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Sábado 11 de Julio de 2026

Guerrero, México

Política  

Ayotzinapa, un parteaguas de cómo trata la academia la violencia, dice analista de Flacso

Mientras siga la polémica sobre quiénes son los perpetradores del crimen contra los normalistas no se podrá elaborar una política públuca que impida su repetición, advierte el investigador Nelson Arteaga Botello en seminario organizado por el IIEPA

Daniel Velázquez

Junio 02, 2017

El proceso para que la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa se convierta en un “trauma cultural” que incida en la vida pública con políticas que impidan la repetición del caso, está detenido porque no se ha definido quién fue el perpetrador, expuso el profesor e investigador de la Fa-cultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), Nelson Arteaga Botello.
Arteaga Botello impartió ayer la conferencia magistral Duelo e indignación por Ayotzinapa: interpretaciones de un trauma colectivo en el primer seminario nacional Las violencias en México causas, consecuencias y derroteros, organizado por el Instituto Internacional de Estudios Políticos Avanzados Ignacio Manuel Altamirano (IIEPA-IMA) de la Universidad Autónoma de Guerrero.
En el auditorio de la escuela, Arteaga Botello compartió con los estudiantes un análisis del movimiento social generado a partir de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa la noche del 26 y 27 de septiembre de 2014 en Iguala. y subrayó que lo sucedido allí se ha convertido en un parteaguas en la manera en que se estudia la violencia en los centros académicos del país.
Expuso que el caso aglutinó a grupos diversos de la sociedad porque el dolor que generó la pérdida de los estudiantes lo sintieron como propio y salieron a las calles a exigir la presentación de los normalistas. Puso como ejemplo la multitudinaria marcha del 20 de noviembre de 2014 en la Ciudad de México, que ha sido la más numerosa de esta movilización social.
Indicó que en la revisión y análisis de las notas periodísticas y columnas de opinión que derivaron de la movilización social encontró que se trató de “un proceso de quiebre” en el que el dolor de un grupo –los estudiantes y los padres de los desaparecidos– se convirtió en “un dolor del conjunto de la sociedad”.
Destacó que esta movilización fue la primera donde los colores verde y rojo de la bandera nacional fueron sustituidos por el negro en señal de luto y los participantes provenientes de diferentes grupos sociales coincidieron en que la desaparición de los normalistas significa “agravio, dolor, indignación y rabia”.
Anotó, también que la enorme movilización social “socavó los símbolos de legalidad del gobierno”.
Nelson Arteaga indicó que en el análisis de las notas periodísticas que dieron cuenta de la marcha del 20 de noviembre de 2014 todas coincidieron en que fue multitudinaria, que participaron lo mismo académicos, sindicatos, religiosos, activistas, movimientos sociales y organizaciones de defensa de los derechos humanos que “señoras de Polanco” y un auténtico reclamo de justicia.
En las columnas de opinión encontró dos tendencias, la primera en la que un grupo coincidía en el agotamiento del sistema y el presidente debía renunciar. Otro grupo que advertía de que el gobierno hacía mal las cosas y debía corregir el rumbo.
Entre los columnistas conservadores, encontró que coincidían en que había descontento social pero hablaban de filtración de “fuerzas golpistas de izquierda”.
El investigador explicó, que un trauma cultural es “un proceso en el que los miembros de una colectividad sienten que han sido sometidos a una serie de eventos horrendos que dejan marcas indelebles sobre la conciencia de su grupo, grabando sus memorias para siempre y cambiando su futura identidad de manera fundamental e irrevocable”.
Para la construcción de un trauma cultural, abundó, son necesarias cuatro condiciones: “establecer la naturaleza del dolor, sus víctimas, y hacer que este dolor y este horror se sienta como colectivo y la identificación del perpetrador, del responsable”.
En el caso de Ayotzinapa, se han cumplido las tres primeras y se mantiene una “disputa simbólica” sobre quién o quiénes son los perpetradores “por eso no ha logrado cristalizarse como un trauma cultural”.
Un sector identifica como responsable a la autoridad local de Iguala, el alcalde José Luis Abarca Velázquez y la policía municipal que los entregó al grupo delictivo Guerreros Unidos y el otro sector señala al presidente de la República Enrique Peña Nieto y las instituciones federales por no resolver el problema de la violencia y la delincuencia.
Arteaga Botello agregó que el proceso de construcción del trauma cultural puede durar años y señaló que un ejemplo de trauma cultural por genocidio es el holocausto judío, durante la Segunda Guerra Mundial, mismo que, recordó, llevó años construirlo.
La moderadora de la conferencia, Paula Valle identificó como ejemplo de trauma cultural el caso de los feminicidios en Ciudad Juárez que derivó en políticas públicas como la alerta de género.