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Miércoles 21 de Febrero de 2024

Guerrero, México

Guerrero  

Testimonio desde un refugio: el desplazamiento “te roba todo, tu vida, incluso tu esencia”

En agosto de 2017, cuando un jefe de sicarios lo amenazó en Petatlán, el periodista Omar Bello Pineda dejó Guerrero. Una semana después le confirmaron que existía orden de asesinarlo. Huyó y buscó la protección del gobierno federal. Desde entonces no ha vuelto a Zihuatanejo

Junio 30, 2022

El reportero Omar Bello Pineda cuando cubría noticias de la fuente policiaca para el Diario abc de Zihuatanejo Foto: Cortesía del periodista

Guillermo Rivera

El Sur / Ciudad de México

Un jefe de sicarios detuvo al periodista Omar Bello Pineda en la plaza principal de Petatlán. Resguardado por sujetos que portaban armas largas, el criminal apretó su hombro y le arrojó la amenaza: “Ya nos dijeron que tú haces las notas al otro cártel. Síguele y te voy a levantar”.
Lo acusaban sin fundamentos, cuenta Omar. El miedo paralizó su cuerpo ese 11 de agosto de 2017. Una semana más tarde se enteró de que había orden de asesinarlo. Se lo confirmó un elemento de seguridad de Petatlán. Los sicarios lo estaban buscando. Omar intentó hablar por teléfono con su contacto en la organización criminal. No le respondieron. Cuando le devolvieron la llamada, escuchó la sentencia: donde lo agarraran, lo matarían.
Días después, el 20 de agosto, escapó de la Costa Grande, tras dos privaciones de la libertad y diversas amenazas. Lleva ya casi cinco años desplazado.
Oriundo de Zihuatanejo, a fines de 2007 comenzó a reportear sobre la violencia en la región. Ejecuciones y balaceras en los municipios costeros, desde La Unión hasta Petatlán. Casi toda su carrera periodística en la zona la desarrolló en el Diario abc de Zihuatanejo, pero también colaboró en otros medios impresos, como El Sol de Acapulco, Despertar de la Costa, La Crónica de Chilpancingo y Meganoticias Ixtapa.
En sus comienzos fue testigo de la guerra entre los cárteles de Sinaloa y de los Beltrán Leyva. Guerrero era la joya de la corona del sur del país. La disputa llevó a la Costa Grande consecuencias negativas para el gremio. La delincuencia organizada aterrorizó a los reporteros para que difundieran noticias a su favor. En ocasiones, la edición no se imprimía por orden de algún grupo.
Confiesa que a él le enviaban memorias USB con la información que querían ver publicada. A veces, asegura, el medio no tenía opción y difundía notas que beneficiaban a uno u otro grupo criminal, con modificaciones.
Con el tiempo las agresiones fueron directas. Si se registraba alguna ejecución entre bandos rivales, recibía la orden de no publicar. Un día le dieron una explicación: “Si sacan una nota demostramos debilidad, es como decir que nos están ganando la guerra”.
En los últimos años del sexenio de Felipe Calderón, para evitar agresiones Omar dejó de escribir notas relacionadas con la violencia. Fue una autocensura, dice ahora. Otros reporteros hicieron lo mismo y obtuvieron críticas ciudadanas por callar.

