Nacido en San Jerónimo, este pintor de un innato talento que descubrió hace apenas cinco años su vocación, reconoce que no sabe de arte y que sólo pinta por encargo para subsistir Roberto Piza Rivera es un pintor autodidacta de San Jerónimo de 41 años que descubrió su pasión por la pintura en caballete … Continúa leyendo Roberto Piza Rivera, de rotulista a autodidacta exponente del hiperrealismo
Héctor Manuel Rodríguez
Diciembre 03, 2005
Nacido en San Jerónimo, este pintor de un innato talento que descubrió hace apenas cinco años su vocación, reconoce que no sabe de arte y que sólo pinta por encargo para subsistir
Roberto Piza Rivera es un pintor autodidacta de San Jerónimo de 41 años que descubrió su pasión por la pintura en caballete después de 15 años de trabajar anónimamente como rotulista en pequeños negocios del puerto.
Hace apenas cinco años que comenzó a pintar con un atractivo estilo que mezcla el hipperrealismo con el surrealismo, aunque él humildemente reconoce que no sabe de técnica, ni mucho menos de las escuelas y corrientes del arte pictórico y que lejos del ambiente de las galerías y exposiciones, reconoce que pinta para sobrevivir y mantener a su familia.
Sin embargo su calidad está fuera de toda duda, pues desde que comenzó a pintar en caballete ha plasmado una treintena de cuadros que ha vendido, en promedio y de acuerdo con su tamaño, en un precio de los 20 a los 60 mil pesos.
Invitado por el pintor, El Sur lo visitó en su estudio de la Plaza Cuauhtémoc, un pequeño espacio en el que se siente a gusto y en donde se observan ocho cuadros terminados –ya vendidos, nos dice– y uno más casi terminado.
–¿Cómo descubriste el gusto por la pintura hiperrealista?
–Yo poco conozco de estilos de pintura, pues empecé de forma autodidacta. Cuando iba en la primaria hacía dibujitos en la tierra, porque era donde tenía facilidades. Todavía no creía yo que fuera lograr algo en el papel, ni siquiera tenía idea de que lo iba a hacer.
“Estudié sólo hasta la secundaria, de ahí me metí de marinero un tiempo, así estuve dos años, pero como ya no me gustaba que me mandaran me tuve que salir y me metí de rotulista”.
“Entonces me dediqué a la pintura y los rótulos y a inicios de los 90 me dediqué por completo, cuando conocí al dueño de esta plaza y con su ayuda hice cerca de 50 pinturas de paisajes, que luego vendí”.
Sobre la fascinación que tiene por pintar figuras en distintos planos, lo que da una idea de simultaneidad o paralelismo existente en un universo herrumbroso, Roberto Piza señala que “al principio sólo pintaba bodegones y paisajes, que lo combinaba con mi trabajo de hacer rótulos, y aunque me dejaba dinero, no me dejaba la satisfacción de estar haciendo lo que en realidad me gusta que son estas imágenes”.
Para Roberto, la venta de un cuadro al que le une un especial afecto, representa una forma de ganarse el sustento económico para su familia.
La pintura para mí, aparte de forma de expresión, es como un medio de subsistencia, pues de aquí logro sacar recursos para continuar pintando y para mantener a mi familia, que son mi esposa y tres hijos, afirma.
“Cada pintura tarda aproximadamente un mes, dependiendo lo elaborado de la imagen. Primero elaboro un boceto en papel, donde dibujo la idea de lo que luego va a ser el cuadro. Ya luego sobre la tela voy poniendo todos los elementos o modificando algunos”.
“A veces, como se trata de pinturas por encargo, me tengo que apurar para entregarlo en el tiempo acordado, que no pase de los 25 días, pero trato de no llegarme a desesperar, porque puede uno llegar a trabajar mecánicamente, entonces no estás sintiendo lo que uno hace.
“De los cinco años que llevo de lleno en la pintura he vendido más de 30 pinturas, aunque al principio pintaba otras cuestiones, como por ejemplo éstas (señala a unos cuadros), que son como bodegones, que era lo que me encargaban.
“Luego fue que comencé a ver este tipo de pintura que llaman hiperrealista y surrealista y me llamó la atención, además de que me la empezaron a pedir, tal vez por la sensación que produce al verla.
–Luego de que vendiste un cuadro, ¿sientes la necesidad de volverlo a ver?
–Sí, además de que cuando lo vuelves a ver, pues después de no verlos cerca un tiempo te da emoción. No creas que me gusta venderlos siempre, qué más daría yo por quedármelos todos, pero es mi forma de subsistir.
“Yo no ando metido en eso de las exposiciones, y no es que no quiera, pues eso te da a conocer, pero será que nunca me han invitado, tal vez por lo mismo de que el trabajo que hago es casi por pedido, y una vez que lo termino no lo vuelvo a ver. Creo que todos mis cuadros están en casas particulares, por eso es que no se conoce mi trabajo”.
–¿Porqué esa constante de animales salvajes y marinos en tus pinturas?
–A mí me gusta mucho la naturaleza, siento feo cuando uno de estos animales sufre. Aparte de que yo nací cerca de la costa, soy de San Jerónimo. Me crié entonces cerca del río, del mar, en el campo, y creo eso fue lo que me motivó para incluir cosas de la naturaleza a mis cuadros.
“Aparte me gustan mucho los peces, por el movimiento que producen y el oleaje del mar. La idea es que quien vea este tipo de cuadros imagine que en realidad el cuadro está pintado sobre algo viejo, una puerta, una tabla vieja, o algo similar, y una forma de unir lo que aparentemente ya no tiene utilidad con algo tan vivo como la naturaleza.
“Otra idea que utilizo por ejemplo en La puerta azul, es mostrar cosas que solo en los sueños podemos ver, y en este cuadro quiero expresar que detrás de esa puerta hay una fantasía.
A mí me gusta que en las pinturas de la idea de movimiento, al igual que de la luz, y algunas personas me han dicho que tienen un acercamiento enorme con la imagen original”, finaliza el pintor.
Allá afuera se escucha el tráfico vehicular y justo frente al centro comercial Cuauhtémoc, se detienen tres, cuatro camiones urbanos, cuyos chalanes invitan a los pasajeros a abrodarlos.
En el medallón trasero muestran esas erupciones de color con imágenes de la más variada temática que los caracteriza, pintadas por las manos creativas de artistas en ciernes que aún no descubren su verdadero talento.