13 agosto,2025 5:41 pm

“Yo sólo soy un coleccionista de imágenes”: Rodrigo Moya, fotógrafo documentalista

Fallecido en su casa de Cuernavaca el 30 de julio, a los 91 años, el autor de retratos emblemáticos del Che Guevara, los muralistas Rivera y Siqueiros o García Márquez –con ojo morado– tuvo como objetivo central captar la vida de “los otros”, de la gente común, de las desigualdades. “Mi trabajo tiene un contenido ideológico”, decía. Su archivo, tesoro de más de 30 mil negativos, contiene joyas de los últimos 50 años del siglo XX latinoamericano. Eso cuenta en esta entrevista inédita, realizada hace 10 años, que reconstruye parte de su trayectoria

Ciudad de México, 13 de agosto de 2025.- A los 12 años, Rodrigo Moya ya capturaba momentos de su vida cotidiana y de su entorno con las camaritas que su papá le regalaba. Por otra parte, su madre era una apasionada de la fotografía. Así que desde niño empezó a entender y ordenar el mundo a través de imágenes.

Una década después, Rodrigo descubrió su verdadera vocación. Entró, por primera vez, a un cuarto oscuro a conocer el proceso de revelado de los rollos fotográficos. Y ya nunca salió de él.

En 1954 estudiaba Ingeniería en la UNAM, pero las matemáticas eran su dolor de cabeza. Llevaba dos años en la facultad y sus calificaciones en esa materia eran poco honrosas. Era poco probable que un ingeniero pudiera sobrevivir sin habilidades tan esenciales para su profesión como esas.

Justo en esa época conoció al colombiano Guillermo Angulo, entonces jefe de fotografía en la revista Impacto. En algún momento, llegaron a un acuerdo: Rodrigo le enseñaría cómo funciona una cámara de televisión y, a cambio, Angulo le mostraría el arte de la fotografía fija, la penumbra del cuarto oscuro y el embrujo de unos químicos que fijaban un instante de realidad en un papel. No hubo vuelta atrás. Rodrigo Moya renunció a las matemáticas y al cálculo y se convirtió en discípulo de Guillermo Angulo.

A partir de ahí su vida se convirtió en un festín de imágenes: fue el único fotoperiodista extranjero que cubrió la invasión de Estados Unidos a República Dominicana; tomó la foto de una de las contadas ocasiones en que Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros se reunieron; realizó una serie icónica de retratos del Che Guevara; inmortalizó el ojo morado de Gabriel García Márquez –a petición del propio escritor– luego de que Mario Vargas Llosa lo derrumbara dos días antes de un derechazo; documentó la riqueza de la industria pesquera en México, entre muchísimos aspectos de la vida política, cultural y social de América Latina.

“Mi objetivo nunca fue hacer sólo imágenes estéticas. Trataba de captar la realidad de la gente humilde, su trabajo y sus agrestes formas de vida. Me interesaba retener ese universo marginal y luchar por transformarlo a través de fotografías emotivas que removieran la conciencia de la sociedad”, expone.

“Mi trabajo tiene un contenido ideológico y siempre lo asocié con lo que pasaba en el mundo. Aprendí que el fotorreportaje es el género que más acerca al periodista a comprender la realidad, a palpar cómo vive la gente, cuáles son sus problemas y sus cualidades; es decir, la foto documental ofrece una idea de lo que es el mundo y la vida de los otros”.

Colombiano dos años, mexicano toda la vida

Rodrigo Moya nació el 10 de abril de 1934 en Medellín, Colombia, país en el que sólo vivió los primeros dos años de su vida. Después, sus padres lo trajeron a México donde se nacionalizó y mantuvo su hogar permanente.

–¿Nació en Colombia por “accidente”?

–Luis Moya Sarmiento, mi padre, fue pintor, arquitecto y escenógrafo mexicano. Un tiempo trabajó para la Compañía de Teatro de los Hermanos Soler y en 1933 hicieron una gira artística por Colombia. Durante su estancia, se dio tiempo para organizar una exposición de su trabajo, entre acuarelas, óleos, pasteles, dibujos y bocetos en Medellín. En la inauguración de esta muestra conoció a Alicia Moreno, una linda joven que tenía una peculiaridad: llevaba una cámara en la mano. Era aficionada a la fotografía. Meses más tarde se casaron y, un año después, nací en aquella ciudad.

