
Humberto Musacchio
Hace unos días, diputados de la oposición demandaron que el gobierno federal rinda cuentas sobre la falta de medicamentos en instituciones públicas de salud. El asunto es desesperante para los derechohabientes, muchos de los cuales se ven obligados a comprar lo que deberían recibir sin pago, pese a que en algunos casos sí se contaba con los fármacos, pero los infaltables vivales los sustraen ilegalmente o en forma irresponsable simplemente se desentienden de su cuidado.
Y mientras faltan medicinas en todos los hospitales, algunas instituciones las dejan caducar. El caso más conocido, pero seguramente no el único, es el del Hospital Infantil Federico Gómez, donde alguien debe responder por la pérdida de 18.4 millones de medicamentos que ya no son aptos para consumo humano, pues los responsables de su cuidado se mostraron negligentes y dejaron que se echaran a perder, porque a eso equivale la caducidad.
En dinero, la pérdida por ese descuido, y sólo ése, representa más de 120 millones de pesos. El desorden administrativo fue conocido por la Auditoría Superior de la Federación desde 2019, pero nada se hizo para remediarlo, pese a la desaparición de cuatro mil piezas con un valor de 6.6 millones de pesos, las mismas, quizá, que médicos inescrupulosos ofrecen a precio módico a las víctimas del desabasto.
Por supuesto, hay empleados y hasta algunos funcionarios responsables del desastre, pero lo más terrible es que la causa principal está en las decisiones de Andrés Manuel López Obrador, quien arbitrariamente dejó de pagar a los laboratorios durante todo su sexenio, pese a que según la página de la Secretaría de Salud, entre 2018 y 2024 se destinaron 328 mil millones de pesos para la adquisición de fármacos y material médico, los que ahora no aparecen ni tampoco el dinero que era para comprarlos.
Al parecer, la decisión del Peje se basó en que cierta funcionaria le dijo que los laboratorios vendían con un enorme sobreprecio, muy superior al costo de producción. Lo que esa funcionaria y su jefe ignoraron fue que el presunto sobreprecio era el costo de almacenaje y transporte, lo que se pudo confirmar cuando AMLO dejó en manos de las fuerzas armadas el envío de medicamentos a toda la República, pero sin contar con vehículos adecuados ni cumplir con las normas de refrigeración que requieren no pocos productos, lo que también fue ruinoso
Para colmo, López Obrador suprimió 16 mil de las 20 mil claves del cuadro básico, lo que limitó seriamente la disposición de específicos para determinados tratamientos. Lo anterior, sumado a la inmensa deuda con los laboratorios, es la herencia que dejó AMLO a Claudia Sheinbaum en el aspecto médico, lo que forma parte del desgarriate en que todas las grandes obras del sexenio anterior quedaron inconclusas, pese a que sus costos se multiplicaron hasta la estratósfera.
Los más afectados por la desastrosa política hacia los medicamentos son indudablemente los pacientes, niños y adultos que hoy están en trance mortal a menos que sus familias dispongan de fondos para adquirir los remedios científicos para sus males. Pero los pacientes no son los únicos que padecen por la situación, pues también afecta a los laboratorios pequeños y medianos, que representan el grueso de la industria farmacéutica nacional. Únicamente las trasnacionales pueden hacerle frente a la falta de pagos, pues ya se sabe que en ese mar sólo los tiburones sobreviven. El resultado es crisis en las empresas mexicanas del ramo, quiebra de no pocas firmas, desempleo de sus trabajadores, desamparo en sus hogares… y más desabasto.
Por fortuna, hoy la Secretaría de Salud reconoce los pasivos, al menos una parte de ellos, pues las estimaciones guardan grandes diferencias entre sí. Sin embargo, para pagar al proveedor, este debe demostrar que entregó los pedidos y tener toda la documentación en regla, porque probablemente, debido al desorden del pasado sexenio, hasta el registro de lo recibido se perdió. Además, los laboratorios deben seguir surtiendo sus productos mientras negocian pagos atrasados, lo que incrementa la deuda y, para colmo, en no pocos casos la negociación se realiza en torno a lo reciente, no a lo anterior, que no siempre se acepta como deuda. Veremos qué sigue.


