
Anituy Rebolledo Ayerdi
Mandinga
La salud en el Acapulco de finales del siglo XVI era necesariamente precaria. Se conjugaban para ello dos hechos sustantivos: las condiciones generales del ámbito porteño: insalubre e inhóspito. Y, por si ello fuera poco, el intenso flujo de nacionalidades cargadas de humores extraños, algunos letales. Acapulco, era entonces el eje del comercio entre Oriente y el Nuevo Mundo, una babel en torno a la bahía más hermosa del mundo conocido.
Es en ese entorno es el que el negro Mandinga logra fama como curandero de grandes virtudes y cuyos servicios son requeridos por todos, excepto por indios y mestizos. Esto lo consideraban enviado de Lucifer, No obstante, cuando estos se arqueen de puro dolor serán los en llegar a la casa del negro
Mandinga no era un brujo cualquiera. Sus habilidades para desterrar enfermedades y dolores están referida a su conocimiento principalmente de las yerbas. La herbolaria mexicana siempre presente en todas las épocas de México.
Bajo de estatura, cargado de carnes, el negro Mandinga adjudica sus cicatrices en el rostro a una secuela de viruela negra, aunque pocos se lo creen. Estos aseguran que son herencia de su tribu carnívora de Africa, mientras que otros lo hacían provenir de los cimarrones de Huatulco, Oaxaca.
Cuajinicuilapa
Estos últimos buscarán refugio en un “palenque” conocido como Cuajinicuilapa (Guerrero) donde ya se concentraba la mayor población negra de la Nueva España. Se habla de que fueron cien parejas las que formaron el tronco de tan hermético enclave africano. Tenían como ocupación única el cuidado de miles de cabezas de ganado vacuno, convirtiéndolos en hábiles y temerarios vaqueros. Cuarenta mil personas integraban entonces las comunidades afros de Huatulco, Cuijla y Acapulco.
El estafiate
Poco importará finalmente a los acapulqueños que el negro Mandinga sea de aquí o de allá. El único interés de su persona radicaba en la habilidad de sus manos para aliviar el dolor de muchos males de la época. Su planta preferida era el estafiate,una planta americana que curaba cólicos digestivos y menstruales, alergias, diabetes, etcétera. Se le llamó la Hierba Maestra porque era ta sabia y poderosa que enseñaba al resto de las hierbas cómo curar.
San Vito
Una fila de hombres con la boca abierta frente a choza de Tomás Mandinga era indicio seguro del atraco de algún barco español. Enfermos de escorbuto –llagados lengua y esófago– encontraban pronto alivio con los brebajes del curandero con base en el ajo, cebolla, geranio y limón.
El epazote, por ejemplo, usado por las amas de casa para darle sabor a los frijoles, el Negro lo usaba para curar el mal de San Vito. La sarna y la tiña, tan frecuentes entre la marinería filipina, las trataba eficazmente con semilla de chicalote. Para la tuberculosis, Mandinga tenía un tratamiento secreto cuyas bondades eran proclamadas quienes al toser arrojaban cuajarones de pulmón.
Por lo que hace a las enfermedades venéreas, eran entonces tan frecuentes como la gripa y la tos y ello preocupaba hondamente a los clérigos hispanos. Estos, como todos los demás, corrían a la choza de Mandinga, quien les hacía tomar jugo de penca de maguey con miel de palo, previamente hervidos, ¡y hasta la otra!
Marín
Una hogaza de pan en las mesas de Acapulco resisten, incluidos, el marro y el cincel.
“¡Cómo no van a estar duras si vienen desde la capital del Virreinato!”, responden enfurecidas acapulqueñas, urgiendo la presencia de panaderos o panaderas en el puerto.
Muy pronto las autoridades porteñas ofrecerán estímulos fiscales a empresas panificadoras o panaderos que deseen establecerse aquí y sólo una persona aceptará el beneficio. Se trata de don Alfonso Marín, recién llegado al puerto, que se instala en el centro de la población. Ocupa un terreno con las dimensiones requeridas para un horno enorme, las instalaciones para la vendimia y sus aposentos. La primera hornada la disfrutará el Alcalde Mayor y lo proclama como el más rico pan que ha degustado en su vida. Lo seguirá todo Acapulco.
Si Alfonso Marín hubiera colocado una placa de bronces en su establecimiento, la hubiera fechado en 1567.
