
Lautaro García Salgado
Cuenta Mari José Cuevas que de niña acudía con su papá, el recién finado pintor y escultor José Luis Cuevas, al teatro Blanquita a ver una especie en extinción: las vedettes o artistas del espectáculo, que para los 80 vivían más bien de la fama de los 60 y 70 que lo que en realidad representaban en ese momento.
Para finales de los 60, mientras los jóvenes reclamaban ser escuchados y tener un lugar en las decisiones de este país y la liberación sexual femenina se desprendía de una idea abstracta, para muchos venida del Verano del Amor en San Francisco, a ser vivida a plenitud, la vida nocturna del país se transformaba. Sobre todo en la Ciudad de México pululaban escenarios, cabarets o teatros con espectáculos de revista en el que aparecieron como flores en primavera, mujeres que marcaron la vanguardia que acompañó los despertares en lo erótico, en lo escénico musical y en el cine. En los cabarets se diluían los espectáculos de rumberas acompañadas con la música de Pérez Prado o Benny Moré como ecos lejanos de los años 50 para dar paso a músicos con sonoridades de sabores tropicales, mujeres con vestuarios luminosos que irradiaban la luz de un nuevo comienzo. Luces, accesorios exóticos como plumas de faisán, brillantinas, una ruptura con las noches del danzón, mambo o chachachá.
Los estereotipos que se reprodujeron en los filmes del Cine de Oro, tales como el charro macho, borracho y violento pero de corazón grande; la china poblana impoluta moralmente; la provincia como un oasis de pureza moral y nacionalista; la abuela amorosa; la ciudad y la noche como el eje del mal donde toda mujer sin dinero no tenía otro destino que la casa de citas o el cabaret, etcétera, despejaban las pantallas para un género endógeno de México y del espíritu del tiempo: el cine de ficheras o sexi comedias, en donde actores o pseudo actores de registro cómico representaban el humor de barrios populares al lado de mujeres cosificadas en filmes de muy baja calidad en su contenido. Cinco mujeres arrullaron las nuevas neurosis de la clase política cupular, empresarios y las pupilas de la clase trabajadora: la acapulqueña Lyn May, Rossy Mendoza, Wanda Seux, Olga Breeskin y la princesa Yamal.
Eran los años en el que Acapulco era el paraíso obligado y comprar una casa era lo in. Y todo empezó aquí, como casi todo. Hace 10 años, cuando Mari José Cuevas conoció a la princesa Yamal y grabó una entrevista improvisada. Poco a poco lo que fue una tarde de anécdotas tomó forma de un proyecto ambicioso que reunió en un relato de poco más de una hora el presente de estas cinco vedettes que vivieron y se acabaron todo. Ganadora a la mejor película documental en el Festival Internacional de Morelia, entre otros muchos premios internacionales, Bellas de noche se reveló como el mejor documental mexicano de 2016.
A través del testimonio de sus carreras artísticas, su juventud perdida o sobreexplotada, sus gustos, sus amores, sus excesos, etcétera, pero sobre todo la actitud para afrontar su lejanía de la escena, del espectáculo, la moda que pasa, el paso del tiempo reflejado en el rostro, en el cuerpo, la maternidad o la no maternidad, la novel directora va hilvanando una serie de temas que les atañen particularmente a todas ellas. ¿A dónde se fueron esas noches?, ¿Qué sigue?, demasiado grandes ya para tener hijos, demasiado grandes ya para ese vestuario espectacular, pero la época es distinta. El temblor del 85 no sólo fue una tragedia que cambió para siempre nuestro panorama político y nos dio a mirar de la manera más cruda, nuestro estatus de ciudadanos responsables de nuestro entorno, entre tantas otras cosas también cambió nuestros hábitos culturales.
Huérfanas de la noche, las adopta el día, la rutina, el olvido, el desprenderse de los lujos. Los cheques dejan de llegar, las llamadas de los productores cesan, los políticos dejan de enviar regalos, los amantes millonarios desertan, la luz del día y la vida que continúa les presentan nuevos retos que cuentan con las emociones a flor de piel en cada escena que recoge sus testimonios aquí y allá, en sus casas, en antiguos salones de baile, en la calle, etcétera. Cantan, se desvisten y bailan a la cámara de Mari José a la menor provocación. Una cámara que no las juzga, no las cosifica, no las minusvalora. El sólo hecho de mostrar sus cuerpos como ellas lo muestran, con orgullo y dignidad, el abrir el baúl de sus memorias, de sus alegrías rotas, los sinsabores de la condición humana representan una lección de entereza, temple y fuerza de espíritu de la mujer. Un homenaje sin duda a su calidad humana, a su trabajo en los escenarios, pero también es una celebración a nosotros mismos como mexicanos y nuestro imaginario colectivo en el cual estas cinco mujeres habitan ya junto con el filme, que adquiere el status de un documento valioso de cinco puntos de vista de una época. Bellas de noche se estrenó brevemente en Acapulco hace unos pocos meses pero la podemos ver aún en la plataforma Netflix.