Privado de la libertad por orden de políticos y criminales

En 2012, Omar Bello Pineda fue privado de la libertad por hora y media. Asistió a cubrir una denuncia sobre la extracción de material pétreo de un río. Al llegar, el reportero preguntó a los señalados si contaban con permiso de la autoridad. No le respondieron. A las pocas horas, lo subieron a una camioneta integrantes de la delincuencia organizada. Le arrebataron las cámaras y se las regresaron sin memorias. La orden fue no publicar. Obedeció.
Otro episodio similar se registró en 2014. Aquella vez fueron seis horas en poder de los delincuentes. Le apuntaron con una AK-47. Escuchó cuando cortaron cartucho. Esa agresión, dice Omar, fue consecuencia de la publicación de notas que no gustaron al gobierno de entonces, encabezado por el PRI. Escasez de agua, nula obra pública, corrupción: lo soltaron con la advertencia de que no abordara esos temas. De nuevo acató la instrucción. No escribió sobre nada en semanas.
“Puedo asegurar que no hay un solo periodista en la zona que escriba con libertad”, afirma Omar. Fue testigo de cómo el crimen dicta la línea editorial en los medios de la Costa Grande. Si alguien se niega, los ataques llegan pronto.
También se imponen las autoridades que normalmente están ligadas con los grupos delincuenciales, añade. Los temas de seguridad son los más censurados.
Acepta que, como otros reporteros de la región, recibió algún monto del ayuntamiento. Se retractó cuando comprendió que eso lo limitaba cuando se registraban denuncias ciudadanas importantes.
En cierta ocasión recibió amenazas por unas fotos que tomó. Si se publicaban, le previnieron, le darían “una tabliza”. Una golpiza con una tabla. Se abstuvo.

Sentir un cuerno de chivo en la cabeza todo el tiempo

Un acto rebelde originó el desplazamiento forzado. Por años, publicó únicamente lo que no estaba prohibido. En 2011 llegaron a la zona Los Caballeros Templarios –convertidos después en Guardias Guerrerenses– e instauraron un protocolo. Si Omar cubría una ejecución y no recibía una advertencia, la nota iba. Así era al principio. Más tarde, la orden fue que preguntara por teléfono si la información podía publicarse. Le proporcionaron un número para llamar. Por una temporada, prefirió no cubrir ningún hecho violento, menos si se trataba de un asesinato.
“Sentía un cuerno de chivo en la cabeza todo el tiempo”. El panorama se complicó cuando llegó a la zona La Nueva Familia Michoacana, alrededor de 2014. Un grupo mandaba difundir cierta información y el otro prohibía hacerlo. En una ocasión, Omar se atrevió a comentarle a uno de los delincuentes que su contario también lo amenazaba. “¿A quién le tienes más miedo? ¿A ellos o a mí?”, le preguntó el sicario. “A los dos”, respondió el reportero.
Pese al control de la prensa en manos criminales, Omar no se resignó a ignorar la violencia que se generaba todos los días en la Costa Grande. Él tenía prohibido publicar, pero colegas de medios nacionales no. Optó por filtrarles las notas relevantes de hechos violentos.
Lo hizo al menos por cuatro años. Nunca obtuvo un peso por ello. “Fue por una cuestión ética y de congruencia”, dice. Actuó… y pagó las consecuencias. Fue descubierto.
Un jefe de un cártel fue detenido. Omar filtró la información que, a nivel local, no se difundió porque todos los reporteros estaban amenazados. Medios nacionales sí informaron.
En esos días, subió una foto a una de sus redes sociales. Aparecía con un colega de Chilpancingo, corresponsal de un medio nacional. Los criminales, dice, descubrieron que ese periodista publicaba notas sobre la violencia en la Costa Grande. Dedujeron quién se las filtraba.
Se sumaron distintas circunstancias: un político aseguró a los delincuentes que Omar trabajaba para el cártel contrario. Otro sujeto, en un interrogatorio al que fue sometido por los criminales, acusó a periodistas de recibir órdenes del grupo enemigo. En particular señaló a Bello. Un cártel en la zona te puede acusar de trabajar para su enemigo, aunque no sea así. A él, por ejemplo, un sicario lo culpaba de beneficiarse con dinero por no haber publicado alguna ejecución del opuesto. Lo que no sabía el criminal es que existía una amenaza de por medio, contra Omar y otros periodistas.
Bello reconoce que recibió una oferta monetaria en 2012 para trabajar formalmente para uno de los bandos criminales pero, insiste, jamás aceptó.
En agosto de 2017 un jefe de sicarios lo amenazó en Petatlán. Una semana después le confirmaron que existía orden de asesinarlo. Omar huyó en transporte público a Lázaro Cárdenas, en Michoacán. No quiso comprobar si la instrucción era cierta.

