14 julio,2025 8:41 am

Con la literatura, el cuerpo se puede convertir en un vehículo para la memoria, plantea Blanca Athié

El mar y la bioluminiscencia son partes fundamentales de las historias detrás de Elena, Lucia, Anäis, libro con el que la acapulqueña ganó el prestigioso Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez. En una entrevista que va de lo literario a lo íntimo, la escritora revela cómo sus procesos personales influyeron en sus textos

Acapulco, Guerrero, 14 de julio de 2025. El cuerpo es historia, pero para que se convierta en memoria, hay que conquistarlo, cuidarlo y contarlo.

Esta es una de las ideas detrás del libro Elena, Lucia, Anäis, compuesto por tres historias, de Blanca Athié (Acapulco, 1986), con el que obtuvo este mes el prestigioso Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez.

En entrevista para El Sur, la porteña aborda las motivaciones para escribir este libro, lo que significó hacerlo y cómo el mar y la luminiscencia son dos de los hilos que conducen los relatos, que van en cada paso siendo más íntimos, personales, vivenciales, pero al final dan forma a una literatura que construye comunidad entre mujeres.

–Algo que llama la atención de tu libro es que elegiste a tres mujeres que tuvieron dificultades en su vida, laborales, amorosas, políticas, personales, es decir, mujeres que vivieron en conflicto. ¿Cómo fue que te decidiste por ellas tres, qué motivó esa decisión?

–De entrada quería tres mujeres que fueran escritoras y que tuvieran relación con el mar, ya que en un principio mi idea era relacionar el mar como metáfora de la memoria femenina. Al documentarme, supe que Lucia Berlin y Anäis Nin tuvieron conexión con Puerto Vallarta, y en el caso de Elena Garro, ella tiene un cuento llamado Luna de miel, sobre una pareja de amantes en Puerto Vallarta, en el que además retoma a sus personajes de Testimonios sobre Mariana, de tal manera que en ese cuento Vicente está inspirado en Adolfo Bioy Casares, así que Elena Garro, aunque sea en ficción, también tuvo una relación íntima con Puerto Vallarta.

El argentino Bioy Casares y Elena Garro se conocieron en 1950, en París, y mantuvieron una relación amorosa intermitente, con encuentros en París y Nueva York, así como una extensa correspondencia que duró 20 años.

“La vida de ellas influyó para estos cuentos. La premisa en sí fue la felicidad como resistencia en la memoria,  por eso es que en los cuentos se dejan entrever todas estas crisis amorosas, políticas, laborales, sociales, incluso del cuerpo (que por eso el jurado que lo eligió enfatiza en que se hace una mirada contemporánea a la vida de ellas, porque también es un libro de personajes en relación con sus cuerpos: deseos, pero también enfermedades), y que aun así, pese al dolor, en su memoria brilla la felicidad”.

La producción de luz por organismos vivos, que quienes han tenido la fortuna de estar de noche en el mar han constatado cuando el motor de la embarcación rompe esa quietud marina y la convierte en luz, es utilizada en el libro como metáfora de la felicidad “que se aferra en lo más oscuro de la memoria”.

–Puerto Vallarta es un punto en común entre las tres escritoras que retratas, hablas del mar, de la bioluminiscencia, pero para ti, en lo personal, en tu vida, qué significados tienen, como acapulqueña, el mar y la bioluminiscencia

–Es importante y curioso, porque va hacia mi experiencia como creadora. Si bien es cierto que Acapulco también fue una coordenada en vida de las tres escritoras (Lucia Berlin vivió en Caleta una época, aunque se fue huyendo de los traficantes de droga hacia Vallarta). Y Acapulco sí fue una opción para mí, pero me decanté por Vallarta porque estaba radicando en Vallarta y como creadora soy muy vivencial, quería quimerizarme de sus memorias, y tuve que intuirlas y sentirlas mientras me paseaba por los lugares donde ellas estuvieron. Así que sí, el mar también es una quimera en mi literatura como escritora y acapulqueña.

El cáncer, el dolor, la resiliencia

–Algo que también se nota en tu libro es que las tres autoras fueron atravesadas por problemas de salud, por ejemplo, Elena con el tabaquismo, Lucia con el alcoholismo, Anäis con el cáncer… ¿eso qué tiene que ver contigo? ¿Qué viste reflejada de ti en ellas? ¿Qué significa para ti el cuerpo enfermo, desgastado, donde parece que lo único que sobrevive es la memoria?

–Yo fui diagnosticada con fibromialgia en el 2022. El dolor, más en sí: el cuerpo se volvió parte de mi literatura, por eso es que enfatizo en sus cuerpos. En la experiencia de sus cuerpos enfermos, deformes, desgastados, incluso yo padecí cáncer, aunque me curé. Y Anäis Nin no corrió esa misma suerte. Pero me aferro al deseo de los cuerpos, incluso enfermos. Y a la escritura como resistencia.

–Resistencia y memoria, ¿no te parece?

–Exactamente. Es la premisa.

–A las mujeres que abordas en tus textos les costó más trabajo obtener reconocimiento para su obra, ya sea por las mafias culturales, que prácticamente boicotearon todo lo que oliera a Elena; por la falta de oportunidades laborales en su área, en el caso de Lucia, pero en general, por el machismo imperante. Trayéndolo al caso mexicano y guerrerense, ¿a ti te ha afectado eso? ¿Has tenido que enfrentar el machismo en el medio cultural? ¿Cómo ha sido tu experiencia al respecto?

–Por eso este premio es muy significativo y simbólico, porque no deja de ser un reconocimiento en vida sobre escritoras que no lo tuvieron. Es mi forma personal de honrar esa dolorosa memoria: la de no ser reconocida en vida. Y respondiendo a tu pregunta, sí percibo que las mujeres que so-mos reconocidas tenemos en co-mún la disciplina, solemos ser muy disciplinadas o se nos exige (o nosotras mismas nos lo exigi-mos) porque no tenemos estas prácticas de amiguismo e influyentismo que son propias de esas élites literarias que padecieron ellas. Asumo que vivo otra época, en donde las escritoras mujeres estamos ocupando más espacios y somos más leídas, florecemos más rápido, por eso me pone feliz este reconoci-miento, que sí bien es personal, no deja de ser también colectivo.

–¿Recuerdas a la Blanca Athié de 2013? ¿Qué diferencias encuentras entre aquella Blanca y la de 2025?

–Claro que la recuerdo. A 12 años te podría decir que superé el síndrome de la impostora, ese que nos autoboicotea a nosotras las mujeres. Estos años han sido de constancia, mantenerme creativa, seguir formándome tanto académicamente como en el oficio literario, hacer más comunidad y padecer más consciente mi crisis de mujer: la pérdida de mis gemelos, mi cáncer, ser diagnosticada con fibromialgia, mi maternidad elegida libremente, mi hija, honrar a las escritoras en las que me veo reflejada, que para mí son ancestras poderosas que también han guiado mi escritura.

–Hay alguna fecha para la entrega del premio?, ¿la publicación del libro?

–No hay fecha de la premiación, pero será en las próximas semanas en Guadalajara, y la publicación se estima también a la par en las próximas semanas.

Carlos Rosas