17 enero,2022 5:49 am

El discurso del agravio

AGENDA CIUDADANA

Lorenzo Meyer

Un sentido adiós a Tomás Mojarro, el gran Valedor.

A veces la confrontación discursiva del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y sus opositores se toma como indicador de una polarización política extrema que pudiera llevar a rupturas del orden institucional. Sin embargo, otros indicadores –los programas sociales, los procesos electorales, la ausencia de represión o la popularidad del presidente– permiten suponer que entre la dureza del lenguaje opositor y los hechos sigue habiendo –afortunadamente– un gran trecho.
La polarización extrema de las posiciones políticas es un elemento que si se combina con otros puede llevar a transitar del discurso acalorado, pero sin consecuencias reales a rupturas del orden y a la aparición de la violencia política. Un ejemplo cercano es el asalto al capitolio en Estados Unidos por una muchedumbre frustrada por su derrota en las urnas -derrota que calificó de fraude– y que les produjo la sensación de una pérdida de estatus frente a las minorías raciales. Ese 6 de enero del 2021 y sus secuelas prueban que aún en una democracia tan longeva y muy consolidada como es la norteamericana, la canalización pacífica de las diferencias políticas puede ser insuficiente para contener las consecuencias cuando el discurso sobrepasa los límites de lo racional y entra en el terreno de lo extravagante o de lo soez hasta llegar a lo brutal, como suele ocurrir en el mundo de las redes sociales en nuestro país.
En un libro recién publicado pero ya ampliamente reseñado de la politóloga Barbara F. Walter How civil wars start and how to stop them, (Crown, 2022), y que sustenta sus generalizaciones en decenas de casos contemporáneos de polarizaciones extremas dentro de estructuras nacionales, encuentra que la social media, es decir, las redes sociales, pueden convertirse en un factor que propicie una polarización que desemboque en movilizaciones que desborden los marcos legales y sociales que sostienen la unidad nacional.
Como norteamericana, la profesora Walter pone de manifiesto que en el corazón del discurso violento e irracional de grupos que pueden, como es el caso hoy en Estados Unidos, deslegitimar un orden que antaño aceptaron como legítimo, hay un reclamo fundamental: recuperar condiciones donde estaba seguro su estatus como grupo superior. Ese es el caso de los seguidores blancos del ex presidente norteamericano Donald Trump, pero quizá también, aunque de manera menos explícita, de algunos enemigos de la “Cuarta Transformación”.
Un punto central del argumento es que, para generar el sentimiento de enojo y frustración no es necesario que efectivamente, el grupo descontento haya experimentado una pérdida material vía expropiaciones, impuestos confiscatorios, suspensión de servicios u otros ataques a sus propiedades o a su bienestar, sino que se modifique su entorno político, administrativo, social o cultural que en la vida cotidiana es la base de un supuesto estatus de superioridad. Y es que finalmente esos descontentos no toleran que se haya dado acceso al centro del escenario público a colectividades étnicas, económicas, sociales o culturales que antes desempeñaban el papel de subordinados. Los afectados consideran que esas mutaciones en su entorno son injustas, contra natura y que amenazan una supuesta supremacía merecida y natural.
En buena medida una polarización política como la que hoy tiene lugar en el vecino país del norte y en México, nace de interpretar como pérdida neta cualquier beneficio que el ejercicio del poder otorgue a quienes “no son como ellos”. Aun cuando en el 96 por ciento de los numerosos casos de polarización examinados por Walter la sangre no llegó al río ni desembocó en una guerra civil, la autora coincide con Corey Robin (The reactionary mind, [Oxford, 2018]) y con Voltaire: “Aquellos que te pueden hacer creer cosas absurdas te pueden llevar a cometer atrocidades”.