Una comprensión más clara de la toma de decisiones abre también la puerta a una política social más efectiva, dice el científico David Eagleman
Erika P. Bucio / Agencia ReformaCiudad de México
Enero 12, 2018
A David Eagleman (Estados Unidos, 1971) lo llaman el Carl Sagan de la neurociencia. Su cosmos se guarda dentro del cráneo: el cerebro.
Su curiosidad científica apela a una serie de preguntas: ¿Quién soy? ¿Cómo decido? ¿De dónde vienen mis emociones y motivaciones? Las respuestas se hallan en el material neuronal y sus patrones de pulsos electroquímicos.
“Hace unos años tomaba una clase de filosofía y me di cuenta de que si realmente queremos avanzar en estas preguntas tendríamos que profundizar en el estudio del cerebro”, responde el profesor de la Universidad de Stanford.
Del neurocientífico está disponible en español El cerebro. Nuestra historia (Anagrama), libro que acompañó la serie El cerebro con David Eagleman de PBS, transmitida después por la BBC. Un viaje por ese “cosmos interior” formado por miles de millones de células cerebrales y miles de billones de conexiones para entender preguntas clave, entre ellas: ¿hacia dónde nos dirigimos como especie?
¿Conocer cómo funciona el cerebro nos ayudaría a vivir mejor?
Por supuesto, tan solo pensemos en cómo tomamos decisiones y el tipo de cosas que nos llevan a tomar malas decisiones. Un mejor entendimiento de nosotros mismos y de nuestras emociones, qué aspectos de la realidad tomar en serio y cuáles no, realmente nos ayuda a navegar el mundo en el que nos movemos. Un ejemplo es el concepto del contrato de Ulises. Esta idea de establecer un contrato entre el “yo” presente con el “yo” futuro. Entender qué esta sucediendo en el cerebro y actuar acorde a eso.
La referencia le sirve a Eagleman para ejemplificar en el libro cómo Ulises anticipa una decisión, sabiendo que tras haber ganado la guerra de Troya, a su regreso deberá pasar por la isla de las sirenas, cuyos cantos irresistibles tienen funesto destino para los marinos. Así que ordena que su tripulación lo ate al mástil y ellos sellen sus oídos con cera y no dejen de remar. Dispone todo para no cometer un error; es el contrato de Ulises entre el “yo” presente y el futuro.
Escribe que una mejor comprensión de la toma de decisiones abre también la puerta a una mejor política social. Y lo ejemplifica con el problema de las drogas. El gobierno de Estados Unidos, sostiene, gasta 50 billones de dólares al año en la guerra contra las drogas y no ha cambiado nada.
“La pregunta es: ¿Cómo hacemos algo que sea más fructífero? En lugar de atacar la oferta, propone, la mejor estrategia es abordar la demanda. Y la demanda de la droga está en el cerebro”.
En su laboratorio han trabajado en un nuevo enfoque más allá de la criminalización. Un adicto puede ver en tiempo real imágenes de su actividad cerebral a través de una resonancia magnética.
Es el caso de Karen, una chica adicta al crack por más de 20 años. Cuando a ella le enseñan fotos de la droga y le piden que desee consumirla, en su cerebro se activan regiones que se engloban como la red de la adicción. Pero cuando se le pide pensar en el costo laboral, social y familiar que ha tenido la adicción, se activa la red de supresión.
Lo que se da en su cerebro es un combate entre ambas redes. La que gana, decide su comportamiento. A Karen se le presenta en tiempo real un indicador de la batalla. Eagleman plantea que Karen con la práctica repetida reforzaría el circuito neuronal que le permite suprimir el deseo de la droga, pero esta técnica aún está en fase de experimentación.
Eagleman también se asoma al futuro. La plasticidad cerebral, esa capacidad para adaptarse y cambiar es clave. Uno de los proyectos de su laboratorio es construir una plataforma para la sustitución sensorial que permite, con técnicas no invasivas, compensar la pérdida de un sentido con el suministro de información por otro canal. Un ejemplo es el VEST, un chaleco para que los sordos puedan oír. Después de cinco días de uso, un sordo de nacimiento puede identificar algunas palabras. Puede verse en la página de NeoSensory, la compañía del científico donde trabajan 20 personas.
“Entiendo al cerebro como un dispositivo de cálculo de uso general. Eso significa que cualquier información que entre, el cerebro descubre qué hacer con ella y eso abre la posibilidad de alimentar al cerebro con otros tipos de información. Y en eso estamos”, añade.
Antes de morir le gustaría poder ver la tecnología capaz de mostrar la información que circula en microsegundos a través de los cientos de millones de células del cerebro; esto todavía no es posible con las técnicas de Resonancia Magnética Funcional (Irmf).