3 agosto,2019 6:33 am

La cartografía del cacao como resistencia de los pueblos originarios de la Ciudad de México

En la zona metropolitana del Valle de México se hablan 46 idiomas originarios, 90% del total de las que existen en todo el país, según uno de los mapas que ha elaborado el colectivo CACAO. Ahí se documenta también que el chocolate –chilate y pozol en Guerrero, pinole en Tlaxcala, tanchuca en Yucatán, bupu en Oaxaca– tiene relación con los conflictos por el territorio y las luchas de resistencia de los pueblos indígenas a lo largo de los siglos.
El Sur / Ciudad de México, 3 de agosto de 2019. Al centro de la casa, justo frente a la entrada principal, un mapa amarillento cuelga de un muro. Es enorme, poco más de un metro de altura. Ahí está la Ciudad de México y su zona metropolitana. Si se mira de cerca es posible notar que hay milimétricos puntos esparcidos por doquier; en algunas áreas aparecen aislados, en otras se aprietan tanto que se ensombrecen con la tinta. Cualquiera pensaría que se trata de un relieve de montañas y valles, pero no: cada puntito representa a una persona que habla alguna de las 58 lenguas indígenas del país.
–Detectamos más de un millón de hablantes. Ubicarlos –explica Juan en entrevista con El Sur– surgió de una necesidad básica: saber cuántos somos, dónde estamos, qué hacemos.
Juan pide que su apellido no sea publicado. No es que tenga algo que ocultar, pero prefiere ser precavido.
Él es uno de los miembros más activos de la Cooperativa Autónoma Cimarronez Anticapitalismo Organizado (CACAO), un colectivo de 15 personas –geógrafos, antropólogos, agricultores y productores– que funciona además como una red de apoyo con cerca de un centenar de colaboradores intermitentes que investigan en torno a la siembra de café o chocolate, transportan mercancía de un estado a otro, siembran o muelen grano y, sobre todo, documentan la autonomía indígena y la historia del zapatismo.
En un rincón de su estudio, entre las decenas de jaguares de barro traídos de Oaxaca, Guerrero o Chiapas, detrás de una pila de atlas y libros, más allá de los máquinas de molienda y los bultos llenos de grano tostado, lejos de las bicimáquinas y la cafetera, hay una pequeña pantalla que muestra todo el tiempo las imágenes de un circuito cerrado de cámaras de vigilancia alrededor de esta casa que también es el centro de operaciones del colectivo.
Un tenue aroma a chocolate invade el aire.
El mapa que señala Juan—Pueblos originarios, el lado oculto del ombligo de la luna, se llama— les tomó más de cinco años de un trabajo extremo de confianza con las comunidades. Desde 2011, los miembros del colectivo asistieron a velorios para hablar con las personas en su idioma, charlaron con trabajadores de la construcción en su hora del almuerzo, viajaron a distintas regiones del país para recoger semillas de cacao o maíz y preguntar, de paso, todo lo necesario, se dieron cita con organizaciones zapatistas y colectivos de todo tipo; también entrevistaron a cuanto investigador o estudiante se cruzó por su camino. Fue un trabajo hormiga lento, constante.
El resultado es esta cartografía densa, este mapa amarillento colgado sobre el muro. Más de 15 capas de información que no sólo documentan que en la zona metropolitana del Valle de México se hablan 46 idiomas originarios –90 por ciento del total de las que existen en todo el país— o que del total de indígenas que pueblan México, 13 por ciento radica en la capital de la República y sus alrededores. Lo principal es que da cuenta de la organización política de los pueblos, de sus sitios relevantes como puntos de encuentro, de los tipos de trabajo, de vivienda, los conflictos por las zonas agrícolas, la presencia de megaproyectos y los datos arqueológicos que han marcado la ciudad.
Juan no lo dice así –es un hombre cauteloso–, pero el trabajo de CACAO es un mapa de la resistencia.
–Cuando presentamos este mapa ante las comunidades donde trabajamos, se sorprendieron –recuerda–. Nos decían: “Sabíamos que éramos muchos, pero no teníamos idea de cuántos. Pensábamos que esto sólo nos pasaba a nosotros.
Y es que, para organizarse, la lengua es vital y toda esta población –hombres tu’un savi, mujeres tzotziles, niños y niñas hñähñus, adolescentes zapotecas, ancianas nahuas– atraviesan por un proceso que suele ser difícil cuando llegan a la ciudad y se ven forzados a marginar su idioma materno, ese mediante el cual estructuran su mundo.
Juan enciende un cigarro y ríe. Al dejar escapar una bocanada de humo muestra sus gruesos colmillos.
–Esta ciudad es muy antigua. Los restos humanos más antiguos datan de unos 33 mil años y van 3 mil 200 años desde los primeros centros urbanos –cuenta Juan–. Desde entonces ha habido conflictos, expansiones, contracciones, tensiones y un multiculturalismo total. Hay quien jura que la ciudad más diversa y multicultural es Nueva York. Habría que ver si es cierto eso. El problema es que la multiculturalidad acá ha querido ser borrada desde hace siglos. Pero la gente aquí está en esta ciudad oculta.
