
“El año pasado los niños jugaron aquí por primera vez desde el accidente nuclear”, dice con una sonrisa este agricultor ecológico. “Durante mucho tiempo los pequeños sólo podían salir con máscaras”.
Fukushima, Japón, 7 de marzo de 2019. La mirada de Siju Sugeno recorre sus campos de arroz, que en esta fría mañana están cubiertos por una fina capa de nieve.
“El año pasado los niños jugaron aquí por primera vez desde el accidente nuclear”, dice con una sonrisa este agricultor ecológico. “Durante mucho tiempo los pequeños sólo podían salir con máscaras”.
Hace ahora ocho años, que el terremoto y posterior tsunami causaron un accidente en la central nuclear de Fukushima Daiichi y cambiaron de forma dramática la vida de gente como Sugeno, cuya familia vivió durante generaciones en lo que una vez fue el granero de Japón.
Fukushima está a 50 kilómetros de Nihonmatsu, la ciudad natal de Sugeno. Desde esa fatídica fecha –el 11 de marzo de 2011– este hombre de 60 años lucha por mantener su hogar, los milenarios campos de cultivo de arroz y su propia existencia.
A pesar de que al principio era difícil vender la cosecha, Sugeno continuó labrando la tierra.
Rápidamente aprendió que el arar constantemente contribuía a disminuir los niveles de radiación. Esparció zeolita sobre el terreno para que este mineral absorbiera partículas radiactivas y midió los niveles radioactivos sin descanso.
En lugar de depender del Gobierno, Sugeno se puso en contacto con investigadores de la Universidad de Niigata, estudió complicadas tablas de medición, elaboró sus propias gráficas de radiación e instaló medidores.
Hoy en día puede asegurar a sus clientes que su arroz y sus verduras están libres de radiación.
Sin embargo, muchos consumidores evitan todavía comer nada que proceda de Fukushima. “La gente ya no confía en el Estado”, explica Sugeno.

Hubo un tiempo en el que el arroz de Fukushima era una de las variedades más populares. Actualmente, el 60% de la cosecha se destina a clientes comerciales como restaurantes –a precios significativamente más bajos–.
“Una vez que los consumidores empiezan a comprar el producto a otras regiones es difícil recuperarlos”, explica Sugeno. El Gobierno está subvencionando ahora el cultivo de arroz en la región como forraje para los animales, el único modo de que algunos agricultores sobrevivan.
Mientras, Sugeno, su madre, su esposa y su hija mayor continúan cultivando arroz y vegetales. Apenas a 50 kilómetros de distancia, la empresa Tepco, operadora de la planta nuclear, guía a los periodistas a través de lo que queda de la central y asegura que la radiación se ha reducido fuertemente.
“Vemos progresos significativos”, afirma Kenji Abe, portavoz de la firma. El problema de qué hacer con millones de litros de agua contaminada también está bajo control, asegura.
Las autoridades levantaron las restricciones a algunas de las áreas anteriormente prohibidas y están presionando a los antiguos residentes para que regresen. Pero muchos se niegan y otros rehicieron sus vidas en otros lugares.
Para la opinión pública, la campaña del Gobierno para el regreso a Fukushima es propaganda, dice Sugeno. “El Estado enfatizó sobre la reconstrucción pero nunca dijo nada sobre los esfuerzos diarios de granjeros como nosotros”, añade.
Cada vez más agricultores se fueron dando por vencidos. No les quedaba energía o simplemente eran demasiado viejos. “Muchos me pidieron que me hiciera cargo de sus campos”, afirma Sugeno. Por el contrario, él logró ganar nuevos clientes mediante la comunicación y la transparencia.
“Si informamos correcta y directamente a la gente, la veracidad llega también a los clientes”, asegura. Por eso, al igual que otros agricultores, Sugeno ofrece alojamiento en su casa. Hospeda a estudiantes y profesores y recientemente albergó a empleados de empresas de Tokio. Los huéspedes trabajan junto a ellos y constatan cómo comprueban continuamente la seguridad de sus productos.
“Queremos que la gente conozca la realidad de Fukushima”, recalca Sugeno.
Eso incluye saber que en algún lugar próximo a la planta nuclear, como las montañas cercanas a Nihonmatsu, todavía no pueden crecer ni el bambú ni otras especies vegetales. “La radiación en las montañas todavía es grave. Allí no se puede cultivar”, sostiene el granjero.
Ésa es la situación a pesar de que las pruebas muestran que cada vez hay menos cesio radioactivo que desciende a los campos en el agua de lluvia procedente de la montaña.
Los huéspedes también aprenden que cuanto más se cultivan los terrenos, menos cesio absorben las plantas.
Pero en lugar de informar sobre este tipo de cosas a la opinión pública, el Estado difunde mentiras, critica Sugeno, por ejemplo que tiene bajo control la inmensa cantidad de agua contaminada de la planta nuclear.
“El Gobierno haría mejor diciendo clara y explícitamente que siente mucho haber causado semejante accidente, que los residentes de las zonas afectadas no podrán regresar durante los próximos cien años y que recibirán una compensación por ello”, añade.
En lugar de eso, el Estado presiona a la gente para que regrese a sus antiguos hogares.
Por otro lado, la apertura de los juegos de béisbol y sóftbol de los Juegos Olímpicos de 2020 que se celebrarán en Tokio tendrá lugar en Fukushima. Pero Sugeno no se alegra de ello.
Decenas de miles de personas se han visto forzadas a abandonar su hogar a causa de la radiación, argumenta. “Si las autoridades tienen tanto tiempo y dinero para los Juegos Olímpicos, sería mejor que lo gastasen en prestar ayuda a esas personas”, concluye.
