
Federico Vite
(Segunda de dos partes)
Retomo una de las frases de esa carta con la que Carmen Balcells empezó a gestionar el Nobel a García Márquez en 1982: “Por eso he tomado hoy la decisión de mandar copias del manuscrito a todos los editores extranjeros de García Márquez y a un reducido número de personas, entre las cuales he permitido incluirlo a Vd. (Nils Artur Lundkvist, la persona fundamental en la Academia Sueca para que le dieran el Nobel a un autor de lengua española), con la esperanza de que esta primicia, que en cierto modo es una infidencia de mi parte al autor y que ruego a usted considerar como confidencial, será en todo caso de su agrado y que la lectura de esta obra le permitirá disfrutarla al tiempo que podría juzgar sus cualidades y la maravillosa maestría de este escrito”. Esta delación de la agente literaria revela una pugna sucia por favorecer a los autores que representa y rompe todo protocolo. Pero en la biografía Carmen Balcells, traficante de palabras (España, Debate, 2022, 507 páginas), de Carme Riera, también hay otro tipo de aseveraciones de gran valía para quien atiende el mercado internacional de la literatura con azoro y desconfianza, por ejemplo: “No sólo la eficacia de Balcells como agente era impagable. Era impagable su complicidad. Durante ese tiempo, en especial durante su estancia en Barcelona, se fue solidificando el mutuo afecto y cimentando una especie de rara y extraordinaria simbiosis”. La relación entre García Márquez y Balcells tuvo como punto de encuentro la ambición; uno como autor, otra como agente literaria. Los dos tuvieron fortuna y fueron eficaces.
Riera señala que en Barcelona la noticia del Nobel para el colombiano llegó tarde. La Vanguardia, escribe la periodista, el viernes 22 dedicó la portada a Garcia Márquez con una foto que la ocupaba por entero y destacaba en el pie la vinculación del nuevo Nobel con Barcelona “donde residió siete años” y su juventud, en relación con los premiados, “sólo cincuenta y cuatro años”. Pero lo esencial de esto no es la confianza de García Márquez en Balcells, sino las habilidades de la agente literaria para conseguir premios a gran escala. Se supo que la “infidencia” entre Carmen y Lundkvist estuvo avalada por García Márquez.
El otro viaje a Estocolmo fue por Camilo José Cela, quien recibió el Nobel en 1989. “Si tomamos en consideración los recuerdos de Francisco Uriz, Balcells fue, en cierto modo, fundamental para que Cela llegara a obtener el Nobel, y también el mismo Uriz de alguna manera, puesto que convenció a su amigo Artur Lundkvist de que Cela debía ser tenido en cuenta. Tiempo después, Balcells, compinchada con Uriz, mandó a Lundkvist Cristus versus Arizona para que lo leyera, pero fue contraproducente porque a don Artur no le gustó nada y se lo pasó a Knut Ahnlund, otro académico, buen conocedor de la lengua castellana, para que opinara. Ahnlund escribió a Lundkvist: ‘El autor de esta bazofia, mientras yo viva, no podría ser nunca Nobel’. No obstante, Knut, siempre según Uriz, tras la concesión a Cela salió a la palestra para presentar al gran escritor español del que acababa de traducir Mazurca para dos muertos”.
¿Qué fue lo que los hizo cambiar de opinión? Riera no es clara en ese aspecto, sólo menciona la cantidad de cosas que Balcells mandaba a los académicos para manifestarse con frecuencia mediante “regalitos”. Pero algo hizo cambiar la opinión de los académicos mencionados y se relata que Ahnlund se fue de borracho varias veces con Cela y que el español le abastecía de jamón, “a pesar de que Ahnlund era judío”. Riera deja entrever lo que he venido mencionando: siempre hay algo que no es literario, pero facilita o entorpece las relaciones exitosas para quien tiene un agente ambicioso.
Hay un tercer caso, la última visita de Balcells a Estocolmo. Esta vez para que Vargas Llosa recibiera el galardón. “Al parecer, desde la Academia Sueca trataron de localizar al autor de La casa verde en los teléfonos de sus domicilios de Lima y Madrid, infructuosamente; y luego deciden llamar a su agente, convencidos de que ella sabría donde se encontraba. Ya por la tarde, habló con el (reciente) Nobel, que le preguntó, ¿cuánto había tenido que pagar por el soborno a los académicos suecos? Además, gracias a la emisora Radio Programa de Perú, que organizó a través de las ondas un encuentro entre el flamante Nobel y diversos amigos, la agente se comunicó con Mario, que le reiteró, entre risas: ‘¿Cómo has hecho para que me den el Nobel? Yo tenía mucha fe en tus poderes. ¡Pero realmente que hayas llegado a corromper a la Academia Sueca…! Ella (Balcells) exultante dijo que había recibido muchas flores ‘¡como si me lo hubieran dado a mí!”.
Lo interesante del asunto es que Balcells tenía previsto el Nobel para Vargas Llosa, “pero más adelante”, en 2012.
Riera detalla que Vargas Llosa no le agradeció tanto a Balcells por el galardón; de hecho, el principal elogio durante el discurso de recepción fue para una ex esposa de nombre Patricia. Carmen quedó en segundo plano. No ocurrió lo mismo cuando ganó García Márquez. Ni cuando obtuvo Cela el premio. Es más, por causas de fuerza mayor, Carmen tuvo que volver a Barcelona sin ver cómo investía el rey de los suecos a Vargas Llosa. Éste, como puede notarlo, fue el Nobel en el que menos figuró Balcells. Tal vez porque Vargas Llosa tenía otros grupos de apoyo. Pareciera, entonces, que Balcells dejó de tener influencia con los relevos en la Academia sueca. Estaba lejos de lo que fue en los años 80. En esa época tenía toda la red de apoyo lista para vender escritores y para impulsarlos en todo el mundo. En 2010, las cosas cambiaron para ella; no para el sistema. Recordemos que en 2018 hubo un escándalo, pues se hicieron públicas algunas denuncias de corrupción entre editores, agentes y académicos. Se hablaba de cosas graves –tan graves como las que reseña Riera–, pero no se dieron muchos nombres.
A contraluz de estos hechos, pienso en Jean-Paul Sartre, en Le Duc Tho y Boris Pasternak, ellos tres renunciaron al Nobel por motivos distintos; en el caso de Tho y Pasternak se alude a causas geopolíticas el rechazo, pero con Sartre las cosas son mucho más interesantes, pues el francés creía que al aceptar el Nobel mermaría su capacidad crítica y, por tanto, su libertad. La diferencia entre éste y los casos mencionados en estos dos artículos es abismal.
En una escala menor, debo decir que he conversado con varios agentes literarios y la conclusión que obtengo es simple: para firmar un contrato con las agencias no es relevante el talento sino la rentabilidad. Es decir, las agencias intuyen la rentabilidad de la obra y eso permite entender el motivo por el cual ciertos libros están “tan inflados”, “tan publicitados”, “tan premiados”, pero sólo son leídos por unas cuantas personas; otros textos parecen haber sido escritos por bisoños. El caso es no dejarse cegar por la fluorescente aura de un nobelable. De ahí la importancia de tener un criterio, pero ese aspecto es harina de otro costal.
@Federí Vite
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