
Abelardo Martín M.
Para nadie es un secreto que el orden y los liderazgos en el mundo están en un reacomodo caracterizado por guerras, amenazas, conflictos y crisis en casi todas las regiones del mundo. El grupo de naciones más ricas del orbe, reunidas en el llamado grupo de “los 8”, saben que Estados Unidos, Rusia y ahora China, disputan el liderazgo político, económico y tecnológico internacional. Aparentemente, el país gobernado por Donald Trump dejó de ser ya el número uno, lugar que muchos otorgan ya hoy a China.
Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, Canadá y Rusia que formaron, hasta 2014, el grupo de “los 8” pero la salida de Rusia los llevó a ser nada más de 7, también hoy vive una crisis producto de divisiones ocurridas en 2025 y lo que va de este año, cuando Donald Trump detonó una “guerra” comercial cuyas consecuencias son ya irreversibles, dado que el antiguo orden desapareció.
En un mundo convulsionado por conflictos de diversa índole, los más recientes generados por la estrategia belicista de Trump, la visita que éste realizará hacia el fin de semana a Beijing, para reunirse con el mandatario chino Xi Jinping, llama la atención, por cuanto lo que ahí se ponga sobre la mesa puede contribuir a apaciguar la tensión internacional o a magnificar la crisis que ya vivimos.
El viejo empresario neoyorquino llegó al poder, y regresó luego de haber perdido la reelección inmediata, explotando la nostalgia del estadunidense medio por la primacía perdida en las últimas décadas, y prometiendo en cada momento hacer a esa nación grande de nuevo.
No lo logró en su primera oportunidad en la Casa Blanca y ahora, su actuación parece más errática que entonces, y hay factores por los que ese ilusorio proyecto no es viable. Una primera y elemental razón es que en los cuatro años que dura cada periodo presidencial en Estados Unidos es muy difícil consolidar cambios y tendencias notables en la sociedad y en la economía.
Pero una más relevante es que en el mundo actual otras naciones se han desarrollado, se han vuelto competitivas y han desplazado el centro de la producción, las finanzas y el comercio, del espacio norteamericano que fue su escenario durante el pasado siglo, a otras latitudes en el orbe, principalmente a Asia y de manera preponderante a China, hoy convertida en una potencia pujante que lidera la producción de todo tipo de computadoras y aparatos electrónicos, en particular la elaboración de chips, automóviles, trenes de alta velocidad, robótica, telecomunicaciones e inteligencia artificial. Y tiene la fuerza del Estado proveniente de su pasado sistema comunista, que le permite planear, invertir recursos y dirigir su desarrollo como no ocurre en la desgastada nación de Norteamérica, o incluso en la Europa que también transpira decadencia.
El anhelo de recobrar la grandeza perdida que ha sostenido a Trump se ha visto además traicionado por las mismas obsesiones del anciano presidente, más enfrascado en desgastar y destruir a los líderes que en el mundo se le oponen frontalmente, como fue el caso de Nicolás Maduro o el del presidente iraní, Alí Jamenei, muerto tras los bombardeos estadunidenses al desatar la guerra contra esa nación; como también ocurre con el régimen cubano, y en el que incluso involucra a México, a cuyo gobierno acusa reiteradamente de estar rebasado por los carteles del narco. Casi 16 meses del actual mandato de Trump se le han ido en amenazas y agresiones verbales, cuyas acciones han contribuido más bien a acentuar el declive del antiguo imperio en el planeta, el estancamiento de su economía, el distanciamiento de sus aliados tradicionales.
Mientras, en China lo observan, lo miden y lo esperan.
La visita que ahora se llevará a cabo estaba programada mes y medio antes. El conflicto con Irán obligó a aplazarla. Pero ahora no resulta un mejor momento para Trump. No ha podido terminar con una guerra que supuso sencilla, y aunque ahora las hostilidades se han suspendido en un frágil equilibrio, las negociaciones de paz no llegan a ningún acuerdo. China, por cierto, ha sido el más cercano aliado del régimen iraní, su primer socio comercial y el principal cliente de su petróleo; los chinos han criticado la guerra y han llamado al respeto del derecho internacional.
Por lo pronto, Trump sigue en la presión contra el gobierno mexicano. Luego de la bomba que significó la petición de detención y futura extradición del gobernador, ahora con licencia, Rubén Rocha Moya y otros nueve acusados del gobierno y la seguridad de Sinaloa, ha reiterado su señalamiento de que en el territorio nacional mandan los carteles, así como sus amenazas de intervención directa.
La respuesta de la presidenta Claudia Sheinbaum ha sido firme y clara: no se han presentado pruebas que sustenten su pedimento, y cuando se presenten se investigará y se actuará aquí, de manera soberana y digna. Otras intimidaciones refuerzan ese cuadro de asedio. Desde el anuncio de que hay más casos en curso en el aparato de justicia del país vecino contra figuras de la política mexicana, hasta la filtración de que el gobierno estadunidense “revisará” la red de consulados de México en esa nación, cuya función principal es asesorar y proteger a nuestros compatriotas que viven de aquel lado.
Episodios de violencia y de tensión, por cierto, también se sienten en Guerrero, donde desde mediados de la semana pasada se ha registrado el desplazamiento de 800 familias en comunidades del municipio de Chilapa, Xicotlán, Tula y Acahuehuetlán, por el ataque armado de un grupo delictivo en la región, según denuncia de organizaciones indígenas.
La preocupación escaló hasta Palacio Nacional, donde la Presidenta Sheinbaum aseguró que la Guardia Nacional y las autoridades civiles brindarán protección a las comunidades desplazadas.
Es necesario recobrar la tranquilidad y la paz para la población, aquí y en todas las zonas en los cinco continentes que padecen y sufren conflictos bélicos con la consecuente pérdida de miles de vidas, la zozobra y la incertidumbre que generan.


