10 agosto,2026 6:32 am

Después de la fiesta

Silvestre Pacheco León

En Quechultenango ya ha terminado la fiesta patronal y con ella el bullicio festivo del ritual religioso y pagano de las procesiones, la misa y el Ocoxúchitl, la música, el baile y el jaripeo, dando paso a la quietud de la vida provinciana cuyo ritmo muchos disfrutamos.
Sin el ruido de las andanadas de cuetes en la madrugada, compitiendo en volumen el estruendo de su explosión, se vuelve a escuchar en mi casa el trinar de pájaros y el canto de los gallos que, según la creencia ancestral, es lo que provoca la salida del sol cada mañana.
Tampoco nos despertamos con el corazón sobresaltado escuchando Las golondrinas, esa canción de despedida a la que nos acostumbró la pandemia del Covid-19 por el fallecimiento de tantas personas, ahora esa clase de avisos se han vuelto esporádicos como sucedía en la época anterior de la epidemia, lo cual da certeza al reporte del Inegi sobre la reducción del número de decesos a partir del año 2025.
Lo que sigue siendo preocupante en Guerrero es que los males del corazón ocupan el primer lugar como causa de fallecimiento afectando principalmente a los hombres, porque pudiera ser que su desgaste se deba a la falta de oxígeno o comida que dicho órgano tiene la tarea de bombear a todo el cuerpo.
En mi pueblo después del rebumbio de la fiesta se vuelven a escuchar con nitidez los repiques de las campanas llamando a la misa y uno puede confiar en la exactitud del reloj de la iglesia católica cuando escucha las piezas clásicas de Bach y Beethoven las ocho veces en que divide el día.
Ya estamos en agosto y con la aparición del astro rey termina la oscuridad de la noche. Sus rayos disipan pronto el rocío que dejó la lluvia torrencial que ayer cayó sobre nosotros trayendo consigo el calor que a media mañana arrecia y acongoja hasta que la sombra de las nubes cubriendo el valle nos regala momentos de fresco y luego de humedad por la lluvia que se precipita casi todos los días, como si el cielo supiera que nos quedó a deber en el mes pasado la canícula.
La lluvia llegó al campo en agosto después de que la plaga del gusano cogollero causó estragos en el cultivo de maíz en todo el llano debido a la prolongada sequía pero con la humedad pronto se han vuelto a recuperar las milpas creciendo tan desaforadamente que todo el campo, incluidos los caminos, se ha pintado de verde. Eso es lo que anima a los campesinos a preparar la fiesta indígena y católica del Xilocruz dedicada a la santa cruz y a la diosa Xilonen o Chicomecoatl el 13 de septiembre como agradecimiento de la buena cosecha que para entonces se avecina.
Ahora el bullicio se redujo a la calle principal donde se concentran las tiendas y bodegas del comercio. En las mañanas, con la exactitud de un reloj, se instala el tianguis comercial como ensayando para el domingo que se vuelve fiesta porque se agregan a él los productores rurales de los pueblos vecinos que han hecho de este lugar el nuevo centro comercial que está desplazando a Chilapa.
Entre sus atractivos el tianguis ofrece alimentos preparados, llamativos por sus recetas y costumbres tradicionales, el atole blanco que se acompaña con las conservas de coco, pachayota, naranja y calabaza, herencia de doña Josefa, mejor conocida como Chepita que vivía en la última casa de la calle de Las Flores, colindante con el río. Después de dos generaciones su bisnieta Lucy lo despacha desde el amanecer en una esquina del mercado.
Nunca faltan las picaditas, gorditas, los tamales, las enchiladas y el pozole, tampoco los tacos de chivo y el consomé que aquí son especialmente sabrosos. Al medio día la costumbre es el chilate que llegó a estas tierras desde el pueblo de El Terrero en la Costa Chica en la década de los 1960. La señora Auda Flores, heredera de la fórmula costeña del chilate que aprendió de su mamá Beta y de su tía doña Marina, lo sirve en la banqueta de la calle principal frente al mercado a partir de las 11 del día. Esa deliciosa bebida que se acompaña con las empanadas de arroz de leche de su propia manufactura se ha convertido en uno de los antojos más socorridos. Allí mismo se ofrecen las cemitas que compiten con las chilapeñas y también con las tixtlecas que hasta acá llegan todos los días.
Las bebidas refrescantes de frutas locales, como la guanábana, el mango, la jamaica, el limón y la sandía son llamativas exhibidas en grandes vitroleros. Para la comida siempre hay los más elaborados guisos a base de carne de pollo, cerdo, chivo y guajolote.
En este tiempo en el tianguis se expenden, a precio de regalo, frutas exóticas con olor de campo como los nanches amarillos y agridulces, las guayabas, los mangos y los aguacates, los duraznos y las manzanas, todos productos criollos, dulces y perfumados. Nunca faltan los esquites a la usanza tradicional, ni los elotes crudos o hervidos que se cultivan en terrenos de riego. Aquí el pozole se sirve en todas sus variedades guerrerenses, de elote es el elopozole guisado con guajillo, ejotes y calabazas. El de camagua es de maíz sazón revuelto con frijol negro que se guisa con orégano, cebolla, queso seco y limón, ambos con carne de cerdo, sin olvidar que aquí no necesita ser jueves para encontrar el pozole blanco que se prepara con maíz cocido de ese color y cabeza de cerdo. Este pozole va siempre acompañado de mezcal que se recomienda tomar una o dos copas antes de la primera cucharada.
Características de la feria patronal son las manzanas y los duraznos así como los variados camotes que crecen bajo tierra entre los cuales el más popular es el de “vela” con su cáscara color del suelo y el grosor de una vela que cubre su atractiva carne blanca como el color de las velas de la iglesia y hasta con su propio pabilo, de todo lo cual nace su nombre. De este tubérculo también se encuentra en esta temporada lluviosa un camote que se conoce como de raíz el cual siendo también un tubérculo, es más grueso, baboso y blanco que el de “vela” y se come endulzado. Hay de color morado, propio para empanadas, y de un ligero color café que ya enmielado parece de color dorado, todos muy baratos.
Muchos visitantes de los balnearios pasan a recorrer el tianguis para surtirse de la comida, la fruta y los antojitos que después disfrutan bajo la sombra de los amates, coscahuates y parotas mientras miran el discurrir del agua cantarina que sale de los manantiales dando vida al río Azul con su agua fría y transparente que nadando hace olvidar, aunque sea por un rato, el asfixiante calor como para hacer memorables las vacaciones veraniegas.
La cañada del río Azul en la región Centro del estado es realmente bella, desde el pueblo de Petaquillas al oriente de la capital se disfruta del paseo a lo largo de 50 kilómetros, custodiada por la imponente cordillera que va o viene del oriente al poniente con un relicto de bosque originario digno de admirarse desde el estrecho paso para llegar a Tepechicotlán hastaColotlipa en el municipio de Quechultenango.
La carretera que comunica a los poblados de la cañada va bordeando el río Huacapa que si no fuera por el volumen de las aguas residuales sin tratar que recibe de la ciudad capital y los pueblos vecinos, su belleza sería uno de los más importantes atractivos naturales para el disfrute de los sufridos habitantes de Chilpancingo que sobreviven al calor y la sed. Sean todas y todos bienvenidos para disfrutar los pocos días que restan de estas vacaciones.