Después de que se desatara una temporada de lluvias muy intensa en abril de 1996, una enfermedad tomó por sorpresa a la ciudad portuaria de Salvador, Brasil. La gente comenzó a llegar a las salas de emergencia de los hospitales, quejándose de altas fiebres y dolores musculares y de cabeza. Otros mostraban los ojos amarillos, … Continúa leyendo Combatirán las invasiones de ratas en Brasil con investigación genética Los roedores son portadores la leptospira, una bacteria con forma de espiral que afecta riñones y pulmones luego de entrar en contacto con la piel o mucosas de los seres humanos
Emiliano Rodríguez Mega / El Sur / emeequisNueva York
Enero 09, 2018
Después de que se desatara una temporada de lluvias muy intensa en abril de 1996, una enfermedad tomó por sorpresa a la ciudad portuaria de Salvador, Brasil. La gente comenzó a llegar a las salas de emergencia de los hospitales, quejándose de altas fiebres y dolores musculares y de cabeza. Otros mostraban los ojos amarillos, señal de que sus riñones también comenzaban a fallar. Algunos de los pacientes sangraban de los pulmones. Ese año fallecieron al menos 50 personas que presentaron los síntomas.
Pero el número de víctimas continuó aumentando. Las lluvias e inundaciones han traído consigo nuevos brotes en los últimos 21 años. El ministerio de Salud de Brasil estima que sólo en 2016 se registraron casi 3 mil casos en el país y que al menos 234 brasileños sucumbieron a la enfermedad.
La culpable: la leptospira, una bacteria con forma de espiral que afecta riñones y pulmones luego de entrar en contacto con la piel o mucosas de sus víctimas. Aunque los científicos no han identificado los mecanismos mediante los cuales el microbio ataca a los organismos, saben que es transmitido por las ratas y, específicamente, mediante el agua contaminada con orina de esos roedores.
Por décadas, las autoridades de Salvador han declarado la guerra en contra de las ratas, animales que dominan en barrios enteros de la ciudad. Las campañas de erradicación de esa fauna nociva no han sido capaces de detener el problema.
Justo por ello es que un grupo de investigadores se ha unido a las autoridades de salud de Salvador para atacar la plaga mediante la genética. Los científicos están estudiando los genes de las ratas de Pau da Lima, una de las favelas más afectadas de la ciudad, para averiguar cómo es que la enfermedad se dispersa a través de la población de roedores.
Al obtener el ADN de ratas capturadas en distintas partes de la destartalada favela, que se extiende sobre cuatro valles, los investigadores pueden determinar cómo es que las ratas están relacionadas entre sí y, finalmente, a cuántas poblaciones se están enfrentando.
Su trabajo puede también ayudar a los exterminadores a saber cómo proceder en situaciones donde las ratas recolonizan sitios que han sido previamente erradicados.
Cuando las ratas se reproducen, sus crías pueden ser identificadas al rastrear las similitudes genéticas que tienen con sus padres. Es como un código de barras, como los usados en los supermercados para etiquetar productos. Las ratas de una región comparten el mismo código de barras genético.
Cuando sus poblaciones se separan a grandes distancias durante mucho tiempo, su ADN comienza a cambiar, creando un nuevo patrón. Los valles de Pau da Lima, sin embargo, están separados por menos de 100 metros, dificultando la tarea de distinguir a los distintos grupos de roedores.
Es por ello que Gisella Caccone, una genetista evolutiva de la Universidad de Yale, era escéptica cuando la invitaron al proyecto. “Cuando me dijeron que los valles (de Pau da Lima) estaban sólo a unos metros de distancia, dije ‘Oh, wow. Están pidiendo mucho de la genética. No vamos a encontrar nada, pero intentemos’. Y luego, admite, “me tuve que tragar mis palabras”.
Caccone y el resto del equipo se sorprendieron al encontrar que más de un grupo de ratas vive en Pau da Lima. También pudieron identificar a algunos migrantes que ocasionalmente se aventuran fuera de su territorio porque presentaban señales genéticas mezcladas. Pero todavía tenían que averiguar cómo es que las ratas se movían por la favela.
Usualmente, los científicos emplean equipos de radio para ubicar a animales individuales, pero es una estrategia muy cara, dice el biólogo conservacionista Jonathan Richardson, del Providence College, en Rhode Island. Los genes pueden otorgar, en esencia, la misma información. “Si observas grandes diferencias genéticas, eso indica que algo está impidiendo que esos animales se muevan a otra área”, comenta.
En 2016, Richardson condujo otro estudio para analizar la distribución de las poblaciones de ratas en Pau da Lima. Después de tomar muestras de ADN de la cola de 706 ratas y mapear sus códigos de barra genéticos a través de la favela, confirmó que dos grupos distintos habitan valles diferentes a cada lado del suburbio. Pronto encontraron la razón: había una avenida separándolos. “Y eso, aparentemente, es suficiente para evitar que las ratas interactúen entre sí o se muevan a otros valles”, dice Richardson.
En conjunto, los descubrimientos pueden ayudar a los exterminadores a planear dónde situar trampas y qué tanto deben concentrarse en un área. En Pau da Lima, por ejemplo, eso implica que pueden erradicar las ratas de valles que estén desconectados del resto del suburbio y estar seguros de que no serán invadidos de nuevo, al menos no muy pronto.
“Si (las ratas) encuentran la manera de regresar –y lo harán, porque nada es para siempre–, lo que la genética puede decirnos es de dónde vinieron”, agrega Caccone. Un código de barras específico puede asignarse a cada población de ratas. “Cuando ves que la mayoría de ratas que regresaron a un sitio provino de un punto A, significa que debe existir una conexión entre ambos lugares”. Al conocer su origen, los grupos de control de plagas pueden ver qué rutas siguieron y diseñar nuevas estrategias para controlarlos.
Esto no significa que las ratas dejarán de atormentar a Salvador o a Pau da Lima. Pero el uso de la genética puede ayudar a la ciudad a combatir las enfermedades que portan de manera más eficiente. “Todos odian a las ratas”, dice Richardson”, pero es clave entenderlas para minimizar el riesgo de que la gente contraiga leptospirosis”.