
No hay trabajo bien pagado ni apoyos suficientes para el campo, la ganadería o la pesca, señala Jorge Zapata Ramos, “nacido y crecido en esta tierra”, Cuajinicuilapa
Martín Equihua / Primera parte
Cuajinicuilapa, Guerrero, 7 de enero de 2026. “Que ahora nos digan afros y no negros, y que ya nos tengan en el papel (en la Constitución), no cambia nada si de todos modos no hay trabajo bien pagado ni apoyos suficientes para el campo, la ganadería o la pesca”, señala Jorge Zapata Ramos, “nacido y crecido en esta tierra”, Cuajinicuilapa quien refleja un sentir muy propagado sobre que no se trata de una disputa de términos, como lo cree “uno que otro pasado de letras”.
La Costa Chica es la linea costera de algo más de 500 kilómetros, que va de Acapulco a Huatulco, con 13 municipios en Guerrero y 11 en Oaxaca, y su principal distintivo cultural es la descendencia africana de su población.
El reconocimiento constitucional de la presencia afro en México es de apenas el año 2019, y fue hasta el pasado Censo de Población y Vivienda 2020 que se pudo determinar que, por autoadscripción, más de 2 millones 500 mil mexicanos y mexicanas asumen su identidad cultural afro. De esos, más de 300 mil viven en Guerrero, el estado con mayor presencia de ese sector poblacional.
Para tejer este reportaje, El Sur consultó diversas fuentes documentales y, también, algunas voces representativas de la región, tanto de la cultura, la política y el trabajo, para decirlo de alguna forma.
Entre las voces, destaca la pintora Aydeé Rodríguez López y la temática del esclavismo negro que en su obra ha recorrido diversos escenarios del mundo; así como la del “tono”, Roberto “X”, con el mérito de tener en su dualidad animal a un ozoleón, el más alto en la jerarquía de espíritus animales que dan poderes especiales a algunos elegidos.
Además, se consultó a la directora del Museo de las Culturas Afromestizas, Angélica Sorrosa Alvarado, quien reclamó que alguien le pague más de 20 años de estar al frente de ese recinto, al tiempo que pide mayor atención para el centro museístico de múliples carencias. La voz joven la aporta Karla Ortega Román, directora de Cultura del Ayuntamiento y coordinadora del grupo dancístico Diablas Cuijleñas, quien es consciente de lo mucho que falta por hacer en las comunidades costeñas.
También se consultó al activista Alejandro Sámano Zapata, quien hace un recuento de la evolución de la conciencia identitaria, desde su propia experiencia, junto al recuerdo de su madre, originaria de Cerro de las Tablas, de este municipio costeño. Y al profesor Jorge Zapata Ramos, quien asegura que, “a pesar de todo, no se vive tan mal ahora, si se compara en cómo llegaron nuestros antepasados”.
El activismo es muy dinámico en la Costa Chica. Hay aciones deliberativas como el Encuentro Nacional de Pueblos Negros, que ya ha celebrado 25 encuentros en los que se discuten derechos y cultura, y en cuyo núcleo promotor destacan asociaciones como México Negro AC y otras.
En tanto que en el plano artístico, además de pintura, música y canciones que recrean la singularidad cultural, hay danzas diversas, entre las que destaca el grupo de Diablas Cuijleñas, que cometió la diablura de incorporar a mujeres a esa danza nítidamente africana y que hasta hace muy poco era ejecutada sólo por hombres.
Hay, también, diversas cuentas de Facebook como La Perla Negra del Pacífico, con más de 605 mil seguidores, destacándose por recomendaciones y reseñas de platillos de las cocinas costeñas; y por promover la reflexión sobre esa tercera raíz.
Regresen el loro, sinvergüenzas
Los estudios precisos del poblamiento y singularidad cultural de esta zona, son relativamente recientes, pero en el imaginario colectivo de la mayoría de comunidades, prevalecen distintas leyendas fundacionales, como el encallamiento de barcos de los que habrían escapado los esclavos en busca de libertad.
El más famoso barco varado sería el Puertas de Oro, así rebautizado porque sus puertas eran de ese codiciado metal precioso, pero cuyo nombre real, si es que alguna vez existió, fue San Francisco, que fracasó entre Punta Maldonado y Collantes, de donde habrían “salido a tierra firme” los primeros pobladores negros de este pedazo de costa y de país. El relato de la mítica embarcación atascada aparece tanto en corridos como en conversaciones de las tardes.
Pero se habla también de otros naufragios, con el mismo estatus originario y libertario, como el “barco de la viuda” y otros cuyos restos permanecen sumergidos y visibles cerca de la playa Callejón de Rómulo, Oaxaca, asegura Zapata Ramos.
Los elementos culturales importados de África en ese episodio bárbaro de esclavitud, fueron sometidos a mestizajes más o menos intensos, y perviven por igual en la cocina, la danza, la vivienda, las creencias y otras expresiones de la vida cotidiana.
