
Gaspard Estrada
La cumbre “Escudo de las Américas”, organizada por el gobierno de Estados Unidos el 7 de marzo de 2026, representa un intento de Washington por redefinir su estrategia de seguridad en el hemisferio occidental en un contexto de creciente inestabilidad regional. Sin embargo, el encuentro generó desde el inicio una fuerte controversia política: varios países estratégicos de la región, entre ellos Brasil, México y Colombia, no fueron invitados, una decisión que reconfigura la lectura geopolítica de la iniciativa.
En términos oficiales, la cumbre buscaba articular una nueva arquitectura de cooperación hemisférica contra el crimen organizado transnacional, incluyendo mecanismos ampliados de intercambio de inteligencia, entrenamiento policial conjunto y desarrollo de capacidades tecnológicas para vigilancia marítima y fronteriza. Washington también planteó la posibilidad de desplegar unidades multinacionales para operaciones específicas contra narcotráfico, tráfico de armas y redes financieras ilícitas, fenómenos que se han expandido a escala continental.
Sin embargo, la exclusión de Brasil, México y Colombia alteró significativamente la percepción política del encuentro. Estos tres países no solo representan algunas de las mayores economías de América Latina, sino que también ocupan posiciones centrales en la arquitectura regional de seguridad y diplomacia. Brasil es el principal actor sudamericano en términos de capacidad militar y peso político; México es un socio estratégico clave para Estados Unidos en materia migratoria y de seguridad fronteriza; y Colombia ha sido durante décadas uno de los aliados más estrechos de Washington en cooperación antidrogas. La ausencia de estos países sugiere que la cumbre no fue concebida como un espacio de coordinación hemisférica amplio, sino como una coalición selectiva de gobiernos alineados con la estrategia de seguridad estadunidense. Este enfoque introduce una lógica de bloques dentro de América Latina, en lugar de fortalecer mecanismos regionales inclusivos. Desde la perspectiva de Washington, el objetivo podría ser construir un núcleo de cooperación operativa más rápido y políticamente homogéneo, evitando las negociaciones complejas que implicaría integrar a actores con agendas más autónomas. Sin embargo, esta decisión tiene costos políticos evidentes. Al excluir a potencias regionales, Estados Unidos corre el riesgo de debilitar la legitimidad del proyecto y reforzar percepciones de unilateralismo.
La reacción en América Latina ha sido diversa. Algunos países que participaron activamente en la cumbre –especialmente aquellos enfrentados a crisis graves de seguridad– ven en el “Escudo de las Américas” una oportunidad para obtener recursos, capacitación y apoyo logístico frente a redes criminales que superan sus capacidades estatales. Para estos gobiernos, la cooperación con Washington responde a una necesidad pragmática. En contraste, varios analistas regionales interpretan la exclusión de Brasil, México y Colombia como un gesto político que refleja tensiones ideológicas y estratégicas. Estos países han defendido en distintos momentos una mayor autonomía regional y han mostrado cautela frente a esquemas de seguridad percibidos como demasiado dependientes de Estados Unidos. El impacto geopolítico de esta decisión podría ser significativo. La ausencia de Brasil y México, en particular, dificulta la posibilidad de construir un mecanismo hemisférico verdaderamente representativo. Además, abre espacio para que estos países impulsen iniciativas alternativas de cooperación regional, posiblemente en marcos multilaterales distintos. En el contexto global, la cumbre también puede interpretarse como parte de la estrategia estadunidense para reforzar su influencia en el hemisferio occidental, en un momento en que China ha ampliado su presencia económica y tecnológica en América Latina. La seguridad se convierte así en un instrumento de competencia geopolítica, donde Washington busca consolidar alianzas estratégicas cercanas.
En definitiva, el “Escudo de las Américas” revela tanto la urgencia de enfrentar el crimen organizado transnacional como las fracturas políticas dentro del continente. La exclusión de actores clave muestra que la seguridad hemisférica sigue siendo un terreno atravesado por rivalidades políticas y estratégicas. El éxito de la iniciativa dependerá no solo de su eficacia operativa, sino de su capacidad para construir confianza en una región históricamente sensible a las dinámicas de poder externo.
* Miembro de la unidad del Sur Global de la London School of Economics (LSE).
X: @Gaspard_Estrada


