8 octubre,2017 7:21 am

RAZONES VERDES

Eugenio Fernández Vázquez

 

Las otras grietas que dejó el terremoto

 A veces, los terremotos abren más grietas que las que se pueden ver en las paredes, y muchas de ellas permiten transformar la realidad de una forma que antes hubiera parecido imposible. El terremoto de aquel otro 19 de septiembre, el de 1985, abrió fisuras muy hondas en el aparato de control del PRI, y en la Ciudad de México permitió la consolidación de una sociedad civil más activa, más progresista, más audaz. Quizás este nuevo septiembre de temblores abra algunas fisuras necesarias en el aparato del poder y en los muros que nos dividen, y permita avanzar hacia una democracia más plena, hacia la construcción de un país más justo, más sustentable y más incluyente.

Ahora es demasiado pronto para saber si este proceso ha comenzado o no, y cuáles son exactamente las grietas que se abrieron en el aparato del poder –si es que se abrió alguna. Existen ya indicios de por dónde pueden haber empezado a cambiar las cosas. Un primer cambio puede haberse registrado en la relación entre los estratos en los que la desigualdad divide al país.

Cuando las disparidades económicas y sociales son tan rampantes como en México, las clases más altas de la sociedad y las regiones más privilegiadas, parecen protegidas del resto por una burbuja de cristal templado que les permite ver, pero no sentir, lo que ocurre fuera de ella, y que impide el tránsito hacia adentro o hacia afuera de los límites que protege. El hecho de que el temblor sí provocara daños en la Ciudad de México, y de que buena parte de los edificios dañados estuvieran en colonias con alto poder adquisitivo, puede haber abierto grietas en esa cúpula transparente y fría.

Los excedentes en las donaciones en especie que se registraron en la capital del país, y la movilización de miles de jóvenes que se volcaron a las calles queriendo sumarse a los esfuerzos para resolver la emergencia, desbordaron hacia los demás estados dañados por el temblor. Esto hizo que muchos que de otra forma no hubieran visto de Morelos, de Puebla o de Oaxaca más que las zonas más turísticas, salieran de esa zona de confort para aportar su esfuerzo o los donativos recibidos, y llegaran a zonas de gran marginación, cuya realidad ni siquiera imaginaban.

No sabemos a ciencia cierta cuál es la dimensión de este fenómeno ni cuál será su efecto, pero sí hay una posibilidad de que el contacto con estas otras realidades del país haya abierto espacio para la solidaridad entre un sector muy pequeño de la sociedad, pero muy poderoso, y que haya permitido al menos una mayor consciencia sobre la situación nacional. De la consciencia a la acción hay un paso enorme, pero por lo menos hay una posibilidad de avance.

Los terremotos de septiembre también sacaron a la luz las grietas en el sistema de protección civil nacional; mostraron la incapacidad de los gobiernos para emprender un verdadero proceso de reconstrucción que genere mejores ciudades y que evite que el siguiente terremoto sea un nuevo desastre. La tardanza de las autoridades en asegurar el abasto de alimentos y medicinas en las poblaciones afectadas, el abandono en que han quedado vastas áreas del norte de Guerrero, del Istmo oaxaqueño, del sur de Puebla y el oriente de Morelos, han hecho evidente la incapacidad de los gobiernos tanto federal como estatales para lidiar con emergencias de esta envergadura. No basta, o no debería bastar, con que la respuesta sea mejor que en 1985. El trato despectivo e indiferente que han recibido las víctimas, la descoordinación entre dependencias, la falta de transparencia en el manejo de la información y el trato a la prensa, la prevalencia de la inseguridad en partes de las zonas afectadas, no son aceptables.

Por otro lado, el proceso de reconstrucción amenaza ya con estar lleno de cuarteaduras. Los desastres naturales, cuando tienen esta dimensión, abren la posibilidad de mejorar los diseños urbanos de las ciudades y de transformar la forma en que se enfrentarán los nuevos retos. Sobre todo, exigen que lo que se reconstruya no se caiga en el siguiente desastre. Éste no ha sido el caso.

En lugar de invertir en capacidades locales para la regulación del desarrollo urbano y la construcción; en lugar de facilitar un proceso de autoconstrucción verdaderamente comunitario, sustentable y resiliente, se ha hecho un uso descaradamente clientelar de los recursos para enfrentar el desastre. Las escenas de grandes tráileres de cemento con publicidad esperando a quienes recién recibieron los apoyos gubernamentales permiten pensar que el próximo temblor será, una vez más, desastroso.

Pero todo lo ocurrido sigue siendo una oportunidad que no podemos desperdiciar. Las fisuras que se abrieron en los muros que nos dividen son muy reales, y nunca ha sido tan evidente la necesidad de transformar la forma en que construimos y desarrollamos nuestras ciudades. Tal vez se haya abierto un canal para impulsar una nueva forma de relacionarnos los unos con los otros, y de vivir en el mundo.