EL-SUR

Viernes 12 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión  

Anituy Rebolledo Ayerdi

Acapulco, música y poesía VIII Acapulco tropical Acapulco cachito de cielo rinconcito bello a la orilla del mar No creemos equivocarnos si afirmamos que por lo menos ocho de cada diez acapulqueños adultos mayores recuerdan la canción Acapulco tropical. Quizás alguno tenga presente la letra completa, habrá quienes reciten sus primeros versos y seguro que … Continúa leyendo Anituy Rebolledo Ayerdi

Agosto 02, 2012

Acapulco, música y poesía VIII

Acapulco tropical

Acapulco
cachito de cielo
rinconcito bello
a la orilla del mar

No creemos equivocarnos si afirmamos que por lo menos ocho de cada diez acapulqueños adultos mayores recuerdan la canción Acapulco tropical. Quizás alguno tenga presente la letra completa, habrá quienes reciten sus primeros versos y seguro que los más tararearán la melodía. Pero todos emocionados.
Estamos frente a un sorprendente caso de memoria colectiva en torno a un tema musical nacido a mediados del siglo XX, carente por lo demás de todo registro documental o fonográfico. Notas entrañables como pocas para evocar los fastos escolares e imprescindible en las lunadas playeras o en las serenatas a las “noviecitas santas” cuando sus ventanas daban a la calle.
Acapulco tropical, interpretada por Los Tres Caballeros con la prodigiosa primera voz de Leonel Polanco, le pone marco a una pasarela playera de María Antonieta Pons en la película Acapulqueña. La rumbera que vino de Cuba luce en Caleta muslos jónicos, pechos turgentes, cintura breve y cadera vibrátil (¡Ay, Maritoña, de cuántos derrames “cerebrales” fuiste responsables!). Busca una sombrilla para admirar la “playa coqueta” que cantara el maestro José Agustín Ramírez. Una majestuosa instrumentación sinfónica de la pieza remata aquél maravilloso tour escénico.

Paraíso
donde las palmeras
con suaves vaivenes
parecen soñar

Maritoña y Maximino

– Yo conozco esa casa de pe a pa, –podría haber presumido Maritoña señalando la residencia del islote, construida por encima de la Constitución por Maximino Ávila Camacho, el hermano del presidente de la República, Manuel, de los mismos apellidos poblanos (1940-1946). Para entonces ya expropiada a la viuda del incomodísimo.
Y no habría mentido la bailarina llegada a México con escasos 16 años y casada con el gallego director de cine Juan Orol (hoy revalorado en la película El fantástico mundo de Juan Orol). Ella habría sido, según la chismografía del momento, la primera mujer que habitó la discutida residencia acapulqueña. No se aclaraba si como ama y señora o simple huésped, aunque se intuía.
Una estancia coincidente, por cierto, con la presentación de la cubana en el cabaret Cantamar del Hotel de las Américas. Un espectáculo deslumbrante de música y bailes tropicales donde la estrella era arropada por una docena de bailarines y las dos mejores orquestas de México, las de Gonzalo Curiel y Luis Arcaraz
Aquel affaire, si lo hubo, habría tenido un principio violento y escandaloso. Maximino Avila Camacho, secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, envía un ramo de rosas, María Antonieta Pons, la mujer que hace bramar todas las noches a la clientela masculina del cabaret capitalino El Patio. En nota adjunta se declara su ferviente admirador y le solicita una entrevista privada. Un chofer a su servicio la llevaría al lugar de la cita.
Acostumbrada a esta clase de galanteos por parte de “viejos arrechos”, según calificación de su vieja vestidora, la bailarina sonríe aunque conserva las flores y guarda el recado. El envío se repite una y otra vez. El resultado es el mismo no obstante que la dama ya sabe quién es su terco admirador. Un hombre del que se dice: “donde pone el ojo pone la bala”. En Cuba les llamamos “hijosdeputa”, comenta su fiel ayudanta.
Sólo cuando el galanteo de Maximino se coinvierte en molesto acoso, Maritoña pone el asunto en manos de su esposo Juan Orol. El flaquérrimo cineasta, quien tampoco es una perita en dulce, se faja un día la pistola y se dirige al lugar propuesto para la cita, la propia residencia de Ávila Camacho, El Malo.
– Mi señora esposa está indispuesta, –la disculpa Orol frente a una probable reencarnación de Calígula. Vengo entonces representándole para ver en que puede servirle. El saco abierto deja ver la poderosa fusca.
La versión de que Maximino se culipandió frente al director de cine de rumberas y gánsteres, no tendrá seguidores. Conociendo al hermano del presidente de México –un hombre vesánico, padeciendo todas las taras del poder omnímodo–, no faltarán quienes acusen al cubano de un arreglo tan deshonesto como generoso. Les dará la razón una pronta separación de la pareja. ¡“Se la vendió el cabrón padrote”!, conjeturarán aquellos.

Acapulco
donde conocí
a la más linda costeña
que no he de olvidar

¿Y quién es él?

