
LASCAS
Julio Moguel
Memoria y acontecimiento
Con la memoria al cielo
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Nota bene. En la entrega anterior nos ubicábamos en lo que sucedía a partir del asesinato de Ximena Guzmán y de José Muñoz el día 20 de mayo del presente año alrededor de las 7 de la mañana. Y relatamos a grandes pasos los primeros movimientos del investigador privado, Gael Valtierra, dirigidos a encontrar algunas claves del crimen que fueran más allá de lo que se había estado reportando sobre éste de manera oficial, o a través de las consideraciones –algunas de ellas de un amarillismo supino– de los medios. El breve texto que ahora presentamos se cierra en una reflexión que hace Gael Valtierra después de haber revisado todas las versiones o hipótesis que se habían barajado el mismo día en que se cometió el crimen. La conclusión inicial del investigador privado es apenas un indicio: el que deberá llevar a revisar paso a paso, desde una perspectiva iconoclasta o inhabitual, cada uno de los hechos implicados. Veamos.
2
La segunda entrega de esta columna abría con las siguientes líneas: “¿Prisa? [para llevar a cabo la investigación relacionada con el asesinato], Gael no podía tener prisa en ese momento pues el crimen de la Calzada de Tlalpan había dañado también sus capacidades motrices. Eran casi las 10 de la mañana y sus pies se mantenían pegados al asfalto de las calles céntricas de la gran ciudad, en el entendido de que para Gael aquello de “la prisa” no tenía sentido alguno. La línea recta era una curva imperfecta, había dicho en su momento el buen y desdichado Nietzsche, y él seguía esa pauta con toda literalidad. ¿Empezar a revisar cajones? ¿Buscar debajo del tapete? ¿Revisar la estadística de crímenes “de altura” en los últimos años en la ciudad capital o en el país? Pensar de entrada que el asesinato se parecía o no en su “perfección” al asesinato de Colosio le parecía una simple pérdida de tiempo. Lo mismo si el comparativo se hacía con el caso del asesinato de Ruiz Massieu. No, en definitiva. Lo primero que Gael sabía que tenía que hacer era ordenar sus ideas y reparar los daños que afloraban sin recato de su masa cerebral. Tenía que caminar en el centro. Perderse en la multitud. Aplacar el latir severo de su ahora débil corazón con el latir de los corazones de muchos en el tum-tum y ruidos diversos que hacían su fiesta desbocada cada día en el centro de la urbe”.
3
Después de deambular por el centro de la urbe, Gael puso manos a la obra y se dirigió al lugar en el que se había cometido el crimen para ver si le sacaba jugo propio a la para esas horas tan manoseada naranja. Revisó cada ángulo del asunto y se hizo de toda la información que las horas que siguieron le permitieron considerar. Agotado física y mentalmente, pensó que por el momento no habría más que investigar, y estaba tan abrumado que sólo pensó en ir a algún lugar donde pudiera tomarse un par de tragos y detenerse a pensar hacia dónde podían apuntar los datos que había recabado.
Hacia las cuatro y quince de la tarde de ese mismo día las tripas le estaban haciendo ruido, por lo que se lanzó al Teoixtla, uno de sus restaurantes favoritos, ubicado en la colonia Roma, lugar en el que se sentía a gusto y a salvo por la buena amistad que tenía con el dueño del lugar y con su esposa, y por la relación amistosa y no menos cobijante de los garroteros y de los meseros del lugar.
En sus idas al Teoixtla gustaba probar el pozole verde, alimento que no sólo le llenaba el buche sino que le parecía el mejor que había probado en su vida. Pero era además un lugar sencillamente cálido y acogedor. Construido en la base de un edificio de seis pisos, con dieciocho pilares de sostén, tenía una dimensión en la que cabían unas veinticinco mesas bien acomodadas y con suficiente distancia entre ellas para que los comensales pudieran sentirse a gusto. A Gael le parecía estar en una cueva profunda, y le gustaba meterse hasta el fondo de ella para atrincherarse en la mesa más retirada de la entrada, a unos pasos del baño y de un bar muy elocuente en calidad y en cantidad de bebidas alcohólicas de todo tipo y sabor. Engalanaba el lugar un enorme cuadro con una foto un poco borrosa, por añeja, de Vicente Guerrero, y otro cuadro con una pintura de Ignacio Manuel Altamirano, cuya particularidad era que la cara del célebre personaje guerrerense no se parecía a él en absoluto. En cierto nivel de una de las largas paredes del lugar se acomodaban, en línea, vasijas y otros objetos artesanales con sello tixtleño, y unos alebrijes simpáticos que dormían en su lugar atornillado el sueño de los justos. A diferencia de otros restaurantes, la cocina y las cocineras se encontraban a la vista de los comensales, en un estilo tradicional construido en el tono y color de las cocinas populares de la región guerrerense cuyo centro de gravedad era justo la ciudad de Tixtla.
