Yanireth Israde / Agencia Reforma Ciudad de México Ante un mundo que arrasa y destruye, el artista méxico-japonés Kiyoto Ota (Sasebo, 1948) opone una obra de resonancias poéticas que apuesta por la vida, el juego, la libertad y la sorpresa. “Hay muchos problemas y gente que no es feliz, entonces busco que mi escultura tenga … Continúa leyendo Con su arte, que reimagina la bomba atómica, el escultor Kiyoto Ota llama a respetar la vida
Agosto 20, 2025
Yanireth Israde / Agencia Reforma
Ciudad de México
Ante un mundo que arrasa y destruye, el artista méxico-japonés Kiyoto Ota (Sasebo, 1948) opone una obra de resonancias poéticas que apuesta por la vida, el juego, la libertad y la sorpresa.
“Hay muchos problemas y gente que no es feliz, entonces busco que mi escultura tenga algo de humor, de emoción que ayude”, plantea en entrevista el escultor radicado en México desde hace 53 años y quien recibirá hoy la Medalla Bellas Artes que otorga el INBAL en reconocimiento a su trayectoria.
Ota ha hecho, por ejemplo, úteros de madera que ofrecen un remanso cuando el visitante se instala en ellos y lo envuelve en el aroma a cedro y en la luz que se filtra por los intersticios.
En Japón, dice, existe un término para designar el paso de la luz solar entre las ramas y las hojas de los árboles: “Komorebi”.
“Es una luz que tranquiliza, porque no es directa, y cuando los árboles se mueven, la luz cambia.
“Estos efectos de luz, el aroma y el tacto de la madera crean una energía que hace que la gente se calme”, describe el creador sobre la sensación de alivio que producen estas piezas de la serie denominada Úteros.
Ahora trabaja en un par de creaciones que invierten el sentido destructivo de las bombas lanzadas hace ocho décadas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki –en cuya prefectura nació hace 77 años– durante la Segunda Guerra Mundial, para convertir a Little boy y Fat man, nombres clave de estas armas atómicas, en instrumentos de paz.
Tras el catastrófico estallido del 6 y el 9 de agosto de 1945 en estas urbes, la pesadilla del ataque estadunidense sobre Japón se extendió por años, debido a las secuelas de la radiactividad y las enfermedades que produjo, a las que se sumaron la discriminación y los prejuicios hacia los sobrevivientes, porque se creía que podían contagiar su mal, relata Ota.
“En Nagasaki hay un museo de la bomba atómica y me pareció muy impresionante mirar, en los muros, las sombras de la gente que desapareció”.
La temperatura, que alcanzó el millón de grados centígrados, hizo que algunos cuerpos y objetos que recibieron la explosión se esfumaran, pero dejaran su silueta, el llamado “efecto sombra” o “sombra radioactiva”.
“Han pasado 80 años, no quedan muchos sobrevivientes (de los bombardeos) y sentí que debía hacer eco de sus voces. Mi mensaje es: ‘Hay que respetar la vida, no matar’”, enfatiza durante una entrevista en su casa y taller en el poblado de San Miguel Ajusco, en Tlalpan.
La edificación de ladrillo irradia vitalidad apenas trasponer la puerta, desde la alegría desbocada del perro, la nube de abejas sobre la lavanda en el jardín o el pino que Ota sembró 30 años atrás y que ahora no sólo se alza imponente, sino que produce piñas gigantes, sin olvidar el aroma del café o la luz natural que ilumina el espacio.
Entrar a su casa, en realidad, es como instalarse en uno de sus “úteros”.
Al cobijo del portentoso pino, Ota trabaja en Fat man, una pieza ovoide esférica que remite en su forma a la bomba de Nagasaki, pero su interior porta 19 cubetas, un instrumento tan cotidiano como útil y asociado con la vida, porque transporta agua o comida.
Esta obra en proceso, junto a su par Little boy, formarán parte de Objetos extraños, una serie que exhibirá en el próximo Festival Internacional Cervantino, en Guanajuato, y que también integra un avión bombardero B2 hecho en 2024 con cimbra y provisto de una carretilla que dispara cocos para sembrarlos, buscando que germinen palmeras: alienta la vida no la muerte.