La vida después del desplazamiento

Tenía 41 años cuando escapó. Ahora tiene 46. En cinco años han ocurrido toda clase de situaciones. Aquel agosto pidió el apoyo de colegas. Le llamó por teléfono Balbina Flores, la representante en México de la organización Reporteros Sin Fronteras (RSF). Ella fue su puente para acceder al Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas.
Permaneció una semana en Lázaro Cárdenas, en casa de familiares, que no se alegraron cuando él les contó por qué estaba ahí. Siguió las instrucciones del Mecanismo. En autobús, se trasladó a la Ciudad de México. A principios de septiembre empezó a recibir protección. Nunca ha regresado a Zihuatanejo.
Las amenazas continuaron. Su familia también huyó: su entonces esposa y sus dos hijas, su mamá y una hermana.
Algunos familiares dejaron de hablarle. Lo bloquearon de las redes sociales y le prohibieron llamarles. Perdió amigos. Uno le avisó que lo eliminaría de su perfil porque había fotos donde aparecían juntos. “Los entiendo, ellos seguían allá”. Omar les dijo que él no era un delincuente, que no había hecho algo indebido. Perder a familiares, dice el periodista, es una consecuencia del desplazamiento.
Lentamente ha ido reconstruyendo su vida. Su situación actual no le permite tener un trabajo estable. Es difícil que un medio te acepte en esas condiciones. Ha decidido no escribir más sobre Zihuatanejo. Es por seguridad. No puede arriesgar a su familia. No quiere darles una excusa a los delincuentes.
Colabora en varios medios. Cuando se trata de datos delicados sobre la Costa Grande, no firma con su nombre. Compañeros de otras regiones del estado, amenazados como él estuvo, aún le envían datos. Escribe la columna Desde el desplazo, en Foro Guerrero, un medio que él fundó.
En la Costa Grande, relata Bello, los grupos criminales pactaron no agredirse, pero no siempre respetan el acuerdo. Los siete municipios costeros están gobernados por el mismo grupo que tiene presencia nacional.
En Zihuatanejo, agrega el periodista, hay al menos seis colegas con medidas cautelares; actualmente, dos periodistas del municipio están desplazados, seis más tienen medidas de protección del Mecanismo. “Así de grave es la situación”.

“No voy a dejar de escribir”

A Omar le tomó años aceptar que no podría regresar a Zihuatanejo. La terapia psiquiátrica ha sido fundamental para superar las diversas etapas de depresión que ha padecido en estos años. Al principio del desplazamiento, sólo comía y dormía. Un día canalizó su estado de ánimo a la escritura. Fue una catarsis. Ha concluido un libro sobre narcotráfico e historias de la Costa Grande que nunca contó.
“El desplazo te mata. Te roba todo, tu vida, incluso tu esencia”. No duda de sus palabras. Quizá por eso se salvó no abandonando el periodismo. Dejarlo habría sido como aceptar que hizo algo indebido. No fue así, subraya. “Ya me arruinaron la vida, así que no voy a dejar de escribir”. Eso lo sostiene emocionalmente. La angustia, dice, ya pasó.
Su ex pareja y sus hijas regresaron a Zihuatanejo algunos meses después del desplazamiento. Su mamá y hermana viven en otro lugar.
Omar permaneció más de cuatro años en Ciudad de México, la mayor parte del tiempo solo. Hace casi dos meses se mudó a un lugar distinto, siempre le costó adaptarse a la capital mexicana.
El último análisis de riesgo del Mecanismo, en octubre de 2021, determinó que Omar Bello Pineda ya podía regresar. La decisión se basaba en que habían pasado años y, por eso, ya no había peligro. Pero el jefe de plaza en Zihuatanejo sigue siendo el mismo. El periodista interpuso un amparo. Peleó y ganó. Sus medidas cautelares continúan. “La decisión estaba fuera de toda lógica”.