–Usted convivió con fotógrafos como Nacho López, Rubén Gámez, Manuel Álvarez Bravo y muchos otros, pero ¿reconoce la influencia de su madre en su vocación?

–Cuando me convertí en fotógrafo de prensa, nunca reparé en ese hecho. Hasta muchos años después, cuando llegué a Cuernavaca y empecé a revisar mi archivo. En ese momento comprendí que mi gusto por la fotografía me lo heredó mi madre. Mi padre recuerda que, en 1936, regresó a México ya casado. Ella dejaba su país y traía consigo sus álbumes donde había pegado todas sus fotos familiares y las nuevas que iba tomando. Luego, mi padre entró de lleno al cine, era la época dorada, y la pasión de mi madre aumentó al conocer ese mundo: luces, cámaras, stills, actores.

Mi Che, un hombre con dejo de melancolía

Rodrigo Moya trabajó tres años en la revista Impacto y luego siguió como periodista gráfico independiente. Entonces fotografió a celebridades del teatro, la danza, el cine y las artes plásticas, así como diferentes aspectos de una creciente Ciudad de México: los hacinamientos de casas grises apiñadas en los cerros, las vecindades, los basureros rodeados de nuevas colonias y las cuencas secas de los lagos.

Al entrar los años sesenta, ocupó la jefatura de Fotografía en la Dirección de Catalogación, Restauración y Conservación del Patrimonio Artístico de la Nación, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), donde realizó un registro exhaustivo de monumentos históricos y zonas arqueológicas de todo el país.

En 1964 volvió a pisar otra redacción. El productor y cineasta Gustavo Alatriste lo invitó a trabajar como jefe de fotografía en su revista semanal Sucesos para todos. Allí realizó más de un centenar de fotorreportajes y coincidió con el caricaturista Eduardo del Río (Rius), el dramaturgo Héctor Anaya o el novelista Gabriel García Márquez, quien durante unos meses fue el director, pues “andaba muy mal de dinero y Alatriste le dio la conducción de la revista”.

–¿Aquí surgió la oportunidad de viajar a Cuba?

–Había una gran efervescencia con la transición de un país capitalista hacia la construcción de uno socialista. Durante un mes, hice un amplio registro de varios aspectos que se presentaban en La Habana, pero también en las provincias de Cienfuegos y Matanzas, así como en lugares apartados como Minas de Frío, internados rurales y el borde de la Sierra Maestra, donde arrancó la insurrección armada y donde se puso en marcha el plan educativo para todo el pueblo. Me movilicé por tierra y aire con la ayuda del Instituto Cubano de la Amistad con los Pueblos, que entonces dirigía el poeta Nicolás Guillén. Sabía que no volvería a tener la oportunidad de registrar ese cambio social y aproveché todo.

–¿En ese viaje realizó su serie fotográfica sobre el Che Guevara?

–Hice varios viajes a la isla con la intención de hacer un libro que, en 2009, publiqué con el título Cuba mía. Pero el 26 de julio de 1964 asistí a la conmemoración del inicio de la Revolución en Cuba. Tomé varias imágenes de la multitud en el festejo y a diferentes líderes, como Raúl Castro y Vilma Spin. Después se realizó una conferencia de prensa. Estados Unidos ya había impuesto el bloqueo económico a Cuba y el Che nos hablaba de la situación que se vivía. Era el director del Banco Nacional y también ocupaba un cargo relevante en el sector económico. Hacía críticas muy ingeniosas, pero reales, duras, sobre cómo el hombre nuevo, del que él hablaba tanto, debería ser nuevo también en su manera de enfrentar la producción.

–¿Por eso logró tomarle fotos al Che muy de cerca?

