EL-SUR

Martes 11 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión  

Acapulqueña linda / 20 y último

  A la memoria de Manuel Baltazar Avila Sierra, destacado funcionario estatal; hijo del periodista Manuel Ávila González y de doña Rosalinda Sierra, de Tres Palos. Mis condolencias muy sentidas. Minerva Anderson Minerva Anderson Espino y José Agustín Ramírez se conocieron en Chilpancingo; ella estudiante muy aventajada, él maestro muy querido. Minerva inspirará al cantor … Continúa leyendo Acapulqueña linda / 20 y último

Junio 06, 2019

 

A la memoria de Manuel Baltazar Avila Sierra, destacado funcionario estatal; hijo del periodista Manuel Ávila González y de doña Rosalinda Sierra, de Tres Palos. Mis condolencias muy sentidas.

Minerva Anderson

Minerva Anderson Espino y José Agustín Ramírez se conocieron en Chilpancingo; ella estudiante muy aventajada, él maestro muy querido. Minerva inspirará al cantor de Guerrero, a partir de entonces o más tarde, ¿quién lo sabe?, la ofrenda musical titulada Acapulqueña linda. Sin duda el más sentido homenaje a la donosura de la mujer costeña.
Minerva, hija del general Anderson y Onésima Espino, manifiesta una vocación temprana por la docencia. Los padres la atienden enviándola a la Normal de Chilpancingo, bajo la tutoría de Esperancita Alarcón. En realidad, la familia residente en La Unión, cabecera del municipio del mismo nombre, frontera con Michoacán, desean alejarla de la violencia brutal de aquella apartada región guerrerense.
El general Anderson muere asesinado y pasado el tiempo doña Onésima Espino contrae nuevas nupcias. Lo hace con don Francisco Pancho López, un simpático y popular político de La Unión –alcalde, diputado, recaudador de rentas, etc.– quien será un amoroso padre para Mine. Ésta regresa a Acapulco para continuar sus estudios en el colegio Acapulco del maestro Felipe Valle. Allí formará un grupo de bellas y alegres adolescentes con Esperanza Tellechea, Elisa Batani y Tibe Campos, entre muchas.
El periodista Jorge Joseph Piedra, ex alcalde de Acapulco (1960), su condiscípulo, la recuerda así:
Alta, esbelta, hermosa. Morena clara de voz cálida y andar displicente con candencia de palmeras. Sus ojos negrísimos, grandes y almendrados, custodiados por las largas pestañas rizadas. Su mirada tierna y amorosa y su boca semejaba un estuche de coral y de perlas. La cabellera negra y ensortijada.
Minerva Anderson Espino contrae matrimonio con Policarpo Poli Sosa Meléndez, un apuesto joven miembro de una distinguida familia porteña. La pareja se involucra inmediatamente en las actividades sociales de la ciudad, destacando por sus aficiones a las bellas artes, el canto y el baile. Los cumpleaños de cada miembro del grupo son festejados con animados jolgorios, destacando en ellos la música instrumental y las canciones.
Llegado el de Mine, Poli invita muy especialmente al maestro José Agustín Ramírez para que encabece Las Mañanitas para ella. El festejo tiene lugar en el hotel Villa del Mar, en la plazoleta de La Quebrada, propiedad de don Pancho López. Abierta la celebración con las “mañanitas que cantaba el rey David”, el compositor anuncia una canción inspirada y dedicada a la dueña del santo. Mine sonríe y agradece ruborizada.
Acapulqueña linda, acapulqueña,
playera esbelta, pálida y sensual,
en tu mirada ardiente y soñadora
hay un reflejo de tu inmenso mar

Cuando en la playa luces tu silueta
en el milagro de un atardecer
quisiera ser del mar ola coqueta
y tu cuerpo en mis brazos envolver

Quisiera ser la brisa acariciante
que llegara tus cienes a besar
y en tus rizadas crenchas de azabache
un rayo de la luna contemplar

Vuelan en La Quebrada las gaviotas,
pañuelos blancos que dicen adiós
y en el sutil encaje de la costa
te dejé para siempre el corazón

Yo que he nacido en esta costa bella
conociendo su noble corazón,
dedico este homenaje a la costeña
que ha sabido inspirarme esta canción.

Minerva Anderson de Sosa, la “acapulqueña linda y soñadora” muere tempranamente. Su recuerdo volará junto con las notas de la canción que inspiraron sus maneras y hermosura mientras que los suyos venerarán su memoria para siempre. Sus hijos José Antonio, Minerva, las gemelas Olivia y Silvia y Maricela, sus nietos y bisnietos. Sus hermanas María, Herminia, Adalilia y Angélica López Espino, casada ésta última más tarde con Roberto Ayerdi, tío del columnista.