La ciudad con muchos nombres
La lengua no sólo describe o nombra. Las palabras estructuran nuestro mundo y guardan la memoria de nuestros territorios. En lengua náhuatl, por ejemplo, la Ciudad de México (Metshíco), es el “lugar del ombligo de la luna”. O el “sitio de las tunas duras y coloradas”: Tenochtitlan.
En chatino, a la Ciudad de México le conoce como chi-jiá, “lugar de personas cultas”. Estas personas cultas, para quien habla lengua quiché, son yaquis, “los que emigran”. Y en maya, los chilangos son huach, “gente lejana”.
Otros idiomas guardan la memoria geográfica de la ciudad. Para los cuitatlecos, la capital se nombra Puku’wa. En cambio, para los mixtecos de la región alta, los mixes, los chochos, los pocolocas o los chinantecos la ciudad siempre va acompañada de un referente geográfico fundamental: el agua. Ninguno de ellos olvida que, pese a la infraestructura, la urbanización a ultranza, el pavimento por todos lados, la Ciudad de México es un lugar de agua. Una parte del pueblo tu’un savi  se refiere a esta tierra como Ñuu Ko’yo, “Ciudad Pantano”.
Y así como la lengua guarda la historia y el significado de la ciudad para diferentes pueblos, el idioma también otorga sentido a otros aspectos de la vida, como salud y educación, o los alimentos y sus usos. Migrar a la gran ciudad implica no sólo la amenaza de perder la lengua sino también los sabores.
–El chocolate, por ejemplo –menciona Juan–. ¿Qué nos venden en la capital como chocolate? Un producto industrializado, con un casi nulo porcentaje de cacao más saborizantes, un montón de azúcar, incluso los más caros son eso. Es la lógica de chocolate Abuelita. El chocolate que nosotros producimos, con grano de los agricultores, tiene 75 por ciento de cacao. Es un sabor que no encuentras en la capital y que cualquier persona que venga de Oaxaca o de Chiapas necesita sentir para recordar su identidad.
Chocolate-sangre-jaguar
Juan extiende otro mapa sobre una mesa. Éste se llama Cacao, originario y cimarrón y documenta, junto con los lugares de cultivo en todo el territorio nacional, los restos arqueológicos, sus usos medicinales, las maneras de nombrar, preparar y consumir el chocolate –chilate y pozol en Guerrero, pinole en Tlaxcala, tanchuca en Yucatán, bupu en Oaxaca– así como la relación con los conflictos por el territorio, los enfrentamientos, las luchas de resistencia de los pueblos indígenas a lo largo de los siglos.
—El chocolate está emparentado con la figura del jaguar, que es su guardián, lo protege del mono que roba los granos –relata Juan–. Es una bebida energética, oscura y caliente, por eso se le relaciona también con la sangre.
Beber un tarro de popoc o un litro de pozontle, un cuenco de tejate o un taxcalate bien caliente ha sido para muchos pueblos, desde hace siglos, no sólo una manera de endulzar el paladar sino de resistir el frío, la intemperie, la angustia; una manera de resguardar, como el jaguar, la tierra. Tanto, que existen crónicas que detallan parcelas especiales en el México antiguo, las yaoyotlalli, destinadas a sembrar cacao y maíz para sostener la guerra.
Juan señala las estrellas rojas sobre su mapa de la República, “marcan áreas donde el cacao se relaciona con la resistencia de los pueblos”. Por lo menos hay unas cuarenta.
El chocolate como arma
Ahí está el estado de Guerrero, bien señalado en el mapa, en la zona yope el chocolate estuvo presente en las estrategias de defensa, rebelión y reposición de 1531.
En los años posteriores a la conquista de México Tenochtitlan, el cacao era parte primordial de los preparativos de combate para los chontales de Tabasco, los tzotziles y tzeltales de Chiapas, entre muchos otros pueblos que siguieron luchando contra las huestes europeas y mestizas.
Incluso durante la guerra de Independencia, cuando José María Morelos tomó Oaxaca, en sus partes de guerra describe las bodegas de la ciudad y las grandes cantidades de cacao y maíz, suficientes para hacer que sus tropas insurgentes se recuperaran tras cada batalla.
O cuando Vicente Guerrero, en 1813, recuperó el embarque de cacao y tabaco en Acapulco, también para abastecer a sus tropas armadas.
–En tiempos prehispánicos se acostumbraba mandar flechas para declarar la guerra o granos de cacao para pedir paz –dice Juan–. Si uno se pone a analizar cómo los pueblos entienden sus productos verá que eso no ha cambiado.
Crear una red de producción y distribución de chocolate para el millón de personas que entiende el cacao, a partir de su lengua original, como un elemento que trasciende el consumo, documentar su historia y significado en todo el país, tiene que ver con el ejercicio de autonomía y autogestión que la Cooperativa Autónoma Cimarronez Anticapitalismo Organizado desarrolla a diario. Para ellos la cartografía, como el chocolate, es un arma.
–El chocolate que nos venden en la ciudad es una forma de degradar no sólo nuestro gusto, sino de borrar toda esta memoria de dignidad y lucha, como se intenta borrar la diversidad de los pueblos en la ciudad –dice Juan mientras recoge su mapa.
Texto: Carlos Acuña / Foto: Internet