–Fue propicio el momento. Sólo me quedaban 12 disparos en la cámara porque los rollos fotográficos me los había gastado en tomar aspectos de la conmemoración. Tenía que ser muy preciso. Lo observé a detalle, escuchaba sus palabras y entonces empecé a tomar las fotos. La secuencia de retratos que ese día le hice es de lo mejor de mi trabajo fotográfico. A esa serie le llamé “El Che melancólico” porque capté no al líder heroico, soñador, místico, que Alberto Korda capturó en sus imágenes o aquel Che jocoso que tomó René Burri. El mío tiene la duda cartesiana en la mirada, es un hombre con un dejo de melancolía; un Che que está laxo, que ve hacia lo lejos. No sabemos hacia dónde mira, pero está extenuado.

De la lucha social y las guerrillas en América Latina

–Usted también hizo cobertura de las guerrillas en América Latina.

–Después de que Raúl Prieto (Nikito ni Pongo) dejó la revista, los reporteros más jóvenes tomamos la dirección para hacer un medio más plural. A mí me tocó la parte más belicosa: desde los movimientos magisterial, ferrocarrilero y el de los médicos, hasta filtrarme en ciertos núcleos de resistencia armada para documentar las guerrillas de Guatemala, Venezuela y Panamá. En 1965 cubrí la invasión armada de Estados Unidos en República Dominicana. Fui el único fotógrafo extranjero que estuvo en esa guerra. Al año siguiente documenté las acciones revolucionarias que grupos insurgentes realizaban en la Sierra Falcón de Venezuela. Era el otoño de 1966 y había el rumor de que el Che Guevara se encontraba entre sus filas. No era verdad. Después de dos noches de caminata, logré hacer contacto con el comandante César Montes, quien me permitió hacer un registro visual de su lucha, la cual plasmé en la serie “Guerrilleros en la niebla” publicada por The Guardian.

Fotógrafo anfibio, caudal de memoria

Rodrigo Moya también exploró, como fotógrafo y buzo, el universo marino durante más de dos décadas, cuando dirigió su revista mensual Técnica pesquera (1968-1990), en la que documentó –en texto, foto y video– la riqueza de la biología marina, el auge de la industria pesquera y la privatización de los astilleros y la flota mexicana.

En 1990, después de cerrar su revista, lo atacó un cáncer que pudo superar. Entonces fundó y dirigió Ediciones Mar y Tierra, sello con el que publicó el volumen de cuentos De lo que pudo haber sido… Luego recibió el Premio Bellas Artes de Cuento por su libro Cuentos para leer junto al mar y el primer lugar en el Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés por La Parker ’51.

Cansado de Ciudad de México, se mudó a Cuernavaca. Dejó de usar sus cámaras, continuó con la escritura y se dedicó a una actividad que había postergado: revisar su archivo.

–Con su cámara registró casi medio siglo de historia latinoamericana.

–Caminé por un sinfín de calles y viajé por muchos lugares. Siempre busqué una imagen especial, tenía una forma de trabajar muy ágil y eso me permitió capturar buenos instantes. En mi archivo está todo. Tengo más de 30 mil negativos, cada uno con su respectivo contacto, y 14 mil impresiones hechas con emulsión en plata sobre gelatina, ninguna es digital. De manera que mi acervo se puede ver como un libro de estampas, así como me enseñó mi madre. Soy el fotógrafo que colecciona imágenes, que está enamorado de la imagen, que pregunta con la imagen, que habla con la imagen. Tengo un cuarto especial hecho de colecciones, de temas, de sucesos en la vida.

El Archivo Fotográfico Rodrigo Moya está constituido en tres partes: el archivo de negativos, el catálogo de positivos y las colecciones personales de autor. En 2007 abrió su acervo a especialistas e investigadores de la imagen, quienes han publicado una decena de libros sobre su trabajo. Ahora que Rodrigo Moya ha muerto, su esposa Susan Flaherty resguarda esa memoria.

Carmen García Bermejo / Especial de Fábrica de Periodismo *

* Esta es una versión resumida de la entrevista, que El Sur reproduce con autorización de la autora. Para ver la versión completa entra a fabricadeperiodismo.com