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México, una década en el club de países ricos y 9 millones más en extrema pobreza

  En 1994, los mexicanos que no tenían un ingreso suficiente para cubrir sus necesidades mínimas de alimentación eran 16 millones (el 18 por ciento de la población total), y en 2004 son 24 millones 900 mil (el 24 por ciento). Los mexicanos en la lista de Forbes de los más ricos del mundo eran … Continúa leyendo México, una década en el club de países ricos y 9 millones más en extrema pobreza

Abril 26, 2004

 

En 1994, los mexicanos que no tenían un ingreso suficiente para cubrir sus necesidades mínimas de alimentación eran 16 millones (el 18 por ciento de la población total), y en 2004 son 24 millones 900 mil (el 24 por ciento). Los mexicanos en la lista de Forbes de los más ricos del mundo eran 24 y ahora son 11

Miguel Ángel Ortega Ciudad de México En 18 de mayo se cumplen diez años de que México ingresó a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el club de los países más ricos del planeta.

De nada sirvió, porque el número de pobres, el tipo de cambio, la distribución del ingreso y el producto interno bruto, no mejoraron. Es más, en algunos casos hay grandes retrocesos.

En 1994, con una población de 91 millones, los mexicanos en extrema pobreza, según cifras oficiales, eran 16 millones (alrededor de 18 por ciento de la población). Aunque las extraoficiales (como Julio Boltvinik en La pobreza en México) los situaba en 20.4 millones. Y existían 8 millones 521 mil asegurados al IMSS.

Ahora somos 104 millones y 55.12 viven en la pobreza. Pero aquellos que no tienen ingresos para alimentarse adecuadamente (pobreza extrema) son 24 millones 900 mil. Es decir, el 24 por ciento.

Y si los mexicanos simples y mortales padecieron, algunos ricos también lloraron. Las grandes fortunas mermaron. Hace diez años la revista Forbes registró en su lista de los más ricos del mundo (correspondiente a 1993) a 24 mexicanos, cuya fortunas juntas sumaban 43 mil 300 millones de dólares.

Al cabo de 10 años, los mexicanos que registra Forbes son 11 y la suma de todas sus fortunas ronda los 35 mil 600 millones de dólares. Salvo Carlos Slim, que duplicó su fortuna en esta década.

Una década perdida más.

De noche

Cuando México ingresó al club de los ricos el anuncio pasó de noche. No era para menos, pues el país no salía del azoro por el alzamiento armado en Chiapas, y apenas habían pasado 50 días del asesinato de Luis Donaldo Colosio.

En esos días, la familia del banquero Alfredo Harp Helú, que estaba secuestrado, había pagado el dinero por su rescate (presuntamente 25 millones de dólares), así que privaba el nerviosismo en los mercados. Era la época de los nuevos pesos y la paridad con el dólar era de 3.30 pesos. Cerró a final de ese mes en (3.3840/3.3890 nuevos pesos).

Por eso, cuando el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari dijo que en el primer trismestre del año la economía mexicana mostraba claros síntomas de reactivación, con la puesta en marcha de Tratado de Libre Comercio con EU y Canadá y anunció que el ingreso de México a la OCDE era un gran paso, no motivó a nadie.

El canciller mexicano Manuel Tello se afanaba en destacar que México era el primer país latinoamericano en integrarse a la exclusiva organización, compuesta entonces por 24 naciones.

Las condiciones para ser miembro de la OCDE eran ser invitado por todos los países, tener una economía de mercado, ser una democracia y respetar los derechos humanos. Además, era la primera vez que las potencias económicas abrían la OCDE después de 21 años cuando ingresó Australia, en mayo de 1973.

México acariciaba el primer mundo, según los tecnócratas neoliberales, que soñaban con mantenerse en el poder –como había dicho en Japón el canciller José Angel Gurría— los próximos 20 años.

Y fue también cuando el secretario de Hacienda, Pedro Aspe Armella, al referirse a un estudio de la Comisión Económica para América Latina (Informe sobre la magnitud de la pobreza en México) que establecía que el nivel de bienestar de la población se encontraba en los niveles similares a los de 1984, afirmó que la pobreza en México era un “mito genial”.

Y cuando Salinas de Gortari ofreció que la “apertura económica era para contar con insumos más baratos, más competitivos para la planta productiva nacional y una ampliación del mercado interno que favorezca, sobre todo a los consumidores”, sonó a canto de sirenas.

La realidad, un país en los umbrales del primer mundo sólo existía en su imaginación.

Unos meses antes se había promulgado una Ley de Inversión Extranjera que impedía la venta de los “seis bancos más grandes” de México a intereses estadunidenses o canadienses.

Unos días antes (28 de marzo) el Instituto de Finanzas Internacionales, el club de bancos de países ricos, informó que las instituciones mexicanas serían las primeras aceptadas de las economías emergentes de Latinoamérica (“Argentina, Chile y quizá Venezuela”).

De poco sirvieron los candados. En menos de una década los principales bancos mexicanos pasaron a manos extranjeras.

Igual o peor

En 1994, el Consejo Nacional de Población indicaba que existían “más de mil 600 municipios marginados del desarrollo nacional, la mayoría de los cuales se encuentran en zonas rurales del sureste de México”.

Igual que ahora.

La distribución de la riqueza era muy desigual, pues sumado el producto interno bruto de todas los estados del sureste no alcanzaban a cubrir el PIB de Nuevo León.

Igual que ahora.

Hace diez años, 0.007 por ciento de la población (unas 6 mil personas) captaba 100 por ciento de las utilidades generadas por la tenencia de acciones y bonos. Apenas el 10 por ciento de la población –unos 8.4 millones de personas– detentan 38.2 por ciento del ingreso nacional.

Ahora, según el Banco Mundial, “la décima parte más rica de la población gana más de 40 por ciento de los ingresos totales” y “la décima parte más pobre sólo obtiene 1.1 por ciento”.

Es decir, en estos diez años los superricos ganaron ocho puntos porcentuales más del ingreso nacional. Además, el informe confirmó que una década no sirvió de nada para revertir el centralismo económico: “contribuyen a la pobreza la profunda desigualdad regional y étnica y las diferencias en cuanto al acceso a la salud, a la educación y a los servicios públicos de buena calidad”, afirma el Banco Mundial.

Hace diez años el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) tenía registrados 8 millones 521 mil afiliados. Diez años después apenas aumentó a 12.4 millones.

En 1994, según cifras del Banco de México y el Instituto Nacional de Estadísticas, Geografía e Informática (INEGI) el desempleo registraba la tasa más alta en el sexenio salinista, que era de 3.4 por ciento de la Población Económicamente Activa.

Ahora la tasa de desempleo de la PEA es de 3.9 por ciento.

Peor que hace una década.

Hace diez años, cuando México ingresó a la OCDE, nadie lo celebró, salvo el régimen salinista –que soñaba con que Carlos Salinas de Gortari ocupara a partir de 1995 la presidencia de la naciente Organización Mundial de Comercio.

Es casi seguro que la fecha pase de noche, porque no hay nada qué celebrar por tener 10 años de antigüedad en el exclusivo club de los países más ricos del planeta.