29 agosto,2025 6:20 am

Una mirada a la historia afrodescendiente e indígena

Guillermo Álvarez Nicanor

El 31 de agosto, el Día Internacional de los Afrodescendientes, es bueno hacer una reflexión sobre la historia de resiliencia de un pueblo que, junto a los pueblos originarios de América –los indígenas–, ha enfrentado siglos de opresión, marginación y lucha por el reconocimiento. La conmemoración, proclamada por la Organización de las Naciones Unidas, además de ser un recordatorio de las contribuciones culturales de la diáspora africana, también, nos recuerda, la condena de la esclavitud y el racismo sistémico que ha perdurado a lo largo de la historia. Al examinar las vidas de los afrodescendientes y los indígenas en el continente, es posible identificar que compartimos un doloroso camino en las experiencias de despojo y resistencia, un eco que resuena con particular fuerza en regiones como el estado de Guerrero, donde las identidades afro-indígenas se entrelazan en una “tercera raíz”.
Desde la invasión europea, la historia de América se escribió con la tinta de la violencia y la explotación. Mientras nuestras poblaciones indígenas eran diezmadas por las enfermedades y los trabajos forzados, la trata transatlántica de esclavos trajo a millones de africanos, arrancados de sus tierras, para reemplazar la mano de obra perdida. Ambos grupos fuimos sometidos a un sistema de dominación brutal, despojados de la libertad, nuestra cultura e identidad. La esclavitud para los afrodescendientes e indígenas no era solo una condición de servidumbre; era un “ataque contra la dignidad humana” que buscaba anular su humanidad. Ambos eran considerados propiedad, se les negaban derechos básicos y sus cuerpos se convertían en meras herramientas de producción para la riqueza colonial.
La narrativa del despojo y la explotación se encuentra magistralmente detallada en la obra de Eduardo Galeano, Las Venas Abiertas de América Latina, quien argumenta que la riqueza de Europa se construyó sobre “la miseria de nuestra gente” y el saqueo de los recursos naturales de América Latina. Galeano sostiene que la división internacional del trabajo, impuesta por la “conquista”, condenó a las venas del continente a la “hemorragia” perpetua, una condición de subdesarrollo forzado que persiste hasta nuestros días. En este contexto, la explotación de la mano de obra indígena en las minas y haciendas, y la de los esclavos africanos en las plantaciones, son dos caras de la misma moneda. Ambos grupos fuimos las principales víctimas de un sistema económico global que nos convirtió en herramientas para la acumulación de capital, una realidad que se percibe en la invisibilización de nuestras historias y la negación de nuestros derechos fundamentales.
A pesar de la opresión, la resistencia fue una constante. Los indígenas nos rebelamos contra la encomienda y el tributo, y los africanos esclavizados crearon comunidades de cimarrones, donde reconstruían sus vidas lejos del yugo de los amos. Es en este contexto de lucha donde las historias de ambos grupos se fusionan, especialmente en zonas de refugio y mestizaje. El estado de Guerrero es un ejemplo paradigmático de esta confluencia. La Costa Chica de Guerrero, hogar de comunidades como Cuajinicuilapa, ha sido históricamente un territorio de encuentro entre poblaciones africanas e indígenas. La llegada de personas esclavizadas a los puertos de Acapulco y Veracruz, y su posterior dispersión en haciendas ganaderas y de caña de azúcar, propició un mestizaje cultural y biológico que dio origen a lo que hoy se conoce como la población afromexicana o afroindígena. En esta región, la cultura, la música, la danza (como la “Danza de los Diablos”) y la cosmovisión son un testimonio vivo de esa rica fusión.
En la lucha por la independencia de México, la participación de los afrodescendientes e indígenas fue crucial, a menudo liderada por figuras que representaban esa “tercera raíz”. Personajes como Vicente Guerrero, segundo presidente de México, o el general José María Morelos y Pavón, a quienes se les atribuye herencia afrodescendiente, no solo combatieron por la libertad del país, sino también por la abolición de la esclavitud y la igualdad social. Su lucha, junto a la de otros como Valerio Trujano, evidenció que el movimiento de independencia no era solo una rebelión contra la Corona española, sino también una reivindicación de los derechos de los grupos históricamente marginados.
En la actualidad, el legado de la esclavitud y la colonización se manifiesta en las persistentes desigualdades sociales y económicas que enfrentan tanto las comunidades afrodescendientes como las indígenas. La marginación histórica, la falta de acceso a servicios básicos y la discriminación sistémica son realidades compartidas que demuestran que la lucha por el reconocimiento y la justicia está lejos de terminar. El Día Internacional de los Afrodescendientes nos recuerda que su historia no es un capítulo cerrado, sino un llamado a la acción para erradicar el racismo, valorar la diversidad cultural y trabajar por sociedades más equitativas. La experiencia compartida de afrodescendientes e indígenas, particularmente evidente en lugares como Guerrero, nos enseña que su lucha es una sola, unida por el hilo de la resistencia y la defensa de la dignidad humana.