1 septiembre,2025 9:17 am

Busca infructuosamente a su padre taxista desaparecido en La Mira hace seis años

Jesús Enrique Bahena Peñaloza recibió una llamada a mediodía del 16 de septiembre de 2019 y le dijo a su pareja que tendría que salir brevemente y traería las tortillas para comer y desde entonces no ha regresado

Acapulco, Guerrero, 1 de septiembre de 2025. María Amalia Bahena Testa es la hija de un desaparecido que busca desde hace seis años, la hermana mayor que tiene que ser fuerte para el resto de la familia, la esposa, y la madre de un bebé y un niño al que no sabe aún cómo decirle por qué su abuelo con el que creció ya no está.

Amalia tiene 31 años y relató a El Sur parte de sus dos vidas, “la vida en la que tienes que estar fuerte y tienes que estar feliz y tienes que estar bien, y tu otra vida en la que estás destrozada por dentro, tu mente, tu corazón”.

Su padre Jesús Enrique Bahena Peñaloza recibió una llamada a mediodía del 16 de septiembre de 2019 y le dijo a su pareja que tendría que salir brevemente y traería las tortillas para comer, desde entonces no ha regresado a su hogar de la colonia La Mira y las autoridades no tienen ningún indicio.

“Nuestro caso no lleva mucho avance, no han investigado casi nada, no tenemos como ya una línea en donde nosotros sepamos qué pasó, no sabemos exactamente, se han hecho mesas de trabajo y sí nos han brindado la atención, sí checan lo que lleva el expediente, pero nada concreto aún”.

Jesús Enrique, entonces de 46 años, tenía menos de un año en ser taxista de la ruta alimentadora de la colonia en la que ha vivido toda su vida, terminó su contrato en una empresa de baños portátiles y decidió comprar un carro Tsuru que iba pagando poco a poco.

Un día antes de desaparecer, le dijo a Amalia en la fiesta del 15 de septiembre que siempre organizaban los suegros de ella, entonces estudiante de Derecho en la Universidad Autónoma de Guerrero, que no iba a trabajar el 16.

Pero casi a las 5 de la tarde de ese día, Amalia y su hermana comenzaron a buscarlo en la dirección de Tránsito, la Fiscalía General del Estado (FGE) e incluso en el Servicio Médico Forense (Semefo).

“Yo no le deseo a nadie que le pase esta situación y tampoco yo le deseo que cuando vayan a hacer una denuncia se topen con personas que no tienen empatía en lo que pasa en Acapulco, en lo que pasa a las personas”.

El Ministerio Público de Barrios Históricos no quiso tomar la denuncia de desaparición presentada por las hijas de Jesús Enrique porque no habían pasado las 72 horas y uno de los trabajadores le reclamó burlescamente a su compañera “¿no que no íbamos a tener trabajo?”

La primera acción de búsqueda fue hecha por los propios familiares, no por el Ministerio Público, la familia imprimió los oficios y las fotos de Jesús Enrique para repartirlas en los hospitales, las centrales de autobuses y la Base Naval.

Amalia hizo el esfuerzo por recordar qué ha hecho la Policía Ministerial por encontrar a su padre, mencionó el interrogatorio a la familia de Jesús Enrique con el que habló escuetamente en la colindante colonia Potrerillo, el último diálogo conocido.

Los policías ministeriales también hicieron “una búsqueda ahí en la colonia, pero no se tuvo nada de respuestas y fue todo lo que hicieron en ese momento y no hubo más ayuda”; el Tsuru fue encontrado dos semanas después en la colonia Lázaro Cárdenas, del otro lado de la ciudad.

Pese a la falta de información oficial, Amalia contextualizó la desaparición de su padre en la disputa de la plaza entre grupos criminales, “yo lo quiero relacionar con que pasó algo así, o sea, que se confundieron porque nada más porque era de La Mira se lo llevaron”.

En abril de 2019, La Mira fue escenario de un enfrentamiento de tres días entre dos grupos criminales y que tuvo un saldo oficial de cuatro muertos y una docena de detenidos, pero días después aparecieron algunos cuerpos en los acantilados de la colonia.

Ese año sumaron 592 carpetas de investigación por homicidio doloso, según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana; y fueron reportadas 159 personas desaparecidas, 73 ya fueron localizadas, 57 con vida, de acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, de la Comisión Nacional de Búsqueda.

“No porque tú estuvieras trabajando ahí en la ruta alimentadora quiere decir que tú estás trabajando con los grupos delictivos, pero tampoco te salvabas a que te obligaran a hacer algo, o sea, todo mundo sabe que te piden la cuota, yo quiero pensar que es algo por ahí”.

La sábana de llamadas no ayudó a localizar la última persona con la que habló Jesús Enrique y otros registros con compañeros taxistas tampoco facilitó acercarse con ellos, “nunca nadie ve nada, nunca sabe nadie nada porque no quiere problemas”.

Los primeros meses después de la desaparición de Jesús Enrique transcurrieron para Amalia revisando todas las páginas de nota roja y eran “llantos y llantos y ahorita es el dolor que tengo en mi corazón de no saber de él”.

Ninguna lágrima brotó visiblemente durante la entrevista el jueves pasado, Amalia sostenía la respiración y resumía su vida lacónicamente, sus palabras condensaron no obstante muchos sentimientos encontrados.

“No hay día de que yo no piense en mi papá, todos los días pienso en él, yo le escribo por Messenger cuando me siento triste o cada momento que yo quiera platicar con alguien, yo siempre le escribo, obviamente no le llegan los mensajes, pero siento que me ayuda mucho a desahogarme, a que sepa él cómo yo me siento”.

Hace un tiempo Amalia trabajaba en el despacho de su suegro, tuvo un segundo hijo hace unos años y vive con su esposo, “traer esta preocupación de no saber dónde está y ser mamá y ser esposa, no es fácil porque no me puedo poner yo antes que eso”.

Su hijo mayor convivió mucho con su abuelo, “yo le trato de explicar que hay gente mala y esto en cualquier minuto, en cualquier segundo podría pasar y pues todavía está chico, todavía no me entiende al 100 por ciento”.

La hermana de Amalia es menor que ella, “siempre quise y quiero que me vea fuerte, no quiero que me vea débil, yo no quiero que ella esté mal, no es algo que ya superamos, o sea, eso no lo podemos superar hasta que no lo encontremos de la forma que sea, encontrarlo nos va a dar una paz en nuestro corazón”.

Amalia entró a la asociación Familias de Acapulco en Busca de sus Desaparecidos una semana después de dejar de ver a su padre, nunca había escuchado de la existencia de grupos organizados por la misma situación que comenzaba a padecer y que se ha alargado por 6 años.

Agradecida de las bondades de pertenecer a la asociación, preferiría que su familia no la busque si es desparecida, “yo no quiero que desgasten su vida en buscarme, yo no quiero que mi hijo pertenezca a una asociación que encuentra desaparecidos, ya lo está haciendo indirectamente, pero no quiero que él me busque, yo quiero que él me recuerde como mi persona, mi físico y ahí se quede”.

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Amalia, ex trabajadora de la Secretaría de Bienestar, observa que cada vez llegan más niños a la asociación que se quedaron sin padres o madres, con necesidades económicas que se pudieran solventar con la beca del gobierno federal que ella recibió y su hijo actualmente la tiene.

Ramón Gracida Gómez