19 agosto,2026 6:52 am

El derecho a quedarse

Javier Saldaña Almazán

 

En mi casa aprendimos temprano lo que significa la palabra migrante. No la leí en un libro de sociología: la vi en el rostro angustiado de mi madre y en el doloroso silencio de mi padre.

Dos de mis hermanos se fueron a Estados Unidos. No se fueron por aventura ni por vocación de viajeros. Se fueron porque en aquel Guerrero el trabajo digno era una promesa que nunca llegó a familias como la nuestra.

Quien no lo ha vivido cree que la migración es un viaje. No lo es. Es una amputación lenta. Son las sillas vacías en la mesa y que nadie ocupa. Es la llamada del domingo que se vuelve costumbre y luego se vuelve la única forma de tener hermanos. Es el dinero que llega y que se agradece, sí, pero que nunca alcanza a pagar lo que costó mandarlo. Mi familia, como millones de familias mexicanas, aprendió a querer de lejos.

Cuento esto porque no me es ajeno lo que hoy escucho en el territorio.

Lo que dicen las asambleas

En las asambleas que hemos promovido a lo largo del estado hay un tema que se repite con insistencia y que no puede ignorarse: los jóvenes se van.

Los planteamientos cambian de acento, pero el fondo es el mismo. Un padre lo dijo de una manera que me impactó: “Doctor, aquí criamos a los hijos para que se vayan. Ya no queremos eso”.

Esa frase es un diagnóstico más preciso que muchos informes. Y es, también, una acusación justa. Porque cuando muchos pueblos organizan su vida alrededor de la partida de sus hijos, lo que está ocurriendo no es un fenómeno cultural: es el resultado de decisiones económicas que se tomaron durante décadas en contra de los que menos tienen.

Las remesas: sostén y síntoma

Guerrero recibe más de tres mil millones de dólares anuales en remesas. Es una cifra enorme. Representa alrededor de una sexta parte de nuestra economía y es, en muchas comunidades rurales, el verdadero sostén del consumo familiar. Con ese dinero se come, se construye, se estudia y hasta se entierra a los muertos.

Hay que decirlo con claridad y con respeto: esos dólares son fruto de un trabajo heroico. Detrás de cada envío hay una jornada de doce horas, un idioma ajeno, un miedo permanente a las redadas y una nostalgia que no se cotiza en ningún mercado.

Pero conviene no confundir el sostén con la solución. Las remesas son, al mismo tiempo, nuestra red de protección y nuestro síntoma más elocuente. Son la prueba contable de que Guerrero exporta el talento que no logra retener. Un estado que depende del trabajo que sus hijos realizan a tres mil kilómetros de distancia no tiene una economía: tiene una compensación por una ausencia.

Pero también hay una migración que ni siquiera cruza la frontera. Cada año, familias enteras de Metlatónoc, de Cochoapa el Grande y de tantos municipios de la Montaña salen como jornaleras a los campos agrícolas del norte del país a la cosecha. Van y vienen. Los niños interrumpen la escuela. Ese desplazamiento no aparece en las estadísticas de remesas, pero es la forma más dolorosa de nuestra pobreza: la que obliga a irse para poder comer.

No es que la gente no trabaje

Existe un prejuicio que conviene desmontar. Se dice a veces, desde la comodidad, que en el sur falta empleo porque falta iniciativa. Es falso y es ofensivo.

En Guerrero cerca de ocho de cada diez personas ocupadas trabajan en la informalidad. Eso no significa que no trabajen. Significa que trabajan sin contrato, sin seguridad social, sin pensión y sin ninguna certeza de que un accidente o una enfermedad no arrase con el patrimonio de toda la familia.

El problema no es la falta de esfuerzo. El problema es la falta de estructura donde ese esfuerzo pueda convertirse en derechos.

Lo que sí funciona: abrir la puerta

Frente a esto, la respuesta no es el lamento. Es la política pública, y hay una que ha probado su eficacia por encima de cualquier otra: la educación pública, gratuita y de calidad, llevada hasta donde vive la gente.

Es lo que hicimos en la Universidad Autónoma de Guerrero. No lo digo como mérito personal; lo digo como constatación de un método. Llevamos oferta educativa a las ocho regiones del estado. Formamos profesionistas en programas vinculados a lo que este territorio necesita. Y vimos, generación tras generación, algo muy sencillo y muy poderoso: cuando el joven encuentra futuro cerca de su casa, se queda.

Educar es el acto de arraigo más eficaz que conoce una sociedad.

Pero la educación sola no basta si al egresar no hay dónde ejercer. Por eso el reto de esta etapa —el segundo piso de la Transformación aterrizado en Guerrero— consiste en articular tres cosas que hasta ahora han caminado por separado: formación pertinente, inversión productiva en las vocaciones regionales del estado y empleo formal con derechos. Turismo, agroindustria, café, copra, mango, pesca, y energías limpias, por ejemplo. Nada de esto es una fantasía: es lo que ya producimos, sin valor agregado y sin cadenas propias.

El relevo

Por eso concibo los Comités de Defensa de la Transformación como espacios de organización y de formación política.

A los muchachos de Guerrero les debemos algo más que discursos: les debemos condiciones.

Mis hermanos hicieron su vida allá y la hicieron con dignidad.

Lo que sí me parece inaceptable es que, dos generaciones después, los hijos de mis paisanos de la Sierra y de las otras siete regiones sigan enfrentando exactamente la misma disyuntiva.

Migrar debe ser un derecho, nunca una condena. Que se vaya quien quiera irse. Pero que nadie tenga que hacerlo.

Guerrero contribuyó a México con las tres transformaciones. Lo que este pueblo pide hoy es mucho más modesto y más justo: que sus hijos puedan construir aquí la vida que hoy están construyendo lejos.

Que la historia nos alcance trabajando.