22 agosto,2026 5:20 am

Libroclubes y lecturas

AMERIZAJE

Ana Cecilia Terrazas

 

En México es común que durante juntas de trabajo, reuniones para trámites o filas de espera, personas totalmente desconocidas entablen conversaciones espontáneas, largas o cortas, sobre temas relevantes o de cuestiones insignificantes.

También ocurre eso durante las compras con marchantes conocidos, en salones de clase, salones de belleza, talleres de coches. En esta cultura hoy en día es común que las personas hablen mucho y a veces hasta hablen de más. Cuando alguien hace alguna pregunta frente a un grupo, las respuestas suelen ser poco ejecutivas, largas, dispersas. Se percibe, quizá, una suerte de urgencia fáctica, necesidad de tocar, conversar, decir, ser escuchado, contar, persona a persona.

Uno de los sitios idóneos para la tertulia y la conversación, con un literal buen “pre-texto”, son los llamados clubes de lectura o libroclubes. Estas reuniones para discutir y reflexionar sobre escritos de otros, sea literatura de altos o bajos vuelos, cuento o novela, surgen de las tertulias literarias y los salones ilustrados del siglo XVIII en Europa Occidental, previos a la era de la Ilustración, entre las burguesías emergentes. El formato “moderno” de club de lectura, como un espacio popular y comunitario, es más del siglo XIX, de Reino Unido y Estados Unidos, impulsado por las mujeres sufragistas y en resistencia por su independencia, quienes encontraban en estos grupos una de las pocas vías accesibles para la autoeducación y el debate intelectual, acotado para los hombres en esas épocas.

Hoy en día, si bien hay un choque de la necesidad conversacional entre la generación de jóvenes generación Z –atravesados por el Covid durante la socialización de prepa, quienes prefieren voltear a otro lado que saludar o conversar por chats del teléfono que platicar con el vecino– y las personas adultas jóvenes o adultas mayores, los espacios para decir cosas cara a cara pueden ser muy socorridos.

Ante la sobreabundancia de la comunicación unilateral, digital, el bombardeo y las avalanchas de mensajes por Instagram, YouTube, Facebook, la necesidad de la gente no tan joven de hablar en voz alta, ha alcanzado un punto crítico. Cualquier sonrisa o cara amable puede servir como cancha para hacer un comentario que abra plática. En una sociedad hiperconectada pero profundamente aislada, el diálogo real se ha vuelto un bien escaso; ya no sólo queremos consumir información, necesitamos procesarla en conjunto, ser escuchados en lo que pensamos y en lo que decimos de lo que escuchamos del otro. Hablar con otras personas se ha transformado en un acto de necesidad y de resistencia frente a la soledad cotidiana.

El desahogo colectivo para nada es nuevo, pero este fenómeno ha aumentado en algunos círculos. Las y los terapeutas suelen llamar a estas manifestaciones superexpresivas “catarsis por la resonancia”. Se trata de una búsqueda humana de validación afectiva y una danza social de corregulación emocional. Es decir, necesitamos el espejo de las otras personas para recordarnos que lo que sentimos es real y que no estamos solas o solos en nuestras experiencias. Andamos en pos de un eco reverberante que nos haga sentir vivos, tomados en cuenta, platicando, construyendo una mirada-explicación de lo que acontece.

Así, los libros –las películas, los ensayos, las obras de arte– funcionan muy bien como catapulta para conversar, convivir y tocar a otras personas sobre temas variados. Las historias contadas en voz alta, criticadas, actúan como transporte para la conexión humana y colocan un eje central sobre la mesa común para que la conversación se estructure o desestructure, quitando la incomodidad o el pudor de hablar de una o de uno mismo directamente. Discutir el dilema de un personaje o de una idea filosófica en torno de alguna trama funciona como un maravilloso “tercer elemento” que permite a las y los participantes proyectar sus propias vidas, dolores y alegrías de una manera segura, elegante, menos invasiva.

Los libroclubes o clubes de lectura son entonces unos cómodos espacios terapéuticos en los que se reúnen personas conocidas, o no tanto, para seguir charlando, para deliberar indirectamente –porque se trata de hablar de un libro– sobre temas resueltos o no resueltos de la vida, de los afectos, de lo humano. Los clubes de lectura son un magnífico antídoto contra la vida aislada, las pláticas inconclusas o el día a día sobreexpuesto a los pantallazos de las redes sociodigitales, sin la posibilidad de responder con “v de vuelta”.

 

@anterrazas