EL-SUR

Miércoles 03 de Junio de 2026

Guerrero, México

Guerrero  

El exilio del Padre Fili: “Me siento muerto en vida, como si mi existencia se hubiera borrado”

En 2015, Filiberto Velázquez se preparaba en EU para convertirse en monje benedictino; recibir allá a familiares de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa lo cambió todo

Enero 13, 2026

El director del Centro de Derechos de las Víctimas de Violencia Minerva Bello, José Filiberto Velázquez Florencio (vistiendo sotana) el 18 de abril del año pasado, en el viacrucis del Santuario de los Mártires que fue ofrecido a las madres de distintos colectivos que buscan a sus hijos desaparecidos Foto: Jessica Torres Barrera /?Archivo

Carlos Acuña / Especial de Fábrica de Periodismo

Ciudad de México

Se siente “muerto en vida” desde hace un mes. Estar lejos de Guerrero –la tierra, la iglesia y su gente– lo hace sentirse extraviado, sin propósito. “Es como si el sentido de mi existencia se hubiera borrado”, dice. Hace apenas dos años, José Filiberto Velázquez Florencio, el Padre Fili, como suelen llamarlo, fue uno de los sacerdotes de la Iglesia católica que, en un esfuerzo desesperado por conseguir una mínima paz en uno de los momentos más convulsos de Guerrero, intentaron mediar entre los grupos criminales que se disputaban Chilpancingo, la capital del estado, para detener la violencia.
Junto al obispo Salvador Rangel, el Padre Fili llegó a sentarse lo mismo con alcaldes y funcionarios que con líderes del crimen organizado enfrentados, con tal de frenar la ola de masacres que a la fecha no da tregua. Era la última esperanza: lograr que los bandos en conflicto –grupos criminales y autoridades, coludidas o no– dialogaran sin balas de por medio y que evitaran, a toda costa, el asesinato de inocentes.
Los intentos fracasaron oficialmente el 6 de octubre de 2024. Ese día, el alcalde de Chilpancingo, Alejandro Arcos, apareció muerto. Lo habían decapitado y exhibieron su cabeza en el techo de su auto.
Apenas unos días antes, el Padre Fili se había sentado a hablar con él.

“¿Qué voy a hacer yo a Alaska?”

–Llevo un mes fuera de Guerrero –dice ahora en entrevista telefónica–. El obispo (de la Diócesis Chilpancingo-Chilapa, José de Jesús González Hernández) y yo habíamos quedado en un acuerdo de mantener esta situación reservada para no generar otra situación de riesgo. Pero pues él ya lo hizo público, no sé por qué. Yo sigo en México. La Diócesis pensó que mi situación estaba ya tan comprometida que debía salir del país. Me ofrecieron dos opciones extremas: querían que me fuera a Chile o a Alaska –el Padre Fili ríe con incomodidad–. ¡Alaska! –repite–. ¿Qué voy a hacer yo a Alaska?
Lleva varios meses recibiendo amenazas. Su perfil es conocido: además de las homilías del domingo, dedica su vida a dirigir el Centro de Derechos de las Víctimas de Violencia Minerva Bello, desde donde intenta ofrecer a su comunidad un soporte más allá de lo espiritual.
A la fecha, el centro acompaña legalmente el caso del asesinato del sacerdote Marcelo Pérez, ocurrido en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, a mediados de octubre de 2024. También representa legalmente a los familiares de Yanqui Kothan, el normalista de Ayotzinapa asesinado en marzo de 2024 por policías estatales.
Además, desde hace unos años documenta y denuncia los ataques con drones cargados de explosivos en Heliodoro Castillo y otros municipios de la sierra guerrerense.
Todavía en agosto pasado, el Padre Fili gestionaba la Parroquia del Peregrino, en Chilpancingo. Había recibido algunas amenazas veladas. En esos días, un hombre le pidió refugio. Dijo que venía de la Montaña. Las cámaras de seguridad lo registraron, de madrugada, brincando al techo de la parroquia para intentar acercarse al dormitorio del sacerdote.
–Yo estaba resguardado en esa parroquia, ahí mismo vivía –cuenta. Había algunas medidas de seguridad: una reja perimetral, alambre de púas. Contaba con agentes de protección federal, responsables de mi seguridad. Un par de días después, recibí información de una persona de confianza: habían intentado matarme. No lo hicieron porque tenía una escolta protegiéndome. Si no hubiera contado con protección, en ese momento me hubieran asesinado.

