
AMERIZAJE
Ana Cecilia Terrazas
Lydia tiene 51 años. Nació un 30 de junio de 1973, en Temoaya, Estado de México. Nunca había tenido la oportunidad de conocer el mar. México, con sus 11 mil kilómetros de litorales, no suele ser amable con millones de personas como para facilitarles, alguna vez en la vida, ir a visitar el mar. Esta falla de Estado ya la había detectado el propio presidente Adolfo Ruiz Cortinez a mediados del siglo pasado, por lo que ideó su plan llamado La marcha al mar, que consistía en “desarrollar la pesca y las instalaciones portuarias” al máximo, llevando a las orillas de la tierra firme en la nación un impulso económico, turístico y poblacional de gran importancia. Esta misma inquietud, imagino, es la esencia del controversial proyecto Tren Maya.
De La marcha al mar hablaban frecuentemente, con emoción, dos economistas entrañables para esta columna, por lo que este vasto cuerpo de agua ha sido considerado una posible salvación de hambrunas, una deseable solución para mejorar la calidad de vida de nosotras todas las personas mexicanas.
Lydia, con su poco más de medio siglo de vida, cuando vio a media mañana, por primera vez, este azul de mar profundo Acapulco, pensó y dijo: “Qué bonito, parece que no se acaba”. Para la tarde, con los rubores celestes del atardecer, agregó: “¿Cómo puede alguien no creer en Dios al ver esto?”.
Muchísimas personas creemos devotamente en Acapulco; nos sabe a vacación, a primera ilusión de infancia. Hoy, los acapulqueños que viven del turismo –como es el caso del muy atento Manuel Zamora, supervisor condominal en un inmueble casi íntegramente restaurado de Real Diamante– están felices con las vacaciones decembrinas y de año nuevo pasadas: “nos dio mucho gusto, hubo muchísima ocupación… como no había desde Otis. Nos emocionó ver que regresó la gente a caminar por la costera”.
Acapulco nunca ha sido ingenuo; ha sido habitualmente maduro y ahora es durísimo. Es espectacular territorio de turismo, es de película, de reventón, de inconmensurable belleza, de inigualables atractivos. Acapulco es tan diurno como nocturno. Igualador, da cabida a ricos y pobres. El Acapulco asolado por vientos, lluvias y mareas, sigue doliendo y es doliente en mucho. Las huellas y grietas de Otis (octubre de 2025) no se comentan, se ven, se sienten. Las inundaciones traídas por John, que golpeó sin compasión por Marquelia (a dos horas de Acapulco), dejando 40 mil casas anegadas y sumando gran cantidad de pérdidas, no ayudaron al ánimo.
Pero Acapulco no está vencido. Eso sí, le falta mucho, como este diario registra cada día, para sonreír cual plaza turística de primer nivel, en el orden internacional, que fue. Le faltan turistas, le sobra delito, lo tumba el cambio climático. Y sí, por qué no, necesita de millones de turistas dispuestos a intentar conocer el mar, el mar profundo de un azul Acapulco.
Hay que tomar en cuenta, eso sí, que, en muchos lugares de Acapulco, el penoso clasismo sigue. El contraste ardiente entre la opulencia y la carencia estallan.
Lydia, cuando supo que venía al mar, tenía trabajo. Habló con sus hijas. Una le dijo que se fuera, que claro, “que ni lo pensara”. Otra le ofreció el invaluable apoyo sororo y filial, para que pudiera liberarse de sus pendientes y vacacionar por vez primera. Esta última le dijo, “las oportunidades en la vida se dan una sola vez”.
En esa oportunidad, Lydia ha sentido la arena debajo de sus pies, “es suave, no es lodo ni tierra”. Ha dejado que el oleaje le sorprendiera las plantas por su temperatura, que, a pesar de la inmensidad del mar, no es tan gélida ni infinitamente fría. A Lydia la han deslumbrado las barquitas de pesca, huérfanas a medianoche, contra el fondo totalmente oscuro, detenidas por un solo foco. Le han conmovido los pescadores de la playa que se dejan cubrir totalmente por la ola y, además de que no se ahogan, cuando pasa la ola siguen ahí con sus redes. Y es que el horizonte turístico de Acapulco, a diferencia de su mar, a pesar de todo, parece que no se acaba.