García-Bello
Acapulco cobra fama de ser una ciudad non sancta y ello preocupa hondamente a sus habitantes y sus guías espirituales. El Tribunal del Santo Oficio, por su parte, atiende los reclamos de la Iglesia católica en el sentido de que debe terminarse impío. No basta, le reprochan, que su “rosticería” trabaje día y noche convirtiendo a los réprobos en ceniza.
Será entonces cuando don Andrés García sea nombrado primer Alguacil Mayor de la Santa Inquisición quien, en cuanto su hijo Jaime García Bello se titule de abogado, le otorgará la primera patente de Notario de Acapulco.
Ahedo-Cervantes-Sancho de la Cortina
La porcelana china, procedente de Manila, tenía destinatarios específicos por así determinarlo sus creadores orientales. No obstante, el mercado resultaba amplio y sin restricciones que cualquier familia podía disfrutarla. Entre ellas los Ahedo, los Cervantes y los Sánchez de la Cortina
No faltarán, sin embargo, objeciones a la calidad de tal porcelana y entre ellas las del especialista René González, para quien la porcelana recibida en Acapulco presentaba una textura de mala calidad. Pronto el asunto se resolverá con los distribuidores y el puerto podrá sostener su fama en sus floreros, sus cajitas para el tocador y los “chiche pof” o maceteros para las residencias palaciegas
Acosta-Enríquez-Rivera
El uso de la seda se inicia en el Nuevo Mundo con la llegada de los conquistadores. El propio Hernán Cortés dispone la introducción de la sedicultura mediante la plantación de moreras y la importación de España de huevos del gusano que la produce.
En esa misma época , afirma el reverendo Acosta dicta la primera legislación en torno a las producción y comercio de la seda destacando un ordenamiento:
“Que todos los sederos y comerciantes vendan la seda con peso y medida de vara, dando su justo peso y medida a cada persona”.
Cien años más tarde, la boyante industria se derrumbará por culpa de los religiosos. Atendiendo a quien sabe qué intereses, sentencian que la cría del gusano de seda “es nociva para el bienestar espiritual”. Nadie querrá en ese momento, ni después, acercarse siquiera a una morera. El círculo se cerrará cuando el virrey número 27 de la Nueva España, Fray Payo Enríquez de Rivera, ordene la tala de árboles de morera y prohíba la instalación de telares en todo el territorio bajo su mando.
De Asia vendrán entonces casacas, chalecos, faldas, tápalos, sobremesas y muy especialmente vestidos para las órdenes religiosas. También, prendas bordadas con hilos de seda, aplicaciones de laminillas y lentejuelas de diversos colores y tamaños.
Escobar
Don Diego Escobar, comerciante de telas del virreinato, decide asistir con los suyos a la famosa Feria de Acapulco. Por más que se ha especializado en algodones, cambayas y cabezas de indio, el señor Escobar no renuncia a la posibilidad de abrir una línea de sedas orientales, esperanzado a que estén a buen precio. El primer reparo lo encuentra entre sus vecinos; ellos rechazan la invitación argumentando que el Camino de Asia es muy peligroso .
Atreverse por el Camino de Asia (que lleva a Acapulco), es suicida, le asegura un compadre. Quien no conoce la ruta y sus vericuetos se expone a ser asaltado varias veces antes de llegar al puerto. ¡Si es que queda vivo!, le advierte. Los “palenques” (villorios informales, ocupados por negros escapados de la esclavitud) se suceden a lo largo del camino y en cada uno de ellos opera una banda de asaltantes
Luego de muchas advertencias similares, don Diego Escobar opta por la vía marítima a través de Manzanillo. Regresa y a partir de entonces volverá al puerto cada año. El camino de había sido inaugurado en 1592 por el virrey Luis de Velasco, hijo.
Gallo-Dávila-Salazar
Don Miguel Gallo lega a Acapulco para a cubrir la vacante dejada por don Fabián Salazar como tesorero real, jubilado a causa de una artritis reumatoide que no le permitía contar billetes ni monedas
Rodríguez Juárez
El oro y cobre esmaltado fueron los metales más importados de Oriente, Aquí, los orfebres malineños los aliaban por mitades más un poco de plata para convertirlos en tumbaga, conocida esta como “oro chino”. El arte de ese país tiene como poderoso aliado a los metales a partir de la dinastía Ming.
Otros objetos más solicitados de tumbaga fueron las cajitas de rapé en cobre esmaltado, los tinteros, los aguamaniles y los botes para el té.
Célebres en este apartado, una reja para el coro de la catedral Metropolitana. Fue ejecutada en Macao con diseño del pintor indígena Juan Rodríguez Juárez en marrazo de 1730.