Aguas Blancas, Atoyac,
Rosendo Radilla, Ayotzinapa

El Padre Fili llegó a Guerrero en 2015. Él entonces vivía en Minneapolis, Minnesota, al norte de Estados Unidos. Fue el Domingo de Ramos, recuerda, cuando una brigada de madres y padres de Ayotzinapa llegaron a su parroquia a informar sobre lo ocurrido con sus hijos, los estudiantes normalistas desaparecidos el 26 de septiembre de 2014 durante un operativo policiaco y criminal bajo la vigilancia del Ejército.
Habían pasado apenas un par de meses desde que el entonces procurador general de la República, Jesús Murillo Karam, intentara dar carpetazo al caso Ayotzinapa con la llamada “verdad histórica” y las familias de los estudiantes emprendían una campaña global para insistir en que la desaparición de sus hijos había sido un crimen de Estado y que las autoridades hacían todo lo posible para encubrir a los culpables.
El Padre Fili los escuchó con atención.
–Ese mismo verano los visité en Tixtla –recuerda–. Y esa experiencia en Guerrero fue, para mí, cautivadora. Ver ese espíritu de lucha del normalismo rural, los murales de Ayotzinapa, el testimonio de los padres en la normal, esperando siempre a sus hijos… Después supe de otros casos: Aguas Blancas, los desaparecidos, Atoyac, Rosendo Radilla. Todo eso me obligó a virar el rumbo de mi barco.
La idea de que la Iglesia era no sólo un refugio para las disidencias, sino un motor para encauzar la justicia social, para impulsar cambios profundos que beneficiaran a los pueblos explotados, se consolidó en Filiberto cuando conoció la obra de Gustavo Gutiérrez, el fundador de la Teología de la Liberación, de la cual emergerían todo una casta de obispos comprometidos con las luchas sociales y los pueblos marginados: Óscar Arnulfo Romero en El Salvador, Hélder Câmara en Brasil y, en México, Samuel Ruiz, Sergio Méndez Arceo y Raúl Vera.

 

“Quieren protegerme… pero
también silenciar mi voz”

En octubre de 2023, en el municipio de Tixtla, Filiberto Velázquez tuvo que refugiarse en las instalaciones de la Normal de Ayotzinapa cuando su camioneta fue atacada a balazos. Las balas poncharon las llantas y destrozaron el parabrisas. Él salió ileso de milagro. A partir de ese momento, se integró al Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas y se le asignaron elementos armados para protegerlo y un vehículo blindado.
En julio de 2024, durante una visita a Chiapas y después de reunirse con migrantes y estudiantes de la Normal Rural de Mactumumatzá, un vehículo comenzó a seguirlo y acosarlo de manera amenazante para que se detuviera. Los escoltas federales consideraron que corría mucho más riesgo si se detenía, así que aceleraron. Justo antes de llegar a la caseta de peaje, sus perseguidores dieron media vuelta y se alejaron.
–Eso pasó en el municipio de Tuxtla Gutiérrez –comenta. Desde ese incidente, me hice a la idea de que el peligro iba a ser mi realidad. Estoy consciente del riesgo que implica mi actividad, pero aceptar la realidad no implica que no sienta frustración. Acepto el riesgo de esta misión porque la hago con pasión.
En términos cristianos, la “pasión” es el sufrimiento: el sacrificio que se hace por el amor a las otras vidas. El último estado de la pasión –su éxtasis– es el martirio: ofrendar la vida por el reino de Dios en la tierra, como Jesucristo en la cruz.
Ya en otras ocasiones, el Padre Fili ha dicho que lo suyo no es hacerse el mártir, pero que su trabajo es de convicción, de fe: lograr que en Guerrero exista paz.
–Yo sé que la pasión puede llevarnos a tomar actos heroicos –dice. Dar la vida por los valores que defendemos, sufrir las últimas consecuencias. El problema es que ahora ya no temo perder mi vida. Temo mucho más lo que me está pasando: estar alejado de mi comunidad, no poder hacer mucho.
En noviembre pasado, las autoridades de la diócesis de Chilpancingo le dijeron que su situación era ya insostenible. Un mes antes había sido nombrado párroco interino de la comunidad de Mezcala. Iba a sustituir temporalmente al sacerdote Bertoldo Pantaleón Estrada, cuyo cuerpo fue encontrado cerca de la carretera México-Acapulco, con un balazo en la cabeza, luego de varios días desaparecido.
En diciembre, de plano le ordenaron salir del estado, del país.
Hoy, el Padre Fili considera que sacarlo de Guerrero obedece más a una evaluación política de la diócesis que a una preocupación por su seguridad.
–Cuando me ofrecieron irme a Alaska y me pedían que mantuviera un perfil bajo, sentí que lo que querían era deshacerse de un problema. El asesinato del padre Bertoldo fue muy escandaloso para la diócesis y para el episcopado. En ese mismo noviembre asesinaron en Cuautitlán, Estado de México, a otro sacerdote. La diócesis quería protegerme, pero también evitar otro problema. Existía esta presión de resguardarme, incluso del mismo Estado… pero también de silenciar mi voz.