La clientela promedio del aquel restaurante le parecía en muchos sentidos relativamente familiar. No propiamente fifí, aunque fifí; no propiamente barrio, aunque barrio; no propiamente ruidosa, pero ruidosa al fin, con ese sonido o vibraciones que le permitían envolverse en un ambiente gozoso que le regalaba una sensación de paz y cierta intimidad. Los nombres de los dueños del Teoixtla le resultaban por sí mismos propios para una novela con ritmo poético o musical, pues él lleva el apelativo de Armando Catarino Cirio y ella el de Verónica de Nova Jaramillo. Su bonhomía saltaba a la vista, calificada en un diez en el orden numérico que le gustaba hacer a Gael sobre las personas con las que mantenía algún tipo de relación.
De los meseros amigos destacaba Alejandro Medina Toledo (nombre que él ya había castellanizado), quien era indígena de origen y había aterrizado un día de Veracruz. Su español no era malo, pero se le notaba el acento. Y por sus maneras de ser y de servir siempre se hacía querer. Le sorprendía en particular su capacidad para tomar las comandas sin necesidad de usar algún cuaderno de notas, y sin importar cuántos comensales atendía en una sola mesa (una vez Gael contó quince), pues era capaz de memorizar, sin equivocarse, todo lo que se le pedía. Gael nunca lo vio fallar. En una ocasión el investigador privado se atrevió a preguntarle cuál era su método de memorización, a lo que él sólo respondió con la mejor de sus sonrisas.
Con todo y que se sentía como en casa y a gusto en medio de ese ambiente, la mente de Gael seguía medio perdida, en una especie de aturdimiento que no alcanzaba a descifrar. Ayudaba a tranquilizarlo ver que la pared del lugar estaba sobrecubierta de un barniz fuerte o de una madera color miel, motivos que le recordaban algunos de los restaurantes o cafés en los que solía refugiarse para leer o escribir en Barcelona, Lisboa o París.
Gael dejó de pensar en el crimen y remontó su mente a los tiempos en los que tuvo contacto y desarrolló una buena amistad tanto con Ximena como con José. Eran dos personajes que no se atreverían a matar ni una mosca, de una salud mental y emocional envidiable, rara sin duda en personas que trabajaban a toda hora y cada uno de los días de la semana. Eran prácticamente la sombra de la jefa de Gobierno de la Ciudad de México (sombra: no en el sentido del reflejo de la persona sino en el de ser una especie de alter ego de la misma), y acaso en ello mismo se encontraba una de las principales claves de su muerte: el deseo de la red homicida de mostrar o demostrar lo que parecía indemostrable, a saber, que era posible asesinar a la sombra de las personas de mayor rango político en el país, dando acaso de esa forma golpes más expansivos y fatales que los que están íntimamente ligados a cualquier magnicidio “de nivel”.
Increíble pero cierto. Para llegar a esa conclusión el autor o los autores intelectuales del crimen no sólo eran duchos en la técnica simple de matar, sino también entendían de semiótica, de física y de “geografía política”, y acaso también de “filosofía”. Porque habían encontrado lo que sólo se puede entender a partir de la comprensión cierta de lo que significa el Ser de nuestros tiempos, y su aparentes “formas metafísicas” de actuar y de colocar su “ser-siendo” frente al mundo. Y eran expertos a la vez en lo que comúnmente se le llama “comunicación”. No dejaba de ser un elemento central de aquella “gran inteligencia” del motor asesino el conocimiento sociológico y lo que Lenin definió como “el análisis concreto de una situación concreta”. “¡Demonios!”, pensó de pronto el cerebro de Gael, abriendo así hipótesis y vías de investigación que la mente común de un técnico o experto en materia de crímenes no tendría ninguna posibilidad de formular.
(La novela, de título Con la mirada al cielo, aparecerá unos días antes del 20 de mayo del 2026, primer aniversario del asesinado de Ximena Guzmán y de José Muñoz).