Pero volvamos a nuestra canción Acapulco tropical, cuyo autor logramos identificar, preguntando aquí y allá, hará poco más de una década.
Una primera versión nos la dio el colega Arturo Escobar García, a quien se la había confiado Pablo Medina, mesero con 40 años de servicio del restaurante del Hotel las Hamacas. Según esta, el poema habría sido inspirado por la señorita Graciela Córdova, hija del propietario de la hospedería. Enamorado en silencio de aquella deslumbrante belleza –“el amor en seco es el más cabrón”, definía María Félix–, el poeta sublimará la pasión escondida en una ofrenda para Acapulco y su inalcanzable dama.
–¿El nombre? No, nadie lo recuerda.
Carlos Díaz Bello, un viejo trovador acapulqueño, no dudará entonces en identificar al compositor de Acapulco Tropical como Eduardo Espino. Yucateco, él, laborando como mesero del Hotel Las Hamacas (touché). No estará de acuerdo, sin embargo, con la musa del poeta.

Porque llevo clavados
en el alma
su linda boquita
y su ardiente mirar

–No fue Graciela Córdova –corrigió entonces Díaz Bello–, fue Julia Cadena, del barrio de La Guinea. A ella le obsequió Lalo la canción Acapulco tropical el día que contrajeron matrimonio (¡Ay, los misterios del amor!)
El propio Carlos Díaz abrirá una nueva incógnita al revelar que Eduardo Espino no sabía tocar ni una flauta de carrizo. No pudo, pues, haber hecho una música tan bonita y entrañable, sostuvo. Entonces nos remitirá con Leonel Polanco, quien había cantado la pieza con Los Tres Caballeros en la película Acapulqueña.
–Leonel está de gira –nos informa Cota Lobato. Ella, sin embargo, siempre amable y generosa, ofrece tomar la indagatoria por su cuenta.

De Acapulco
yo quisiera ser
y arrullarte
con esta canción

Cota Lobato cumplirá como las buenas con su encomienda . Al poco tiempo nos entrega el nombre del autor de la música de Acapulco tropical. Se trata de Nicolás Jiménez, violinista y guitarrista de la orquesta de Nacho Malanco, agrupación local que por entonces amenizaba los bailes en el centro social Playa Suave, a una cuadra del hotel Las Hamacas (ajajá).
Y así todo embonará: Acapulco tropical , letra de Eduardo Espino y música de Nicolás Jiménez y dos musas: Graciela Córdova y Julita Cadena.

Ser la ola que muere
a tus pies
ser el dueño
de su corazón

Paraíso
donde
las palmeras…

Acapulco y Manzanero

Armando Manzanero, no obstante ser el mejor compositor mexicano de entre siglos y poder presumir de haber unido con sus canciones millares de destinos, debió recurrir a la sensibilidad de “nuestro” Alvaro Carrillo para conquistar a su compañera del año 2000. “Para Olga, amor mío” dedica un compacto con diez temas del Negro de la Costa cantados por él y al hacerlo deja constancia de su respeto y admiración por la obra de Carrillo. “Tarde o temprano –le escribe–, nos encontraremos donde tú estás y entonces me darás tus comentarios”.
El compositor yucateco –perdonando la digresión anterior–, también le cantó a Acapulco y lo hizo por encargo del Fideicomiso Acapulco, dirigido entonces por el controvertido Guillermo Carrillo Arena (fallecido en este mismo año). La obra manzaneriana pondría marco musical a la inauguración de la remodelación de la Costera y la apertura de una fuente marina sobre El Morro.
Encabezan la ceremonia el presidente José López Portillo y la secretaria de Turismo, Rosa Luz Alegría. Ambos conectan la corriente que lanzará a las alturas un chorro de agua salobre sobre el montículo y no faltarán quienes lo propongan como símbolo del “nuevo Acapulco” (¿Y la Quebrada y la bahía, pendejos?, preguntará gente sensata. Misma que advertirá el peligro de aquel chisguete para el macizo. Sólo cuando empiece a desmoronarse se eliminará el chorro).
Aquél atardecer acapulqueño –decíamos–, Pepe y Rosa escucharon el Acapulco de Manzanero, cogidos de la mano como dos adolescentes. Emocionado seguramente por la canción y tal vez por sentirse envidiado por aquél “viejorrón”, los ojos del viejo garañón harán agua y el mismo la achicará con el dorso de la mano. Ella se le repega y algo le dice al oído.
(Y no es que este escribano gustara de andar levantando sábanas o certificando virginidades, según un periodismo todavía en boga y muy rentable. Sucedió que los organizadores ubicaron a su periódico, Trópico, precisamente atrasito del Presidente y la secretaria. Frente a tan generosísimo derriere ¿a quien podía importarle el mentado chorro? Pregunto.
Será esta la primera ocasión en que se escuche públicamente una grabación del Acapulco de Manzanero. La pareja pudo haberla adoptado como “nuestra canción”, para condenarla al encierro en el baúl de los recuerdos. (El propio Manzanero había compuesto antes una canción para el matrimonio presidencial Díaz-Borja, ¡ay nanita!). O no les gustó y la botaron.
“Haiga sido como haiga sido”, sería deseable el rescate de la canción Acapulco de Manzanero. Dando aviso, incluso, a la Contraloría Federal por haber sido pagada con recursos públicos. ¡Mare!

[email protected] .