Reconocer que la Iglesia “no
tiene una varita mágica”

El caso del Padre Fili es parte de una crisis nacional. México es el país más peligroso de América Latina para ejercer el sacerdocio. Según el Reporte Anual 2024 del Centro Católico Multimedial, entre 2018 y 2024 fueron asesinados 10 sacerdotes en el país. En los sexenios de Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto y Andrés Manuel López Obrador se registró un total de 60 sacerdotes victimados. Además, se calcula que cada semana se cometen un promedio de 26 ataques, robos o profanaciones a templos.
Y junto con ello, Guerrero vive una de las crisis de seguridad más agudas del país.
–¿Qué queda de los esfuerzos de paz de la Iglesia católica en Guerrero?
–Se habla de una generación perdida –reflexiona el Padre Fili por teléfono–. Pero esa generación perdida es tanto de jóvenes como de funcionarios, políticos y personas que deberían estar en otras áreas de influencia. Esa pérdida difícilmente puede revertirse. Lo que ha llevado a muchos al narco tiene que ver con la lógica del capitalismo. Y de las condiciones extremas de necesidad. Como sacerdotes, podemos tener cierto nivel de influencia en algunos líderes del crimen organizado. Asumimos la misión de intentar evitar que entren en confrontación. Que no haya enfrentamientos con armas, que no afecten inocentes. Eso ya es ganancia. Las actividades ilícitas dependen de otras circunstancias: de todo lo que hace falta en el estado, del vacío institucional.
La Iglesia, añade Filiberto, “no tiene una varita mágica para solucionar este problema. Lo único que podemos hacer es apostar al largo plazo. No veo otra salida que apostar por los niños, por las nuevas generaciones. Que ellas y ellos puedan tener encuentros significativos que los vinculen de manera más sana con la sociedad: eso sí nos toca a nosotros”.
–¿Es una cuestión de fe?
–Yo pude haberme ido y estar más cómodo, sin riesgo. Pero eso, espiritualmente, me hubiera matado. Yo extraño hacer mi labor. Sí, tenemos colaboradores en el estado, con el Centro Minerva Bello. Pero extraño ser yo quien acompañe a las familias a ir al Servicio Médifo Forense, al Ministerio Público, a exigir que devuelvan el cuerpo de una persona. Dar misa para las madres buscadoras. A mí me llena de fortaleza el testimonio de otros hombres y mujeres de fe que han dado su vida por lo que nosotros llamamos “el reino de Dios”: la paz. Sé que en todos lados hay necesidades y siempre vamos a encontrar maneras de ayudar, pero, ahora mismo, ahora estoy apartado de todo lo que durante años consideré mi proyecto de vida, mi misión.

*Esta es una versión resumida. Se reproduce en exclusiva por El Sur con autorización de FdP. Para ver la entrevista completa y otros materiales, entra a fabricadeperiodismo.com