
Presenta ante decenas de personas su poemario Tengo una máscara de jaguar, ganador del II Concurso de poesía emergente Antonio Alatorre 2023 que se lleva a cabo en Autlán, Jalisco
Acapulco, Guerrero, 30 de diciembre de 2024. El devenir de la Costa Chica “implica un esfuerzo muy grande de los pueblos por seguir exigiendo y por seguir luchando, no sólo por el reconocimiento, sino porque se realicen proyectos o se dispongan ciertas decisiones jurídicas y políticas para lograr el desarrollo”, planteó el poeta Israel Nicasio Álvarez, quien presentó el sábado pasado en Juchitán sus versos inspirados en este municipio de donde son sus raíces paternas y en el que ha pasado largas temporadas desde su niñez.
Las instituciones deben voltear a ver a la región afro “no para extraer cosas, no para echar flores, sino para reconocer que ha estado ahí, que nadie le puso mucha atención muchos años porque no quisieron”, dijo el también profesor de la Escuela de Biblioteconomía y Archivonomía del Instituto Politécnico Nacional (IPN).
El poeta habló con El Sur días antes de la presentación en Juchitán ante decenas de personas de su poemario Tengo una máscara de jaguar, ganador del II Concurso de poesía emergente Antonio Alatorre 2023 que se lleva a cabo en Autlán, Jalisco, de donde era oriundo el filólogo y editor, junto con Juan José Arreola y Juan Rulfo, de la revista Pan.
Impreso recientemente, el pequeño libro “habla sobre la historia oral y mi experiencia como afromexicano, la historia de mi familia, entonces yo quería que se publicara por eso y porque nadie habla sobre Juchitán”, dijo el maestro en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), cuyo concurso de poesía de la revista Punto de Partida de este año le fue otorgado por su serie de poemas El punto de donde se ha desprendido el cometa.
El también cuentista de 37 años es hijo de José Nicasio, reconocido líder sindicalista del IPN que emigró a la Ciudad de México a los 20 años, o más o menos por esa edad porque no tenía un acta de nacimiento cuando nació, explicó entre risas su descendiente.
La falta de documentación de su propio padre es un ejemplo para Israel Nicasio del olvido en el que ha estado la Costa Chica y Juchitán, que visita frecuentemente desde su niñez porque su mamá y profesora de bachillerato, Esperanza Álvarez, le inculcó conocer el origen de su padre pese a que creció en Ecatepec, Estado de México.
“Juchitán parece que el tiempo se quedó suspendido porque la gente me cuenta cosas hasta cierta generación y más para atrás ya no se puede. Entonces aparecen las leyendas”, dijo el poeta que, orgulloso de su afrodescendencia, escudriñó la cultura afro como “una cultura que abraza, pero que está acostumbrada al rechazo constante, siempre ha estado el estigma de color de piel”.
Israel Nicasio indicó que “debido a ese olvido y a ese tipo de situación en la que se tuvo que vivir, la gente siempre ha salido, los pueblos están poblados por personas ya muy grandes o muy jóvenes porque la gente que ya puede trabajar, se va, entonces la migración siempre está presente”.
Su poema Para lavar hay que ir al río lo resume: “[con el canasto de ropa en la cabeza] hablar con el agua [sentarse junto a las piedras] y avisarle al niño que puede nacer junto al árbol o entre los matorrales [donde lo desee]. Él dejará el pueblo [nadará en otro río] para llegar al norte [nos mandará dinero] para levantar una casa que se habitará de ausencias y de inundaciones [se olvidará de nosotros]. Llanto de los alacranes”.
Pero también es una cultura de poesía aun cuando no es reconocida, su poemario Tengo una máscara de jaguar “estuvo influido mucho por las chilenas, muchísimo, tanto las que estaban en mi memoria como las que yo he ido descubriendo todo el tiempo, esos ritmos están muy presentes”.
El poema Ponte a echar las tortillas, Elsa resuena: “Mañana es la fiesta del Santiago, Elsa. /La comida debe estar lista. /¿Por qué abriste la puerta del corral? /¿Por qué no eras virgen cuando te robaron?”
Influenciado por varios elementos culturales propios de la cultura afro como la figura de los tonos que siempre aparecen en las conversaciones y la contemplación, Israel Nicasio describió Juchitán como “un horno, o sea, además del calor, el nivel de tensión que se vive por estar entre muchas zonas que viven mucha violencia es constante. Uno puede sentir esa presión, en la velocidad con la que habla la gente, la manera en cómo señalan el horizonte”.
Insistió en la falta de documentación, “he encontrado las historias sobre lo que pasó con los barcos que traían a personas que esclavizaron, sobre cómo se contraponen las versiones históricas, pero sobre Juchitán es muy poca la información que he encontrado”.
El poema Costa negra: Costa Chica lo problematiza: “Costa de la huida del pasado, /que no abraza el mundo. /Porque siente dolor de tronco de /palmera, de animal herido /en medio del llano”.
En general, “sí hay un interés por la Costa Chica, pero no por toda la Costa Chica, hay un interés por lo que se dice que pasa en la Costa Chica, pero no por la Costa Chica como la convivencia entre personas”, dijo en referencia al reconocimiento en los últimos años de los pueblos afromexicanos a través de las leyes.
Señaló que las instituciones decidieron voltear a ver a los pueblos afro de la Costa Chica “en un sentido extractivista”, en el que se resaltara el folclor como resultado de un proceso de fetichización, pero “para mí es algo tan cotidiano que no lo veo como un elemento que se sobreponga a una realidad cotidiana, está ahí”.
Su poema El niño se murió, Teodosio revela esa cotidianeidad: “No le enseñaron a sacudir el petate antes de acostarse, /como se sacude el mar /los restos de los antepasados. /Cuando el niño se trabó no le dieron maíz quemado, /molido en atole. /¿Por qué no le amarraron el limón /en el tobillo de donde lo abrazó el animal”.
Texto: Ramón Gracida Gómez


