En distintas partes de Guerrero creó una obra muralística que, sin embargo, no ha sido debidamente valorada Ismael Catalán Alarcón “Ahorita todavía estoy aquí bueno y sano y puedo en cualquier momento, sin cobrar un sólo centavo, restaurar el mural que está ubicado en el Ayuntamiento de Tixtla, en el estado de Guerrero. El problema … Continúa leyendo Jaime Gómez del Payán, un pintor tixtleco nacido en Aguascalientes
Abril 07, 2004
En distintas partes de Guerrero creó una obra muralística que, sin embargo, no ha sido debidamente valorada
Ismael Catalán Alarcón
“Ahorita todavía estoy aquí bueno y sano y puedo en cualquier momento, sin cobrar un sólo centavo, restaurar el mural que está ubicado en el Ayuntamiento de Tixtla, en el estado de Guerrero. El problema va a ser cuando yo ya no esté aquí”, expresó casi proféticamente el pintor Jaime Gómez del Payán en una entrevista realizada en septiembre de 2002; un año después, el 28 de septiembre, Gómez del Payán perdía la vida, en la misma ciudad de Tixtla; ninguna autoridad, ni las perredistas, ni las priístas le tomaron la palabra para que concluyera y restaurara los hermosos murales, que quedaron con un avance del 98 por ciento.
Pero, ¿quién era Antonio Gómez del Payán?
Nació el 13 de septiembre de 1940 en el estado de Aguascalientes. Fue su madre, la señora Aurora Medina Chávez, de quién aprendió el manejo de los caballetes, pinceles, pinturas y trabajos manuales. Ella, era profesora. Su padre Mauro Luis Gómez del Payán, que era militar de alto rango, le inculcó la disciplina y el amor a los museos y a las academias.
La familia tenía una granjita de gallinas, y el pintor recordó que amó entrañablemente al estado de Guerrero y que cuando él tenía 10 años de edad, falleció su madre, lo que lo desestabilizó emocionalmente.
Recuerda que por ese entonces, a los 12 años, entró en conflicto con su padre por algunas aves que se había robado. Así lo recuerda:
–Las tomé a hurtadillas. Me pagaron 5 pesos por cada una. Junté 40 pesos. N’ombre, yo no sabía si comprar el Palacio Nacional o el Palacio de Bellas Artes. Me sentía muy rico.
Por temor a una felpa, decidió ir a la ciudad de México en busca de fortuna y de su abuela. En unos días, su fortuna se agotó. No encontraba a su abuela. Vivía como podía. Muchas veces “tuve que tomar agua de la llave para mitigar la sed y el hambre. Dormía en un viejo carro Ford 1930, allá por la Villa. Al amanecer, me levantaba y me salía de allí, antes de que salieran los dueños; hacía un frío de la fregada”.
Sin embargo la suerte le cambió pues posteriormente encontró a su abuela, quien lo inscribió en un internado de Guanajuato.
En ese lugar el maestro José Rosas Juárez, le enseñó las técnicas de dibujo y pintura elemental. Y dice: “en esa escuela me metí de grillo, pues había un prefecto que nos trataba muy mal. Yo tenía mayor conciencia. Lo que aprendí en la calle me dio una madurez muy especial. Corrimos al prefecto”.
A pesar de tener un promedio de calificación de 10, Gómez del Payán intentó hacer estudios normalistas.
Sin embargo la directora le advirtió: “Mira, tu eres un muchacho muy inteligente, hay becas, pero no te voy a inscribir. Mi internado está bien tranquilo y así lo quiero mantener”. Regresó a Guanajuato y de ahí a su tierra en donde su padre lo recibe con amargos recuerdos.
Empezó a estudiar en el Instituto de Ciencias Autónomo (hoy Universidad de Aguascalientes). Mientras estudia allá, se gana la vida pintando y dibujando todo lo relacionado con las corridas de toros.
Unos meses después volvió a tener diferencias con su padre y regresó a la ciudad de México en donde empieza a trabajar en una fábrica de radios intercomunicadores.
El gerente del lugar había sido novillero y lo incita a que le entre al mundo de la fiesta brava: “se juntó el hambre con la necesidad. Me volví torero de fin de semana, hasta que después de la cuarta corrida me trompicó un toro, y me retiré a insistencia de mi abuela”.
El maestro Gómez del Payán, antes de iniciar sus estudios formales de pintura, fue agente de ventas y fotógrafo por necesidad. En 1962, con grandes dificultades comenzó sus estudios de pintura en la escuela de artes La Esmeralda.
Por ser un brillante estudiante, desde el segundo año lo convocaron para trabajar como decorador y pintor en el Museo Nacional de Antropología e Historia de la ciudad de México que estaba en construcción. Luego, en el puerto de Acapulco realiza tres murales, de los cuales al parecer sólo sobrevive el del hotel Cantamar con el tema La cacería del venado en las tierras mayas.
Como pintor, existe obra suya en todo México, Guatemala, Costa Rica, El Salvador, Panamá y Honduras. En Japón, donde Gómez del Payán fue un ídolo, hay abundante obra de él.
Su obra plástica en Guerrero
En 1970 Gómez del Payán conoce Tixtla por primera vez a invitación de quién con el tiempo sería su compadre: el actual diputado local Joaquín Mier Peralta.
Ahí prueba el mezcal, el fiambre, el pozole y la rica cultura de los Guerrerenses, y decide quedarse a vivir ahí por temporadas grandes hasta su inesperada muerte, ocurrida el 28 de septiembre del año 2003.
Son varias decenas de obras pictóricas que el maestro Gómez del Payán vendió u obsequió en el estado de Guerrero. Pero lo que más destaca son sus murales en el Ayuntamiento de Chilpancingo y los 730 metros cuadrados del hermoso mural ubicado en el Ayuntamiento de la ciudad de Tixtla, mismo que fuera iniciado en marzo de 1984 y semi concluido cuatro años después.
Un ejemplo del amor que el maestro Gómez del Payán tuviera a la ciudad de Tixtla y a su gente, fue que por esos bellísimos Murales, no cobró ni un sólo peso por su trabajo creativo. El acuerdo con la Asociación Nacional de Tixtlecos y Amigos, que presidía Joaquín Mier, fue que él regalaría su talento y tiempo y la Asociación le otorgaría los materiales y el hospedaje.
¿Sabe usted amigo lector cuál sería el costo económico de esos 730 metros cuadrados de pintura mural? Unos meses antes de su fallecimiento, el maestro me comentó que al concluirlos a fines de la década de los ochenta, era de 7 millones 300 mil pesos. Sin embargo el costo actual, asciende a 16 millones 60 mil pesos. Así es que hay que valorarlos y cuidarlos.
Para concluir, hay un pequeño-gran detalle: el Maestro Gómez del Payán ya no vive. Difícilmente se encontrará a alguien con las tablas y moral del maestro que lo restaure sin cobrar honorarios.
¡Bólas compadre! decía él.
Hasta siempre.