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Viernes 21 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión  

Humboldt: ¿turista o explorador?

MAR DE FONDO (Primera de dos partes) Hace días amaneció el Parque de La Reina con un nuevo guardián de bronce que nunca cierra los ojos. No es la primera vez que viene al puerto. Lo tuvimos aquí hace 221 años, a principios del año 1803, proveniente del puerto de Guayaquil, Ecuador, a bordo de … Continúa leyendo Humboldt: ¿turista o explorador?

Abril 17, 2024

MAR DE FONDO

(Primera de dos partes)

Hace días amaneció el Parque de La Reina con un nuevo guardián de bronce que nunca cierra los ojos. No es la primera vez que viene al puerto. Lo tuvimos aquí hace 221 años, a principios del año 1803, proveniente del puerto de Guayaquil, Ecuador, a bordo de la fragata Orúe.
Es Federico Enrique Alejandro de Humboldt, explorador, naturalista, hombre de mundo, embajador de buena voluntad y, muy importante, divulgador de la ciencia de su época. No era un simple turista. No señor.
De él se puede decir que era el hombre universal de su tiempo, educado en las mejores universidades de Europa, y que siendo heredero de una fortuna familiar considerable, decidió dedicarse a la exploración y descripción del mundo natural del relativamente recién descubierto continente Americano, del cual en Europa se conocía poco o en una mezcla de observaciones de la vida real junto con una plétora de quimeras míticas que se plasmaban en las publicaciones de la época.
Antes de llegar a Acapulco había viajado por territorios que ahora son países como Cuba, Colombia, Venezuela, Ecuador y Perú, en conjunto asiento de la mayor expresión de biodiversidad del planeta, y con los ojos aún saturados de las maravillas naturales del sur del continente fue que arribó a Acapulco. Nada lo preparó para lo que lo que le esperaba en México.
Tuvo la suerte de presenciar la partida del Galeón de Manila, de seguro maravillado por asistir a la concurrencia pacífica de tantas razas que todavía no se hermanaban genéticamente en el activo proceso de mestizaje que se daba en la Nueva España. El parloteo en multitud de idiomas asiáticos, europeos y americanos debió haber sido espectacular, como también la mezcla de humores, platillos y condimentos, literalmente, de todo el mundo conocido que participaba en esta primera etapa de globalización que conoció el planeta.
De que era más que un turista, no queda duda de eso. Un turista en un destino se divierte, descansa, consume recursos y produce desechos, dejando tras su visita sólo residuos a su paso. Nuestro viajero-explorador se dedicó a recabar información, ejemplares de flora y fauna, observaciones geofísicas, topográficas, batimétricas, mineralógicas y de la población humana y su desempeño social, y tomado de la mano de naturalistas como Alejandro Malaspina y varios sabios latinoamericanos, poco a poco abandona el camino a trote ligero del simple acopio de ejemplares para comenzar a llevar a cabo esquematizaciones con alcances a nivel regional e incluso planetario, resultante que era de esperar de un observador que en su haber contaba con viajes en varios países del orbe.
Este acervo fue plasmado en forma de trabajo científico en el Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, aportación de gran calado a la ciencia del siglo XIX y referente todavía de la ciencia del siglo XXI, el cual cuenta con cinco tomos. Otros trabajos fueron también publicados a lo largo del tiempo gracias a sus recorridos por el continente Americano : Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente (34 tomos), Viaje a las regiones tropicales del Nuevo Continente (10 tomos), Kosmos (5 tomos), Ansichten der Natur (2 tomos), Vues des Cordillères et monuments des peuples indigènes de l’Amérique (2 tomos) y el Atlas géographique et physique du royaume de la Nouvelle-Espagne. Definitivamente, Humboldt no era sólo un turista.
