“Si viene a destruir el cerro la minera, qué tragedia tan grande caería sobre nosotros”, dice un líder del pueblo me’phaa
Zacarías Cervantes
Julio 25, 2017

A mitad del cerro, escondida en un lugar escarpado y sin camino, está la cueva en donde los cazadores de San Miguel el Progreso van a realizar el Mathani Idxuun Xuku (Ofrenda al Dios de la Montaña) para pedir perdón o cubrir la reparación del daño por el animal que ha sido cazado para alimentar a la familia.
El sitio está subiendo al Júba Wajiín, el cerro vigía, que cuida y protege el territorio me’phaa. Es el lugar más alto (3 mil metros sobre el nivel del mar) donde habita Ajkhunn, el señor San Marcos que representa el rayo, la potencia sagrada que atrae la lluvia.
Abajo, como protegido por esos sitios ceremoniales, está el pueblo de San Miguel el Progreso, que ha ganado tres batallas en contra de las mineras de capital extranjero que quieren venir a explotar minerales de oro, y con eso profanar este territorio sagrado.
Don Valerio Mauro Amado Solano, presidente del Comisariado de Bienes Comunales, dice que por eso, la de su pueblo, no es una lucha sólo por defender su territorio, es para proteger sus deidades que habitan sus sitios sagrados donde ellos realizan sus ritos, es para proteger los bosques, las plantas y sus animales; para matarlos o cortarlos tienen que pedir permiso o perdón al Dios de la Montaña.
Esta es una tradición antigua, que se realiza en casi todas de las comunidades me’phaa de Malinaltepec e Iliatenco.
Para los me’pahaa, cuando el animal yace muerto no se puede disponer de él. Primero hay que echarle humo de copal cuando llega a la casa, antes de descuartizar el venado, jabalí, tejón, conejo o ardilla.
Aun así, existe el riesgo de que cualquier integrante de la familia que comió carne del animal cazado puede enfermarse, “a algunos les duele la cabeza, el estómago, se le hincha alguna parte del cuerpo, les da comezón, o lo común es que tengan dolor de muela, pero son diferentes enfermedades”, explica don Valerio Mauro Amado, uno de los líderes del pueblo.
Quien determina que la enfermedad es por comer el animal cazado es el mezo o curandero del pueblo, él puede leer el maíz, por medio de eso sabe el motivo de la enfermedad. Entonces el cazador tiene que buscar al rezandero, que debe conocer bien el ritual para realizar el Mathani Idxuun Xuku. El rito se lo ofrecen a San Eustaquio, el Dios de los animales salvajes.
El cazador tiene que guardar el cráneo de todos los animales que ha cazado para que en caso de enfermedad de alguno de sus familiares los lleve a la cueva a donde con el rezador llevan velas, cigarros, cuentas de flor, copal, algodón y un zacate especial.
Antes, en la casa del enfermo, tienden el algodón y el zacate sobre el que colocan los cráneos y le rezan por la tarde-noche y en la madrugada, antes de partir hacia la cueva en donde van a pedir perdón por el animal que ha sido cazado.
En ocasiones, cuando la enfermedad es muy fuerte, se ofrece un guajolote y una gallina, a la que le meten un cuchillo en el cuello y riegan la sangre sobre los cráneos. También le cortan la lengua, la cola y las puntas de las alas. El resto se guisa y se come.
En la cueva, que se encuentra en un lugar accidentado, sin camino, y sólo se puede llegar a pie, hay decenas de cráneos a la vista, abajo, sepultados, debe haber cientos porque el rito se viene realizando durante toda la vida en este pueblo.
“En el ritual, el curandero dice unas palabras en me’phaa que solamente las personas dedicadas a esto conocen. No todos saben, traen un don especial”, explica Don Valerio, y dice que la ceremonia debe realizarse los días “gloriosos”, que son los miércoles, los sábados y domingos.
La cueva está ubicada abajo del camposanto, y al lugar es difícil de llegar para que no sea accesible a toda la gente del pueblo para que no puedan pisotear los huesos.
La ceremonia, cuenta un anciano del pueblo, es también una forma de expresar el respeto a los animales que habitan en el Tepilzáhuatl, porque para los habitantes de San Miguel el Progreso, al igual que los quelites que cortan para comer, son sagrados y deben matarse o cortarse solamente para ser aprovechados, si no, cae la mala suerte al que los desperdicia.
En el Tepilzáhuatl abundan los pumas, el jaguar y el tigrillo. También el venado, el jabalí, conejo, ardilla, armadillo y el tejón.