Jerónimo y Solina

Acapulqueña linda como todas, Solina se ha acostumbrado después de tres años de casada a las largas ausencias de su esposo Jerónimo Gálvez, piloto del Galeón de Manila. Ocupa sus días al cuidado del jardín sembrado por ella misma en su casita frente a la bahía. Animadora entusiasta de una agrupación llamada La obra del niño Jesús, elabora ropa para obsequiar a los niños de las muchas etnias que conviven en el puerto. Por las tardes recorre la playa como suele hacerlo con don Jerónimo.
Un bello atardecer, cuando ha pasado apenas una semana de haber despedido a su compañero, Solina es acosada en la playa por un desconocido a quien rechaza con asco y repugnancia. Como aquel insistiera ella le advierte el nombre y la posición de su esposo logrando así frenar al atacante. No faltarán vecinas que ofrezcan pelos y señales del atrevido barbaján, identificándolo como Sebastián de la Plana. Un madrileño recién llegado al puerto ligado al tráfico de plata de Taxco y en busca de damas ricas a quienes conquistar.
Tan desagradable encuentro se repetirá días más tarde, logrando Solina correr para alcanzar su casa pero sin lograrlo. Esta vez los acompañantes del acosador, dos negros musculosos, atrapan a la mujer manejándola como si fuera una muñeca de trapo. La conducen hacia el sitio convenido, una vieja embarcación varada en la playa.
De vuelta a casa, ultrajada, desgarradas las ropas, manchado el cuerpo de tizne y con las huellas del deshonor, Solina llora su vergüenza y toma una decisión inaplazable. Escribe una carta para su marido dándole cuenta del ataque y rogando su perdón. Busca enseguida en la cocina las plantas que ha comprado en el mercado para acabar con los tlacuaches que degradan su jardín Prepara una dosis doble de la acostumbrada y la bebe logrando inmediatamente sus propósitos. Amigos y vecinos se encargarán de darle cristiana sepultura en el panteón local.
Don Jerónimo de Gálvez está de vuelta en Acapulco. Tan pronto amarra en Tlacopanocha la nao Santa Rosa de Lima, es informado del desgraciado suceso redondeado en la carta de Solina. El recio varón es un guiñapo que no para de llorar y lamentarse no saber estado aquí para evitar el martirio de su amada. Maldice y jura venganza. Antes de partir, honra la memoria de su amada con un sobrio monumento funerario y este epitafio: “Gracias por tanto amor, querida Solina. Juro que no moriré sin antes vengarte”.
Gálvez apresura su regreso a Filipinas. En cuanto arriba a Manila contrata informantes para dar con el paradero del victimario de Solina. Éste, De la Plana, desfigurado el rostro por un mal trabajo de un cirujano chino, la barba crecida y cambiado el nombre vive a salto de mata para evadir al vengador. Un informante de Gálvez lo localiza en Macao, pero cuando trata de entrevistarlo se entera de que ha viajado a Las Molucas. Hasta allá viaja instruido por el capitán para ofrecerle llevarlo con una viuda riquísima de Cavite, donde aquél los esperará.
Ante los temores expresados por De la Plana, el informante le asegura que de lo de Acapulco ya nadie se acuerda y que incluso se sabe que el capitán Gálvez murió en California. Entonces el hombre se deja llevar por quien ya es su socio.
Frente a frente

Una vez que ha premiado generosamente a su informante, Gálvez le pide un último favor; llevar con engaños al madrileño a un galeón abandonado en la bahía. No le será difícil porque aquél le habla de un cuantioso contrabando de plata.
Ante De la Plana, Jerónimo de Gálvez se identifica como el esposo de Solina retándolo a batirse en duelo. Ambos desenvainan sus aceros. De una primera lanzada Gálvez casi cercena el brazo izquierdo del madrileño, optando éste por la huida. Trepa con gran dificultad por la jarcia de la embarcación y cuando el capitán está a punto de tocarlo con su toledana cae sobre la cubierta, queda inmóvil con todo el esqueleto dañado. Los ayes de dolor de aquél hombre son desgarradores pidiendo no un médico sino un sacerdote.
–¡Mirala bien, maldito bastardo, exige Gálvez al moribundo restregando en sus ojos la miniatura de Solina. ¡Es la mujer que mancillaste y que por vergüenza prefirió morir!, le recuerda con grades voces.
–¡Mírala, pues será lo último que veas en tu vida!
Y así será, la imagen de Solina, guardada en una misma cartera con un mechón de su cabello y el rosario de bodas estará ante los ojos del miserable aquel hasta que, después de tres días, los cierre para siempre. Don Jerónimo vuelve a su embarcación.
Dos años más tarde, el capitán Gálvez pilotará por última vez el galeón Santa Rosa de Lima, dedicándose luego a peregrinar por la Nueva España con visitas periódicas a Acapulco. Un día su cuerpo sin vida será encontrado abrazado a la tumba de Solina, empuña la miniatura de ella, el mechón de su pelo y su rosario. Escribe su deseo de ser sepultado junto a su amada.
No pasará mucho tiempo para surjan en el puerto voces que juren haber visto a Jerónimo y Solina vagando por la playa.