Texto y fotos: Lars Nicolaysen, DPA
Fukushima, Japón, 7 de marzo de 2019. La mirada de Siju Sugeno recorre sus campos de arroz, que en esta fría mañana están cubiertos por una fina capa de nieve.
“El año pasado los niños jugaron aquí por primera vez desde el accidente nuclear”, dice con una sonrisa este agricultor ecológico. “Durante mucho tiempo los pequeños sólo podían salir con máscaras”.
Hace ahora ocho años, que el terremoto y posterior tsunami causaron un accidente en la central nuclear de Fukushima Daiichi y cambiaron de forma dramática la vida de gente como Sugeno, cuya familia vivió durante generaciones en lo que una vez fue el granero de Japón.
Fukushima está a 50 kilómetros de Nihonmatsu, la ciudad natal de Sugeno. Desde esa fatídica fecha –el 11 de marzo de 2011– este hombre de 60 años lucha por mantener su hogar, los milenarios campos de cultivo de arroz y su propia existencia.
A pesar de que al principio era difícil vender la cosecha, Sugeno continuó labrando la tierra.
Rápidamente aprendió que el arar constantemente contribuía a disminuir los niveles de radiación. Esparció zeolita sobre el terreno para que este mineral absorbiera partículas radiactivas y midió los niveles radioactivos sin descanso.
En lugar de depender del Gobierno, Sugeno se puso en contacto con investigadores de la Universidad de Niigata, estudió complicadas tablas de medición, elaboró sus propias gráficas de radiación e instaló medidores.
Hoy en día puede asegurar a sus clientes que su arroz y sus verduras están libres de radiación.
Sin embargo, muchos consumidores evitan todavía comer nada que proceda de Fukushima. “La gente ya no confía en el Estado”, explica Sugeno.

Hubo un tiempo en el que el arroz de Fukushima era una de las variedades más populares. Actualmente, el 60% de la cosecha se destina a clientes comerciales como restaurantes –a precios significativamente más bajos–.
“Una vez que los consumidores empiezan a comprar el producto a otras regiones es difícil recuperarlos”, explica Sugeno. El Gobierno está subvencionando ahora el cultivo de arroz en la región como forraje para los animales, el único modo de que algunos agricultores sobrevivan.
Mientras, Sugeno, su madre, su esposa y su hija mayor continúan cultivando arroz y vegetales. Apenas a 50 kilómetros de distancia, la empresa Tepco, operadora de la planta nuclear, guía a los periodistas a través de lo que queda de la central y asegura que la radiación se ha reducido fuertemente.
“Vemos progresos significativos”, afirma Kenji Abe, portavoz de la firma. El problema de qué hacer con millones de litros de agua contaminada también está bajo control, asegura.
Las autoridades levantaron las restricciones a algunas de las áreas anteriormente prohibidas y están presionando a los antiguos residentes para que regresen. Pero muchos se niegan y otros rehicieron sus vidas en otros lugares.
Para la opinión pública, la campaña del Gobierno para el regreso a Fukushima es propaganda, dice Sugeno. “El Estado enfatizó sobre la reconstrucción pero nunca dijo nada sobre los esfuerzos diarios de granjeros como nosotros”, añade.
Cada vez más agricultores se fueron dando por vencidos. No les quedaba energía o simplemente eran demasiado viejos. “Muchos me pidieron que me hiciera cargo de sus campos”, afirma Sugeno. Por el contrario, él logró ganar nuevos clientes mediante la comunicación y la transparencia.
“Si informamos correcta y directamente a la gente, la veracidad llega también a los clientes”, asegura. Por eso, al igual que otros agricultores, Sugeno ofrece alojamiento en su casa. Hospeda a estudiantes y profesores y recientemente albergó a empleados de empresas de Tokio. Los huéspedes trabajan junto a ellos y constatan cómo comprueban continuamente la seguridad de sus productos.
“Queremos que la gente conozca la realidad de Fukushima”, recalca Sugeno.
Eso incluye saber que en algún lugar próximo a la planta nuclear, como las montañas cercanas a Nihonmatsu, todavía no pueden crecer ni el bambú ni otras especies vegetales. “La radiación en las montañas todavía es grave. Allí no se puede cultivar”, sostiene el granjero.
Ésa es la situación a pesar de que las pruebas muestran que cada vez hay menos cesio radioactivo que desciende a los campos en el agua de lluvia procedente de la montaña.
Los huéspedes también aprenden que cuanto más se cultivan los terrenos, menos cesio absorben las plantas.
Pero en lugar de informar sobre este tipo de cosas a la opinión pública, el Estado difunde mentiras, critica Sugeno, por ejemplo que tiene bajo control la inmensa cantidad de agua contaminada de la planta nuclear.
“El Gobierno haría mejor diciendo clara y explícitamente que siente mucho haber causado semejante accidente, que los residentes de las zonas afectadas no podrán regresar durante los próximos cien años y que recibirán una compensación por ello”, añade.
En lugar de eso, el Estado presiona a la gente para que regrese a sus antiguos hogares.
Por otro lado, la apertura de los juegos de béisbol y sóftbol de los Juegos Olímpicos de 2020 que se celebrarán en Tokio tendrá lugar en Fukushima. Pero Sugeno no se alegra de ello.
Decenas de miles de personas se han visto forzadas a abandonar su hogar a causa de la radiación, argumenta. “Si las autoridades tienen tanto tiempo y dinero para los Juegos Olímpicos, sería mejor que lo gastasen en prestar ayuda a esas personas”, concluye.
Texto y fotos: Lars Nicolaysen, DPA