Ahí está la Danza de Diablos y sus sonoras quijadas de burro, las casas redondas de ramas y adobe, la creencia generalizada en el “tono”, esa dualidad animal que desde el monte acompaña y otorga poderes especiales a algunas personas, y tantos elementos más, que tendrían de origen a las culturas africanas Bantú y Yoruba, según estudios especializados.
Mientras se conversa sobre danzas y museos con Roberto “X”, que es “tono de ozoleón”, en altavoces de Cuajinicuilapa se pide “a la persona que se robó el loro de casa de la señora Minga, que lo regrese y que no sea sinvergüenza”.
Así, de lo que no hay duda es de la raíz africana de la Costa Chica, cuyo arribo ocurrió en el marco del históricamente vergonzoso sistema de captura, traslado y venta de más de 15 millones de seres humanos que fueron arrancados de África para cruzar el Atlántico hacia distintos puntos en los que fueron vendidos y esclavizados, al servicio de las economías coloniales de América y el Caribe.
Tampoco hay duda del trato inhumano que recibieron desde su captura, con encadenamiento, grilletes, castigos corporales, marcas metálicas de fuego vivo, azotes y, finalmente, el hacinamiento en que fueron trasladados en los llamados barcos negreros, acomodados “como sardinas o cigarros”, en las cubiertas sumergidas donde montaban literas hasta de siete niveles, para un viaje infame de más de dos meses y cuyo saldo en muertes, sólo durante el trayecto, fue de más de 2 millones de personas.
Se trata, entonces, de acontecimientos históricos vergonzosos que nunca deben olvidarse, para cuidar que no se repitan, y para que nadie crea que suavizando las palabras (de negro a afro, por ejemplo) se ha hecho justicia.
Pocos museos y sin apoyo institucional
Entre las piezas del museo afro de Cuajinicuilapa se encuentra una réplica de dos metros de larga, de uno de los barcos negreros en que millones de africanos fueron trasladados por el Atlántico. La pieza sintetiza la crudeza de aquel sistema bárbaro de esclavitud. Se complementa con maquetas de viviendas, mapas e información explicativa que, en conjunto, dan una vista panorámica de la también llamada tercera raíz.
La directora de este museo, que abrió sus puertas en 1999, Angélica Sorrosa Alvarado, dice que no cobra “desde hace más de 20 años”, cuando concluyó la administración municipal de Andrés Manzano Añorve, y de nada le ha servido tocar puertas de oficinas de los tres niveles de gobierno, de donde fluyen floridos discursos de un idílico mundo afro, mientras que, para este museo en concreto, sólo tienen promesas.
“El museo ha sido importante porque ha ayudado a que mucha gente se reconozca como afromexicana”, dice la directora, quien agrega que antes “¿quién quería decir ‘mi familia viene de unos esclavos negros?’. Pues nadie”. Y ahora, continúa, la situación se ve desde otro punto de vista, “pues para empezar, los jóvenes ya no se avergüenzan de ser afros, y ya dicen orgullosamente que son negros”.
Se dice satisfecha dando explicaciones a los visitantes, y más aún cuando son niños o jóvenes. “Contribuimos a la concientización. Hablamos de cómo llegaron nuestros abuelos y todo eso, y al término del recorrido veo que salen con otra idea de su origen”.
Lamenta, sin embargo, que en las escuelas no se promuevan las visitas, porque los maestros consideran que es gran responsabilidad sacar a los alumnos de sus aulas.
En una visita de la gobernadora Evelyn Salgado Pineda, la directora le expuso las necesidades del museo. “Le di un oficio, me lo firmó y me aseguró que nos iba a apoyar”, pero hasta ahora no hay nada.
Es una directora que “limpia, trapea, sacude, atiende, cuida”, y lamenta que ni siquiera ha tenido apoyo para restablecer la museografía tirada por el huracán Erik en 2025, ni para reparar las filtraciones de agua. Por si fuera poco, Angélica Rosa está enferma, pues “hasta para hablar me mareo”.
“Como última opción quisiéramos sacar una cita con la presidenta Claudia Sheinbaum, para que apoye este museo y para que sepa que no es justo que por más de 20 años yo esté trabajando sin salario”, concluye.
Pintar con dolor, con lágrimas
El cuadro de El naufragio “lo pinté llorando; me costaba mucho trabajo continuar”, dice Aydeé Rodríguez López, quien en entrevista recuerda que en cada pincelazo y mezcla de colores de su paleta, le brotaban las imágenes, pero no para su representación en el lienzo, sino para taladrarle la consciencia con el dolor de los hombres y mujeres reales de los barcos negreros, con toda la humillación que sufrieron y con toda la impotencia encadenada.
“¿Cómo pudieron hacer eso? Aún no puedo entenderlo”, se lamenta la pintora con la mano en la barbilla y mirando otros cuadros que cuelgan de sus paredes, con la misma temática afro que la inspira y que distingue su trabajo artístico, como veremos mañana, en la segunda parte de este reportaje, donde otras voces dirán cómo es que se conserva la alegría, la arrechera costeña o los tamales de tichinda.