Siempre acompañado en campo por el eminente botánico y médico francés Aimé Jacques Alexandre Bonpland y por el científico ecuatoriano Carlos Montúfar de Larrea, apoyado además en la laboriosa tarea de clasificación por el botánico inglés Carl S. Kuhnt, la visión que se tenía de la naturaleza en aquella época se ampliaba de manera vertiginosa gracias a las detalladas observaciones del equipo que en conjunto firmaba con las iniciales “HBK”, demostrando con esto que la ciencia es una actividad colectiva y altamente colaborativa.
Ipomoea hederifolia HBK (Campanilla morada), Gossypium hirsutum HBK (Algodonero), Heliotropium indicum HBK (Hierba de San Juan), Cassia alata HBK (Candelilla), Bocconia frutescens HBK (Planta de sangre), Guaiacum coulteri HBK (Guayacán), Senna alata HBK (Candelilla), Acacia farnesiana HBK (Mezquite dulce), Solanum americanum HBK (Trompillo), Ipomoea cairica HBK (Campanilla de la India) son algunas de las especies botánicas que fueron registradas por el equipo en esos breves e intensos días que permanecieron en el puerto, los cuales fueron muy benéficos para la ciencia de la época.
Uno de los productos más conocidos de este esfuerzo científico fue la elaboración de una muy detallada infografía que representa la distribución de las Zonas de Vegetación de Sudamérica con respecto al clima, a la latitud y la altitud, la cual demuestra de manera gráfica como es que estas variables del mundo físico influyen en la distribución y abundancia del mundo biológico. Muchas de sus reflexiones impactaron profundamente en la ciencia de su tiempo y siendo un hombre de mundo tuvo el buen tino de saber cómo hacer llegar esos conocimientos al público en general, pues además de tener una buena presencia tenía fama de ser un buen conversador y aún más excelente narrador. Si el barón hubiera vivido en esta época de seguro hubiera sido una estrella sólida y preferida de las redes sociales. Sus impresos publicados en francés –el lenguaje “culto” de la época– eran referentes de lectura obligados a la gente que viajaba hacia el nuevo continente.
Los escritos de Humboldt brincan con agilidad de la parte estrictamente científica plagada de datos duros a las descripciones surgidas de la admiración profunda que inspiraba la belleza del paisaje.
Ejemplo de lo anterior es la descripción magistral de la bahía de Acapulco, en donde dijo lo suficiente pero no demasiado: El puerto de Acapulco forma una inmensa concha cortada entre peñascos graníticos abierta al sur suroeste que tiene de este a oeste 6000 m de ancho. De otra parte, estas costas peñascosas son tan escarpadas que un navío de línea puede rozarlas sin ningún riesgo porque casi en todas partes hay de 10 a 12 brazas. Pocos sitios he visto en ambos hemisferios que presenten como Acapulco un aspecto más salvaje y aún diré más lúgubre y romanesco, rematando después con : El magnífico puerto de Acapulco, donde los galeones españoles arrojan el oro del Perú y la plata de Nueva España, apenas tiene defensa contra los vientos del este. Sin embargo, el puerto es un espejo tranquilo, y cuando el sol se pone detrás del pico de la montaña de la Cruz, la vista desde la fortaleza es maravillosa.
La referencia textual de su visita a La Roqueta también fue plasmada en su obra: La Isla de la Roqueta es un islote rocoso situado frente al puerto de Acapulco. Su forma y la naturaleza de sus rocas son notables. La isla es un lugar de paseo para los habitantes de Acapulco y es famosa por sus cuevas y formaciones rocosas, que han sido erosionadas por el oleaje del Pacífico durante siglos.
Esto parece suficiente como indicativo de que el barón tuvo que haber desembarcado en La Roqueta, porque la isla es un rasgo geográfico muy relevante a nivel regional. Se sabe que estuvo alrededor porque existen mediciones batimétricas –del fondo marino– compartidas con un cartógrafo de Malaspina de nombre Dionisio Alcalá Galiano, con el cual Von Humboldt confeccionó uno de los primeros mapas de la bahía en la que el trazo es muy cercano a las representaciones cartográficas actuales. Suficiente mérito entonces para ingresarlo en un lugar de honor que se tiene en la isla de La Roqueta para los pro hombres que la visitan y algo bueno han dejado para el puerto.