón reconstruido con actitudes de esperanza, solidaridad, perdón y gratuidad, pueden esperarse cambios duraderos y sostenibles. Desarmar el corazón es fundamental, al lado de cabios relacionales, institucionales y estructurales, para construir la paz. Quien vive alimentando la furia, el resentimiento, el miedo y la desesperanza se hace incompetente para hacerlo. Es necesario un corazón desarmado y reconstruido a partir del amor a sí mismo y a su prójimo para que la esperanza y la solidaridad sean eficaces.