Las necesidades de la guerra hicieron que mucho del conocimiento científico que se había generado se utilizara, destaca historiador
Yanireth Israde / Agencia ReformaCiudad de México
Agosto 31, 2017

El ímpetu por descifrar misterios astronómicos o guardados bajo tierra por civilizaciones antiguas prosiguió en México pese al caos y las balas en la época revolucionaria, que no avasallaron la ciencia.
“Hemos visto a la Revolución Mexicana como la ruptura, y en muchos sentidos lo es, sin embargo, hay procesos de continuidad histórica, y no les hemos hecho mucho caso. Pensamos que la guerra detiene todo: no es cierto”, indica el historiador Édgar Rojano, curador de Ciencia y Revolución: una muestra, inaugurada anoche en el Museo Nacional de la Revolución.
La exhibición destaca no sólo los trayectos del conflicto armado y de la investigación científica, sino también los puntos de intersección, por ejemplo, durante La Decena Trágica, cuando los cadáveres se trasladaron a los campos de Balbuena para incinerarlos y evitar epidemias.
“Las necesidades de la guerra hicieron que mucho del conocimiento científico que se había generado se utilizara. Está presente en las campañas de salud, en la atención a los heridos o en el mantenimiento de los ejércitos”, ejemplifica el historiador.
La conservación en formol del cuerpo del líder agrarista Emiliano Zapata o la amputación del brazo del ex presidente Álvaro Obregón remiten también al desarrollo científico, apunta Rojano, quien ha reunido testimonios documentales, como un manual de camillero que revela las concepciones anatómicas de la época.
“Sin avances médicos no se habría salvado la vida de Álvaro Obregón: hubo el conocimiento para hacer un torniquete cuando fue herido, parar el sangrado y amputarle el brazo”.
La fotografía del militar con el brazo cercenado es una de las imágenes presentadas en la muestra, que integra microscopios, telégrafos, pararrayos y termómetros, entre otros instrumentos procedentes de la Mapoteca Manuel Orozco y Berra y la Comisión Nacional del Agua. También contribuyeron con acervo la Fototeca Nacional y la Filmoteca, la Facultad de Química y el Archivo Histórico de la UNAM, así como la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada de la SHCP y coleccionistas privados, como la cronista Ángeles González Gamio, quien aporta la memoria de su abuelo, el antropólogo y arqueólogo Manuel Gamio, autor de Forjando patria, libro de 1916 primordial para la historia nacional.
“Porque la ciencia también genera símbolos nacionales”, explica Rojano. Muestra, como botón de muestra, los retratos de Porfirio Díaz y de Venustiano Carranza –por separado– en la Piedra del Sol.
“No hay ejercicios de este tipo. El que presentamos en la exposición es inédito y por lo mismo complejo”, puntualiza el curador sobre la apuesta de Ciencia y Revolución…, que permanecerá abierta hasta noviembre en Plaza de la República s/n, Colonia Tabacalera.