A pesar de la oposición de su segunda esposa, las hijas del artista Ximena, María José y Mariana, fueron invitadas por la secretaria de Cultura a que le hicieran guardia de honor
Francisco Morales V. / Agencia ReformaCiudad de México
Julio 05, 2017
Con la mano derecha, socarrón y galante, José Luis Cuevas se tuerce el bigote y mira a la cámara. En la fotografía, a perpetuidad, en ese blanco y negro, el Gato Macho sostiene la última de sus risotadas: la de la victoria.
Si uno se para al centro del vestíbulo del Palacio de Bellas de Artes –el “Teatro Blanquito”, como él se burlaba– y mira hacia arriba, la gigantesca imagen en la que se ríe, colgada desde el primer piso, apenas deja ver el mural de Siqueiros, su eterno rival, que suele dominar la planta.
Al pilar de La Generación de la Ruptura le rinden un homenaje luctuoso en el epicentro del muralismo mexicano. El enfant terrible tomaba el templo por asalto.
Ante el micrófono de los discursos, Fernando González Gortázar dice que el que su amigo, fallecido el lunes a los 86 años, sea despedido entre adversarios no significa confrontación.
“Significa una sola cosa y ésta es importantísima: la continuidad de una cultura. Digamos que los muertos se reconcilian con los muertos, pero no sólo eso: se reconocen como parte de ese reloj gigantesco y siempre cambiante que es la cultura mexicana”, dijo.
Para los vivos, sin embargo, reconciliarse es más difícil y, a veces, de plano imposible.
Horas atrás, mientras las cenizas de Cuevas viajaban en una carroza fúnebre de porte clásico hacia el Palacio, sus tres hijas, Ximena, María José y Mariana –quienes acusaban el secuestro de su padre por parte de su segunda esposa, Beatriz del Carmen Bazán–, comenzaban, ellas también, la toma de Bellas Artes.
Para ese momento, las hostilidades ya habían sido declaradas: en el servicio funerario del que partió la carroza, una lista llevaba sus tres nombres bajo el membrete: “No tienen permitido el acceso”.
Sobre Bazán, viuda de Cuevas, defendida hasta la muerte por su esposo, penden acusaciones de las tres hijas por mantener a su padre supuestamente incomunicado durante años, bajo condiciones de maltrato y prohibiéndoles las visitas.
El propio artista, por otro lado, las acusó a ellas de calumniar a la esposa. En 2013, ambas partes intercambiaron incluso demandas civiles.
Las tres Cuevas, junto a familiares y amigos, llegaron al recinto antes que Bazán, se distribuyeron por todo el espacio y esperaron. Una cámara semi profesional estaba lista entre los deudos para registrarlo todo.
Se abrieron las puertas del vestíbulo y, tras las cenizas, ingresaron la viuda, los titulares de las secretarías de Cultura federal y local, María Cristina García Cepeda y Eduardo Vázquez Martín, así como la directora del INBA, Lidia Camacho, y los dos subsecretarios de la Secretaría de Cultura, Saúl Juárez y Jorge Gutiérrez.
La solemnidad de esa primera guardia de honor no tardaría en romperse.
Tras tomar asiento la viuda, García Cepeda extendió la mano hacia la fila opuesta de sillas, en señal de invitación, y las tres Cuevas se aproximaron blandiendo rosas blancas, justo cuando los deudos afines rompieron en gritos de júbilo, a los cuales se unirían ellas con gritos propios.
Mientras Ximena, con las pulseras de cuero de su padre en la mano derecha, alzaba los brazos en “v”, en clara señal de victoria, Bazán, visiblemente enojada, le mostró la espalda.
“¡Arriba las Cuevas!” y “¡No están solas!”, se gritó por todos lados. “¡Arriba Bertha!”, se coreó también, en referencia a Bertha Riestra, la madre de las hijas del artista.
Del claro enojo, el rostro de Bazán pasó a un franco desconsuelo conforme transcurrió el homenaje, pero ya no dijo nada. García Cepeda y Vázquez Martín, también presentes en la guardia de las hermanas, se mantuvieron quietos con un rictus de incomodidad notoria.
También al micrófono, el poeta Homero Aridjis, quien fue amigo de Cuevas, aunque también fue denunciado por él como calumniador de su esposa, recordó que la última vez que lo vio sintió que ya no era el mismo, como si estuviera fuera de sí.
“Yo lo veía, realmente, como el artista, el amigo, secuestrado”, expuso. “Era otro, y entonces dije, ‘¿Qué le pasó?’. Yo lo recuerdo, para decirlo con mucha crudeza, con la anécdota de Carlota, (porque) cuando Carlota se enloqueció en México decían que le habían dado toloache”.
El discurso de Aridjis, en el que también cuestionó que su amigo fuera cremado tan pronto, fue vitoreado por las Cuevas, su familia y el grupo de amigos que armaron bloque con ellas.
Bazán se fue sin declarar nada a la prensa, antes incluso de que las cenizas abandonaran el vestíbulo.
Ximena, a nombre de sus hermanas, se dijo en paz: “Mi papá ahorita está en el lugar más maravilloso. Todo lo otro quedó atrás”, afirmó.
Desde las alturas, en perpetuo blanco y negro, Cuevas se retorcía el bigote y sonreía. Un maestro de la polémica, y su funeral acorde.