De aves abundan el halcón, la gallinita de monte, la paloma de monte, la paloma barranquera y las hurracas. A los indígenas les encantan y son sagrados para ellos, las golondrinas, los jilgueros, la primavera y el cenzontle, que nadie mata para prevenir la mala suerte o una tragedia, “imagínese si viene a destruir el cerro la minera, que tragedia tan grande caería sobre nosotros”, expresa asustado un anciano rodeado de otros indígenas en la tienda de la entada del pueblo.
La petición de lluvias
En las afueras de San Miguel el Progreso, camino al Tepizáhuatl, está también el sitio para la ceremonia de petición de lluvias, a donde los indígenas cada año piden “por la bendición de la Santa Madre Tierra, para que haya buenas cosechas. En el lugar hay un pozo profundo que es un lugar sagrado a donde llevan las ofrendas consagradas San Marcos, “la potencia sagrada que atrae la lluvia”.
Desde esta parte elevada del pueblo se ve imponente se el Tepilzáhualt, en los planos aparece como Picacho Extremo Oriental Tepilzáhuatl, en donde habita el Dios de la Montaña. Se trata de un punto trino en donde suben los indígenas de Iliatenco, San Miguel el Progreso, Colombia de Guadalupe y Paraje Montero, el 24 de abril, y realizan otra ceremonia de petición de lluvias. A partir de entonces pueden ir personas o grupos a replicar la ceremonia.
El comisario, Luis Gálvez, comenta que con esa fe y la creencia se replica a Jesucristo cuando subió al cerro más alto a hacer sus oraciones, “y eso quiere decir que en los cerros altos hay bendiciones, son para recibimiento de palabras y oraciones”. Explica que el ejemplo viene también de La Biblia que dice que Moisés subió al cerro alto para escribir la tabla de los 10 mandamientos.
Por eso en el Tepilzáhuatl los indígenas van a orar, “por los difuntos y por los vivos”, explica el comisario. “Se ora por los que murieron desde el antiguo testamento, por las almas que andan navegando quién sabe dónde, por el municipio, el estado, el país, por el mundo donde hay guerras, sequías, hambres”.
Añade que también piden allá, en la punta del cerro, por los gobernantes, para que gobiernen con justicia, “para que Dios ilumine a esas gentes, que piensen bien, que piensen por su pueblo, que no nada más piensen por ellos, sino que piensen por su pueblo”.
Las oraciones las hacen en estos cerros, donde los indígenas de aquí aseguran que hay deidades y centros ceremoniales, por eso los protegen tanto, y creen que si vienen a destruirlos “nos va a venir una desgracia, y no solamente para nuestras familias”, insiste con temor Luis Gálvez.
En lo alto del pueblo está también la Hichiga Hui, o piedra troje de maíz, (en me’phaa). Es una piedra con un signo grabado que nadie ha descifrado. La figura es de unos 30 centímetros de diámetro grabada como en espiral.
El presidente del Comisariado de Bienes Comunales, Valerio Mauro cuenta que cerca de allí vivió su abuelo y su padre que murieron a los 90 años ambos, y que contaron que la piedra siempre ha estado allí.
Una vez quisieron despedazarla y no pudieron. “Lo que pasó fue que una astilla pegó en la frente del que la estaba golpeando, le abrió la frente y mejor la dejamos”.
El panteón es otro centro ceremonial al que protegen mucho, está ubicado en la parte más alta del pueblo, igual rumbo al Tepilzáhuatl.
El cementerio existe desde 1921, se abrió a la par que el pueblo. Los antepasados de San Miguel el Progreso vivieron en Los Sauces, una comunidad vecina, de donde se cambiaron por las condiciones orográficas a otro punto llamado Loma Muerto, en la falda del Tepilzáhuatl, entonces acogieron el nombre de Júuba Wajiín, pero allá el agua no era suficiente para todos y en 1921 se cambiaron a lo que hoy es San Miguel el Progreso.
Desde que existe su cementerio, los 27 de octubre sube toda la gente a Yuj Tic, un punto en lo elevado del pueblo, allí esperan a los muertos para “bajarlos” al día siguiente a San Miguel con música, rezos y alabanzas dedicadas al difunto.
En la entada del pueblo cada quien se distribuye a sus casas a colocar sus ofrendas. La madrugada del 27 en Yuj Tic se hierven elotes, tamales y calabazas para repartirse entre la gente antes del amanecer del 28.
Aquí, en Júuba Wajiín, estos rituales, ceremonias, costumbres y tradiciones son las que sus habitantes buscan proteger y preservar, al impedir la entrada de Hochschild Mining.