
Adán Ramírez Serret
Amélie Nothomb (Kobe, 1967) es una de las autoras más populares en Francia, a pesar de ser belga, aunque haya nacido en Japón debido a que sus padres eran diplomáticos.
Su fama es muy particular, pues sus libros están muy ligados al ser humano de carne y hueso que es ella, ya que muchas veces, en efecto, escribe autoficción, pero también novelas en donde la trama es una mera ficción tienen su sello particular.
Tiene ese talento extraño, casi único de hacer de sus libros un espacio, un lugar en donde nos gusta estar como lectores. Tiene que ver con lo que cuenta, con sus tramas, por supuesto; pero también con su relación con la escritura en donde siempre estamos en su mundo agridulce, en donde hay a la vez un desencanto de la vida mezclado con una alegría profunda de la vida y un fino sentido del humor; con una inmensa relación con la ironía y todo, siempre, en menos de doscientas páginas.
Ahora, Nothomb vuelve con su más reciente novela Psicopombo sobre la cual la crítica ha dicho: “De una sinceridad desarmante”, y lo es. Pues cuenta sus errantes primeros años de vida en donde por la labor diplomática de sus padres recorrió buena parte del mundo en donde se encuentran lugares tan disímiles como Japón, Nueva York, China, Bangladés o Birmania. En donde vivió experiencias por demás traumáticas que cuenta con una especie de magia y realismo, que es muy el sello de la casa Nothomb.
Entre estas confesiones en donde cuenta su vida, habla de su afición desde niña a las aves. Como desde sus primeros años en Japón se aficionó a ellas y la terrible sorpresa que encontró China sin ningún pájaro porque Mao pensó que eran nocivos y los mandó exterminar.
Su afición tenía mucho de salvación, de verse reflejada en las aves, en su ciclo de romper el huevo, de aprender a volar, y, después, por supuesto: de la maravilla de recorrer el cielo en medio del viento.
Sus padres, muchas veces, confundieron su afición y le regalaron pájaros para que ella los tuviera en su casa, pero ella los liberaba de inmediato, lo que ella quería era verlos volar, libres.
No me queda duda que la vida de la diplomacia es privilegiada por donde se la vea, sin embargo, Nothomb cuenta su cercanía constante con la extrañeza, quizá por artista, acaso por mera herencia, siempre se sintió apartada de la normalidad y esto se acentuó cuando entró en la adolescencia.
Cuenta de dónde viene el título de la novela, dice: “aprendí que Hermes, el dios mensajero de pies alados, se lo podía denominar psicopombo…, pues era el que acompañaba las almas muertas durante su viaje”. A lo que continúa líneas adelante: “en la iconografía cristiana, existía el pájaro psicopompo, que permitía ilustrar el Espíritu Santo (la famosa paloma que dejaba a la Virgen embarazada de Jesús. /’¿Y si fuera yo?’, pensé”.
Nothomb cuenta sin ningún pudor que se identificó con el Espíritu Santo, lo hace por gusto, pero también a manera de salvación. Y para quienes se asusten de esto, dice sin tapujos que ella de niña se creía dios, nada más y nada menos.
Con esta entrega Nothomb reafirma su inmensa jerarquía en donde cada que se sienta ante la página en blanco consigue una obra que atrapa a quien la lea, aunque no sea su seguidor. Una idea inmensa llena de poesía que permea a lo largo de toda la novela es que ella pueda volar, lo deberá hacer algún día; si los dinosaurios terminaron por hacerlo cuando devinieron en aves, ella no ve por qué no pueda, aunque no cuente con esos millones de años.
Amélie Nothomb, Psicopompo, Barcelona, Anagrama, 2023. 138 páginas.


