23 enero,2019 4:52 am

“El Chapo”, una historia de dinero, poder y… Hollywood

En Nueva York se celebra el juicio contra el caído capo mexicano, que atrae a la ciudad a numerosos turistas, curiosos y aficionados al género policiaco que quieren ver de cerca al rey de la droga.
Nueva York / Ciudad de México, 23 de enero de 2019. En la década de 1950, el cine resucitó el espíritu del Lejano Oeste. Al wéstern le sucedieron las películas de gángsters y mafiosos. Y hoy en día, el género del crimen prefiere narrar las aventuras de zares de la droga como Joaquín El Chapo Guzmán y el colombiano Pablo Escobar.
Los temidos jefes fascinan al público e incluso son celebrados como héroes en México.
En Nueva York se celebra el juicio contra Joaquín El Chapo Guzmán, que está atrayendo a la ciudad a numerosos turistas, curiosos y aficionados al género policíaco que quieren ver de cerca al rey de la droga.
El juicio continúa, y el narcotraficante podría ser sentenciado a pasar el resto de sus días entre rejas.
Películas, series de televisión y canciones glorifican al presunto delincuente responsable de hasta 3 mil asesinatos, convirtiéndolo en todo un mito. Para Hollywood, su historia es “de película”.
El mundo del narcotráfico ofrece a los guionistas material de acción de primera clase. Se pueden ver toneladas de cocaína u otras sustancias adictivas, asesinos a sueldo, brigadas de estupefacientes en acción, así como escenas en la selva colombiana o en la polvorienta tierra de nadie entre los Estados Unidos y México.
Se trata de poder, dinero y a menudo de la supervivencia de los protagonistas y sus familias.
La película El precio del poder, con Al Pacino interpretando al narcotraficante cubano Tony Montana, hizo el comienzo en 1983 y se erigió en referente para toda una categoría de películas y series: Traffic (2000) de Steven Soderbergh, Blow (2001) con Johnny Depp y Penélope Cruz, así como Sicario (2015) utilizaron la lucha contra el narcotráfico como un modelo a veces más, a veces menos realista.
Las películas de narcos sustituyeron en parte a las de gángsters y mafiosos que habían dado forma al género criminal hasta los años 90 con títulos como El padrino y Uno de los nuestros.
Gracias a la inagotable maquinaria de contenido del servicio de streaming Netflix, el género ha alcanzado su máxima expresión. Los laboratorios de metanfetamina ya han servido de señuelo para los espectadores en las series de ficción Breaking Bad y Better Call Saul. Con Narcos, sobre el rey de la droga colombiano Pablo Escobar, y El Chapo, Netflix ahora también relata la realidad en forma de drama.
“No hay dudas de que se trata de un nuevo género”, dijo Benicio Del Toro en entrevista con The Guardian hace unos meses. “Estas producciones pasarán a ser el nuevo wéstern”.
Del Toro es protagonista en tres de las más famosas películas dedicadas al mundo del narcotráfico: Escobar: Paraíso Perdido, Salvajes y Sicario. Esta última muestra hasta dónde llega Estados Unidos en una lucha que se viene librando desde los años ochenta y que difícilmente se puede ganar.
La representación de los latinoamericanos involucrados es a menudo más que cuestionable. Las producciones muestran a pandilleros hablando con fuerte acento o reuniones secretas en haciendas mexicanas con tequila y “latinas en bikini al borde de la piscina”, resume el periódico The New York Times.
La historia de los 57 millones de latinos en los Estados Unidos, sin embargo, no gira en torno a las drogas, sino a la desigualdad y a su lucha por una vida mejor.
Con gran entusiasmo plasman los autores de series, películas y música latinoamericanas el mito del barón de la droga en sus guiones.
En México se les dedica todo un género musical: En los narcocorridos, subgénero basado en los ritmos de la polca y el vals, los músicos tematizan la violencia y los excesos con las drogas además de ensalzar a los narcotraficantes.
Algunos estados y municipios mexicanos han prohibido incluso la transmisión radiofónica de estas baladas por considerar que promueven la justificación de la violencia.
Hay muchas canciones sobre El Chapo, la mayoría de ellas con mucho reconocimiento por su ascenso desde la pobreza hasta la cima del poder en el Cártel de Sinaloa.
En El Chapo, otra fuga más se elogia la fuga de Guzmán de la prisión de alta seguridad Altiplano 2015 a través de un túnel en la ducha de su celda. La letra dice: “Para capturar al Chapo, fue un escándalo que hicieron bien peinado y por el baño, se salió el señor, de nuevo…”.
