
Ciudad de México, 27 de noviembre de 2019. La escritora Bárbara Jacobs ha pasado 72 años de su vida deshojando margaritas: “Me quiere, no me quiere” con cada persona a su alrededor y, para su mayor “desquiciamiento”, también a propósito de su nacionalidad, como descendiente de emigrantes libaneses y de padre estadunidense transterrado.
“Lo único que pretendo decir con todo esto, es simplemente que ahora que recibo la Medalla Bellas Artes de Literatura siento, sin ninguna duda, que México me quiere, lo cual me causa un reconfortante sosiego”, dijo, emocionada, la narradora y ensayista, al recibir la distinción en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.
Jacobs recibió el galardón de manos de la directora del INBAL, Lucina Jiménez, una presea “inesperada” pero bienvenida.
“Me llena de mucha emoción el reconocimiento de una mujer tejedora de palabras y silencios, es capaz de saber cuándo un silencio dice más que una palabra, cuando un silencio puede ser la máxima expresión de la inteligencia”, le dijo Jiménez en su intervención.
Premio Xavier Villaurrutia en 1987 por Las hojas muertas, autora de cuento, novela, poesía y ensayo, la escritura de Jacobs fue celebrada por el escritor y editor Alberto Ruy Sánchez, y por su amiga Ana García Bergua, escritora.
Ruy Sánchez se refirió a su más reciente libro, Rumbo al exilio final (ERA), que la escritora considera como su despedida, sin “ningún melodrama”, una mirada retrospectiva y una autobiografía intelectual, cruzada por la presencia de Augusto Monterroso, con quien estuvo casada durante 32 años, y Vicente Rojo, su pareja desde hace 16 años.
“En cada libro de Bárbara, tú sientes que ella va aprendiendo, pero en este libro, más que nada, me demuestra que ella va cambiando, cada libro es distinto y al mismo tiempo es el mismo, me hace pensar no ya en la sabiduría que va adquiriendo sino en la sabiduría natural que ella tiene”, expresó Ruy Sánchez, quien apenas el domingo fue invitado por el INBAL como orador.
Rumbo al exilio final inicia con el recuerdo de su padre, un voraz lector, enseñándole a la pequeña Bárbara a lavarse las manos, como habla del padre en su primera novela, Las hojas muertas. Comenzó a escribir en su diario, que aún mantiene. Una escritora de “curiosidad inagotable”, aguda y sutil, que comenzó a publicar en los años 70 al ingresar al taller de Monterroso.
En primera fila de la sala, acompañaron a Jacobs, el pintor Vicente Rojo y la escritora Elena Poniatowska. Asistieron al acto también su editor Marcelo Uribe y el historiador Javier Garciadiego. Jacobs, arropada por los suyos, y por sus lectores. La escritora abandonó la sala libre de dudas y del vaivén de la margarita.
Texto: Erika P. Bucio / Agencia Reforma / Foto: Agencia Reforma


