
Gaspard Estrada
Antes incluso del comienzo formal de la campaña presidencial, Brasil ya vive una competencia electoral de alta intensidad. El escenario está dominado por una nueva confrontación entre el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, candidato a un cuarto mandato, y Flávio Bolsonaro, designado por su padre para preservar el control familiar sobre la principal fuerza de oposición. Sin embargo, la reedición de la polarización de 2022 presenta diferencias importantes: Lula intenta convertir la continuidad en estabilidad, mientras Flávio debe demostrar que puede heredar el bolsonarismo sin reproducir todas sus debilidades.
Las últimas encuestas muestran una recuperación del presidente. Lula encabeza los escenarios de primera vuelta y ha ampliado su ventaja en una eventual segunda vuelta. Este avance no significa que su reelección esté asegurada. El gobierno continúa expuesto al desgaste acumulado, a las dudas sobre la situación fiscal y a una percepción ambivalente sobre sus resultados en seguridad y crecimiento. Pero la campaña oficialista ha conseguido modificar parcialmente el eje del debate: en lugar de defender únicamente su gestión, Lula busca presentarse como garante de la soberanía nacional frente a las presiones económicas y políticas provenientes de Estados Unidos.
Las amenazas arancelarias de la administración de Donald Trump, lejos de debilitar automáticamente al gobierno, han ofrecido a Lula una oportunidad para recuperar una retórica patriótica. Una parte importante del electorado considera que las sanciones comerciales perjudican a Brasil y percibe la proximidad de la familia Bolsonaro con Washington como una subordinación de los intereses nacionales a una estrategia familiar. La disputa comercial se ha convertido así en un asunto electoral: Lula acusa al bolsonarismo de favorecer presiones extranjeras, mientras Flávio responsabiliza al presidente por el deterioro de la relación bilateral.
El candidato opositor enfrenta un desafío más complejo. Flávio Bolsonaro conserva el apoyo de una base de derecha numerosa, disciplinada y movilizada. El apellido le garantiza acceso inmediato al electorado evangélico, a sectores conservadores y a las redes digitales que impulsaron a Jair Bolsonaro. Pero también carga con el rechazo generado por el expresidente, condenado por su participación en el intento de ruptura institucional posterior a las elecciones de 2022.
Su estrategia consiste en presentarse como una versión más previsible del bolsonarismo: menos agresiva en las formas, más abierta al empresariado y capaz de dialogar con el centro político. No obstante, esa operación de normalización se encuentra debilitada por varios factores. Las revelaciones sobre sus relaciones financieras, los conflictos con Michelle Bolsonaro y las restricciones judiciales que le impiden visitar a su padre durante buena parte de la campaña transmiten una imagen de desorden interno. Flávio necesita demostrar que dirige al movimiento; por ahora, parece condicionado por él.
La situación de Jair Bolsonaro añade una paradoja. Su respaldo sigue siendo indispensable para movilizar al núcleo duro de la derecha, pero su centralidad dificulta la ampliación hacia los electores moderados. Flávio promete defender el legado paterno y buscar su liberación, una posición que cohesiona a los fieles, pero transforma la elección en un plebiscito sobre el destino judicial de una familia. Esto limita su capacidad para concentrar la campaña en economía, seguridad y administración pública.
La derecha tampoco está completamente unificada. Los gobernadores Ronaldo Caiado y Romeu Zema mantienen aspiraciones presidenciales y buscan ocupar un espacio conservador menos dependiente del apellido Bolsonaro. Aunque sus porcentajes siguen siendo bajos, sus candidaturas pueden fragmentar el voto opositor y, sobre todo, funcionar como instrumentos de negociación para la segunda vuelta. Tarcísio de Freitas, durante mucho tiempo considerado la alternativa más competitiva, permanece como referencia inevitable, incluso sin encabezar la disputa.
Lula, por su parte, necesita evitar que su campaña se reduzca a una defensa frente al bolsonarismo. Su principal vulnerabilidad es la distancia entre los indicadores macroeconómicos y la percepción cotidiana de los ciudadanos. El oficialismo deberá demostrar mejoras concretas en ingresos, empleo, precios y seguridad. También tendrá que contener eventuales escándalos dentro de su coalición y preservar el apoyo de los partidos del centro parlamentario, indispensables tanto para ganar como para gobernar.
La elección se desarrollará, por tanto, sobre tres conflictos simultáneos. El primero enfrenta continuidad y alternancia. El segundo contrapone soberanía nacional y alineamiento con Washington. El tercero se libra dentro de la propia derecha, entre la preservación del liderazgo familiar y la búsqueda de una candidatura conservadora más autónoma.
Antes del arranque oficial, Lula parte con ventaja, pero no con una hegemonía irreversible. Flávio Bolsonaro conserva suficiente fuerza para alcanzar la segunda vuelta, aunque su candidatura enfrenta un techo derivado de su apellido, de sus controversias y de la desorganización de su propio campo. La pregunta decisiva será quién logrará conquistar al electorado que rechaza tanto al PT como al bolsonarismo, pero que nuevamente deberá elegir entre ambos.
Brasil se aproxima así a otra elección extremadamente polarizada. Sin embargo, esta vez la disputa no enfrenta simplemente dos proyectos ideológicos: también decidirá si el bolsonarismo puede sobrevivir como dinastía política y si Lula, después de más de veinte años en el centro de la vida nacional, todavía puede presentarse como una promesa de futuro y no solo como una garantía frente al regreso de la derecha radical.
* Miembro de la Unidad del Sur Global de la London School of Economics.
X: @Gaspard_Estrada