Las telenovelas latinas también están impregnadas de drogas. En Colombia y otros países de América Latina, “narconovelas” como Las muñecas de la mafia, El cártel de los sapos o La Reina del Sur arrasan en audiencia: el sensacionalismo, la violencia y los conflictos, junto con las fortalezas y debilidades humanas, atraen al público.
Nelson Martínez, productor de la serie El Capo del canal Mundo Fox, dijo hace unos años: “Es increíble cómo un antihéroe, en este caso un narcotraficante, logra cautivar al público. Es complejo pero humano, y por eso la gente se enamora de él”.
Texto: Johannes Schmitt-Tegge / Amelie Richter / DPA
Fotograma del noticiero de la cadena Telemundo
Exhiben privilegios de El Chapo en Puente Grande
Nueva York, 23 de enero de 2019. Como subdirector de Seguridad y Custodia del penal de Puente Grande, Dámaso López, El Licenciado, y el personal a su cargo aceptaron diversos sobornos para brindar beneficios a Joaquín Guzmán Loera, El Chapo.
En su primer día como testigo en el juicio que se lleva a cabo en la Corte Federal de Brooklyn, López reconoció que cedió a varias peticiones del sinaloense, desde un cambio de zapatos y el acceso ilegal a un celular, hasta la entrada clandestina de su entonces esposa, Griselda; de su cuñado, Marcelo Peña, y de su hermano Arturo.
A cambio, el entonces funcionario recibió al menos 10 mil dólares, una casa valuada en 1.5 millones de pesos y apoyo en los gastos médicos para uno de sus hijos, que tuvo un accidente.
López tenía bajo su cargo a los guardias del penal, quienes también recibieron sobornos de El Chapo. En septiembre de 2000, dijo, tuvo que renunciar debido a que el Gobierno federal estaba investigando actos de corrupción en el penal.
No obstante, pudo regresar a la cárcel para una última reunión con Guzmán, quien le pidió intervenir en su nombre ante el nuevo director para conservar sus beneficios dentro de prisión.
De acuerdo con el testimonio de El Licenciado, quien fue sentenciado a cadena perpetua por el delito de narcotráfico, ni los custodios ni él participaron en la fuga de Guzmán de Puente Grande. Aseguró que su único cómplice fue El Chito, uno de los guardias asignados al área de lavandería, quien lo sacó en un carro y lo escondió en la cajuela de su vehículo.
Incluso, aseguró, El Chapo se ofreció a ayudar a los 50 o 70 custodios que fueron “injustamente” aprehendidos en conexión con su fuga.
Después de la fuga, López pasó a ser el responsable de conseguir casas y ranchos El Chapo; de servir como contacto con servidores públicos que le informaban de operativos, y de coordinar la logística del tráfico de drogas de Colombia a Sinaloa, Nueva York y Canadá, la cual se hacía por medio de submarinos, aviones de fibra de carbono, tráileres y casas rodantes.
Ante una sala de la Corte llena de turistas, López también expuso el lado sangriento de Guzmán. Aseveró que, en 2013 aceptó asesinar, bajo petición de la presidenta municipal priista de La Paz, a un policía “que le hacía grilla”.
Narró que, en 2004, El Chapo ordenó matar a Rodolfo Carrillo, hermano de Amado Carrillo, dado que sus pistoleros no le mostraban respeto. Carrillo fue asesinado por sicarios en un tiroteo afuera de un cine.
Agregó que, tras la aprehensión de Alfredo Beltrán Leyva en 2008, inició una guerra contra los sicarios de Guzmán, de Ismael Zambada, El Mayo, e Ignacio Coronel.
En 2011, agregó, el sinaloense mandó a matar a Juan Guzmán, El Juancho, uno de sus más allegados, debido a que le mintió sobre su ubicación. También ordenó asesinar a su secretario, quien sabía de la mentira.
Por último, narró el homicidio de Polo Ochoa, narcotraficante cercano al Mayo, quien llegó a un acuerdo con el gobierno para proporcionar información sobre El Chapo.
En la sesión de ayer, Guzmán y su esposa, Emma Coronel, lucieron sacos idénticos -de terciopelo color vino- para escuchar el testimonio, que fue el último, de Lucero Sánchez, ex diputada local de Sinaloa y amante del capo.
La Fiscalía reveló una carta que El Chapo escribió a mano mientras estaba preso en Almoloya, en la cual le explicó a Sánchez que su entonces abogado, Manuel Osuna, le entregaría una identificación falsa para que pudiera ir a visitarlo.
Texto: Diana Baptista / Agencia Reforma