Rebeca Pérez Vega / Agencia Reforma Ciudad de México Durante más de dos décadas, México ha acumulado muertos, desaparecidos, fosas clandestinas y familias que buscan a sus seres queridos. Sin embargo, para la antropóloga y ensayista Natalia Mendoza, el problema no radica sólo en la persistencia de la violencia, sino en la incapacidad colectiva e … Continúa leyendo Exponen en libro la negligencia institucional ante dos décadas de desapariciones recientes
Junio 16, 2026
Rebeca Pérez Vega / Agencia Reforma
Ciudad de México
Durante más de dos décadas, México ha acumulado muertos, desaparecidos, fosas clandestinas y familias que buscan a sus seres queridos.
Sin embargo, para la antropóloga y ensayista Natalia Mendoza, el problema no radica sólo en la persistencia de la violencia, sino en la incapacidad colectiva e institucional para reconocerla públicamente, nombrarla y elaborar un duelo que permita comprenderla.
Esa reflexión atraviesa El extravío de los signos (Periférica, 2026), libro que reúne una serie de ensayos escritos a lo largo de casi una década y que encuentran en la frontera entre Sonora y Estados Unidos un laboratorio desde el cual observar las transformaciones de la violencia contemporánea en México.
Mendoza conoce de cerca ese territorio. Su familia paterna proviene de Altar, Sonora, una región atravesada por las rutas migratorias y por las economías ilícitas que se desarrollaron al amparo de la frontera.
Como antropóloga, comenzó a realizar trabajo de campo en la zona desde 2005, justo antes de que la violencia asociada a la llamada guerra contra el narcotráfico modificara de manera profunda la vida cotidiana de la región.
“He visto toda la transformación de la guerra, del surgimiento del sicariato, de la desaparición forzada como una técnica cada vez más usada y de los grupos de buscadoras.
“Tengo una perspectiva de bastante largo plazo y también una perspectiva muy interna porque mi familia es de aquí, estudié aquí y conozco la manera en que estas historias se cuentan en las comunidades”, explica la autora, doctora en Antropología Social por la Universidad de Columbia.
Aunque la frontera es el escenario recurrente de los ensayos, el libro busca responder preguntas que cuestionan al país entero.
Sostiene que las categorías habituales con las que se explica la violencia –narcotráfico, delincuencia organizada o crimen– resultan insuficientes para comprender un fenómeno mucho más complejo.
En sus páginas aparecen las madres buscadoras, los peritos forenses, los periodistas que transmiten escenas violentas en tiempo real y los familiares de desaparecidos.
Más que centrarse en las políticas públicas, la autora explora la forma en que la violencia es vivida, interpretada y narrada socialmente.
Uno de los argumentos centrales del libro es que México no ha logrado construir un duelo público frente a la magnitud de la tragedia.
“Durante estos 20 años de guerra ninguno de los gobiernos ha sabido realmente reconocer y dignificar el dolor de los familiares de las víctimas, ninguno ha sabido cómo observar, atender y cómo hacer un duelo público de esa violencia”, afirma Mendoza.
Subraya que esta incapacidad no corresponde a una sola administración ni a un partido político específico. Se trata, dice, de una crisis que ha atravesado distintos gobiernos y proyectos políticos.
Sin embargo, considera que la llegada de Morena al poder representó una posibilidad inédita para modificar la relación del Estado con las víctimas.
“Había una oportunidad histórica de finalmente reconocer el dolor de las víctimas, de incorporarlo e incluso capitalizarlo políticamente. Y no se hizo”, remarca la también autora de libros como Conversaciones en el desierto: Cultura y tráfico de drogas, y Bitácora de un regreso al fin del mundo.
A su juicio, el cambio de discurso prometido por el nuevo gobierno nunca se tradujo en una política pública que colocara a las víctimas en el centro de la agenda e identifica una continuidad que va desde la guerra contra el narcotráfico declarada por el expresidente Felipe Calderón hasta el presente: la tendencia a criminalizar a quienes mueren o desaparecen.
“Siempre ha sido el discurso de ‘los mataron porque andaban en algo’, ‘los desaparecieron porque andaban en algo’, es la criminalización”, sostiene.
Esa lógica, explica, termina degradando la humanidad de las víctimas y dificultando que la sociedad se identifique con el sufrimiento de sus familias.
“No sabemos cómo dolernos como sociedad de esas muertes, aunque hayan sido muchachos que participaron en la venta de drogas o que trabajaron como halcones o incluso como pistoleros; no sabemos qué hacer con el dolor de esas familias”, reitera.
La consecuencia es la ausencia de un reconocimiento colectivo.