
METALES PESADOS
Tryno Maldonado
A las madres y padres que quedan.
Everardo Rodríguez Bello se ha quedado huérfano mientras continúa desaparecido. Parecería una paradoja dolorosa, pero su desaparición ya sobrevivió a su madre y a su padre. Minerva Bello Guerrero murió en febrero de 2018. Francisco Rodríguez Morales, don Pancho, murió el 21 de agosto pasado en Omeapa, sin saber dónde estaba su hijo. Me acuerdo siempre de él junto a Minerva en las escaleras de la Ayotzinapa después de las asambleas y en la caminata de Tixtla hasta su casa que hicimos una vez. Le decían “el terror de Omeapa” desde su época en que montaba toros. Después de la muerte de Minerva, Pancho prometió que encontraría a Everardo. Durante ocho años sostuvo esa promesa contra diligencias fallidas y puertas militares cerradas.
Camino a Omeapa, Minerva me contó que Everardo hacía tortillas, guisaba frijoles y molía salsa de chile verde. En licuadora no le gustaba. Tocaba el saxofón en la banda San Juan Omeapa y era inseparable de Jhosivani Guerrero, desaparecido con él y sus compañeros normalistas. La última vez que lo vio, ella le preguntó cómo lo trataban en la normal. “Bien, jefa. Pero no me digas niño, ya soy grande”. “Para mí eres un niño”, respondió Minerva. Entonces Everardo la abrazó y la levantó del suelo. La desaparición forzada no se llevó solamente a ese muchacho de 19 años: se adueñó de su casa, afectó la salud de Minerva y consumió los últimos años de Pancho. No sólo les arrebató la presencia de su hijo; le impidió a Everardo despedirse de quienes nunca dejaron de buscarlo.
Han muerto ya seis padres y dos madres de Ayotzinapa sin alcanzar verdad ni justicia. Minerva fue la primera. Diez meses más tarde murió Tomás Ramírez Jiménez, padre de Julio César Ramírez Nava, uno de los tres normalistas asesinados la noche del 26 de septiembre de 2014. Horas antes, El Fierro, como le decían, había pescado y cocinado siete truchas en el arroyo detrás de la normal. Su madre, Bertha Nava, reconoció la camiseta que le compró en un tianguis por cinco pesos. Tomás conocía el destino de su hijo, pero no quiénes ordenaron los ataques. Por eso está en esta cuenta: Ayotzinapa nunca ha sido sólo 43 nombres, sino también los asesinados, los heridos, los sobrevivientes y sus familias.
En agosto de 2021 murió Saúl Bruno Rosario, padre de Saúl Bruno García. Su esposa, Nicanora García González, hacía pan, revendía pescado y guardaba un engargolado con los dibujos y las rosas que Saúl le hacía cada 10 de mayo. Él quería ser maestro y estudiar diseño gráfico para que ella ya no trabajara tanto. Doce días después murió Bernardo Campos Santos, nuestro querido Tío Venado. De niño vendía gelatinas; de adulto, como albañil, levantó varias aulas de la normal y construyó su casa de El Fortín. Su diabetes se agravó durante las búsquedas y le amputaron dos dedos. Bernardo pensó entonces en José Ángel: “Mi hijo va a quedar solo, donde quiera que esté. Ya no voy a poder buscarlo”. Pero aún podía andar despacio. Y siguió hasta su muerte.
En agosto de 2022 murió Ezequiel Mora Chora. Don Cheque conducía hasta tres turnos el Tsuru de su patrón. Se opuso a que Alexander ingresara a Ayotzinapa por miedo a no poder protegerlo, pero pidió prestados 600 pesos para que su Chande, como le decía, no se fuera con los bolsillos vacíos. Murió sin conocer la verdad sobre el fragmento óseo atribuido a Alexander Mora Venancio y la manipulación del río San Juan. En mayo de 2025 murió Donato Abarca Beltrán dentro de Ayotzinapa, donde dormía para movilizarse a las búsquedas. Luis Ángel, hijo de Donato, dejó a su perro Bobi al cuidado de Metodia Carrillo y esperaba encontrar en diciembre el mole rojo de ella, su madre. En diciembre de ese año murió Genoveva Sánchez Peralta. Israel Sánchez Caballero, su hijo, volvió por última vez a Atliaca con fiebre. Ella lo llevó al médico y quiso retenerlo, pero él debía ayudar a organizar la marcha del 2 de octubre de 2014. Prometió regresar el domingo para su cumpleaños.
En las fotografías y en nuestros textos, los muchachos conservan la misma edad del 2014. Así es como soñaban sus padres con ellos. Pero las manos que sostienen las pancartas con rostros sí que han envejecido. En ningún acta de defunción de las familias buscadoras se leerá la palabra impunidad. Aparecerán cáncer, insuficiencia renal, diabetes, covid-19, infarto o paro respiratorio. El informe Yo sólo quería que amaneciera. Impactos psicosociales del caso Ayotzinapa –coordinado por Fundar– documentó el deterioro producido por la incertidumbre, la búsqueda, la revictimización y las mentiras oficiales. Lo llamó “duelo congelado”: para las familias el tiempo quedó detenido el 26 de septiembre de 2014, mientras afuera crecieron los nietos, florecieron los árboles y avanzaron las enfermedades. El Estado detuvo la verdad, no los cuerpos ni sus procesos.
El Estado mide Ayotzinapa en reuniones, carpetas, capturas y funcionarios detenidos. Las familias lo miden en cuerpos que envejecen y lugares vacíos alrededor de la mesa. Cada recurso para negar información militar y cada diligencia fallida se pagan con un tiempo que las familias ya no tienen. La desaparición forzada no terminó aquella madrugada: continúa mientras el Estado oculte información y el destino de los normalistas siga fuera del alcance de sus seres queridos. Continúa en Nicanora, Roma, Metodia, Bertha, en los hermanos, las parejas, los hijos y los nietos que organizaron sus vidas alrededor de una ausencia a la que se impide volverse pasado. La desaparición para ellas y ellos, como me lo han dicho, ocurre cada día cuando se despiertan.
En el comunicado con que despidieron a Pancho, las familias de Ayotzinapa se llamaron “los padres y madres que nos quedamos”. Quedarse ha significado marchar, buscar, cocinar en los plantones, dormir en la normal, criar a los nietos y sostener ante el Estado y ante el país el recordatorio del nombre de cada hijo. Pero quienes se quedan también se van muriendo. Y eso duele y rompe doblemente el corazón. Pancho no incumplió la promesa que le hizo a Minerva. El Estado impidió que pudiera cumplirla. A quienes quedan no se les puede pedir otro plazo, más burocratización del dolor, otra administración del mismo régimen ni otra esperanza aplazada. Cada vez quedan menos. Los desaparecidos se van quedando huérfanos. Y mientras el gobierno no responda dónde están –porque lo sabe–, Ayotzinapa no habrá terminado de ocurrir cada día que despertamos.


