La danza de las milpas que realizan los nahuas de Chiepetepec de este municipio es un rito de fertilidad. Es el triunfo del maíz sobre el hambre del pueblo. San Miguel Arcángel es la fertilidad, el diablo o el mayantli, es el hambre que huye, tras ser derrotada. La víspera del jueves 28 se festejó … Continúa leyendo La Danza de las Milpas de La Montaña, festejo en honor a San Miguel Arcángel ligada al culto al maíz
Carmen González BenicioTlapa
Octubre 03, 2006
La danza de las milpas que realizan los nahuas de Chiepetepec de este municipio es un rito de fertilidad. Es el triunfo del maíz sobre el hambre del pueblo. San Miguel Arcángel es la fertilidad, el diablo o el mayantli, es el hambre que huye, tras ser derrotada.
La víspera del jueves 28 se festejó como se acostumbran las fiestas religiosas, para el 29 “ya no habrá nada”, dicen los paseantes.
San Miguel Arcángel es la imagen que la iglesia católica muestra en sus pinturas, cuadros con el traje de guerrero o de soldado centurión, o como el príncipe de la milicia celestial como es considerado por la iglesia católica.
Por eso el ambiente es de fiesta; las camionetas mixtas y el transporte público de la región, así lo evidencian. Ancianos, mujeres, jóvenes y niños abordan los vehículos con velas y ramos de flores.
El destino puede ser la comunidad de Tototepec, Aquilpa, Tlapa, Iliatenco, Petlacala, Axoxuca… cualquiera de esos pueblos donde tengan familia o una invitación, pues, no hay lugar que no festeje a San Miguel.
La comunidad de Chiepetepec del municipio de Tlapa no es la excepción. Es un poblado nahua que se encuentra a orillas de la carretera federal Tlapa-Chilapa. Su población es jornalera y conforme avanzan los meses del año se va quedando semi vacía por la migración de los indígenas a los campos de Sinaloa.
Cuarenta minutos bastan para llegar allá. La carretera está rodeada de terrenos de siembra donde las milpas responden a los movimientos del viento y el sol refleja el verde de los campos.
Un anuncio informa entre la siembra que ahí se utilizó biofertilizante; una modalidad que ha impuesto el gobierno del estado para recuperar los suelos y por su bajo costo.
“San Miguel es el salvador del pueblo. Por eso hoy nos despedimos de los ángeles del cielo que nos vinieron a ayudar. El agua ya nos dio la vida otra vez, por eso festejamos” expresa el comisario Agustín Martínez Rivera.
La Danza de las Milpas o el elote
El ritual de la Danza de las Milpas es para que los feligreses agradezcan a Dios que ya tienen alimento, es el agradecimiento al nuevo fruto. Ahí se dan las gracias a la nube, la lluvia, el arcoiris, el viento, el sol y a todos los trabajadores de la siembra: las cuerdas y el machete, entre otras.
Las milpas son la expresión de la feminidad de la naturaleza que da el fruto y las mujeres son el símbolo de la fertilidad.
El ritual inició en la iglesia del pueblo. Con un rezo. En peregrinación con San Miguel se encaminaron al cerro llamado en nahuátl Tlatlatoaya que en español puede interpretarse como remolino o movimiento del cerro, explicó el maestro Celerino Avilés López, originario de esa comunidad.
Un nombre que hace algunos años correspondía al lugar porque las mujeres podían moverse a lo largo de todo el terreno, en remolino, de izquierda a derecha y viceversa para darle gracias al mundo. Ahora, un vecino les arrebató la mitad del espacio al posesionarse del lugar y construir su casa, lo que restó movimiento a las danzantes.
Las mujeres entre ancianas y niñas llevaban su milpa en sus manos, amarrada al rebozo que entrelazan en su cuerpo para soportar el peso y poder ejecutar el baile.
Tiempo después, arriba, abrazadas por los rayos del sol esperaban. Mientras tanto, se incorporaban más mujeres que llegaban presurosas, jadeantes con milpas entre sus manos.
Los cohetes se dejaron escuchar justo cuando el sol estaba en la cumbre. El tlanosketl –hablador de la lluvia o pedidor de la lluvia– inició el ritual colocándose frente donde sale el sol. Con un movimiento reverencial comenzó la purificación de las danzantes.
Un olor a copal invadió el ambiente mientras el Tlanosketl se perdió entre aquellas milpas con pies de humanos, que esperaban pacientes, la purificación.
Volvió al punto de partida y los cohetes empezaron su cantar y con él el anunció del baile.
La banda San Martín dejó que el trompetero y sopranero mandaran a la ejecución de los sones de La danza de la milpas para acompañar a las milpas danzantes que se movían de un lado a otro acariciadas por el aire.
Bailarán tres piezas, comentó el maestro Celerino Avilés López que se encontraba cerca. “Es la tradición”, dijo.
Se le preguntó el nombre de las piezas y respondió que sólo la conocían como las que acompañaban La danza de las milpas. “Así es desde que nací”, agregó.
Nuevamente la pregunta ante el desconocimiento del ritual. ¿Por qué sólo bailan las mujeres? La misma respuesta. “Así es la costumbre”. Más tarde la respuesta llegó: son el símbolo de la fertilidad.
Agregó “después cada quien se va a su casa a dar de comer a las cosas que sirvieron para la siembra: el machete, la cuerdas, la coyunda, a todo lo que se utilizó en agradecimiento por los frutos obtenidos”.
Los cuestionamientos siguieron. La primera pieza, la segunda y una tercera donde ya el sudor mojaba los rostros por el esfuerzo hecho. Las ancianas mostraban experiencia en la danza, conectadas con los dioses. Sus milpas adornadas con pan rojo de Chilapa o de Axoxuca, las velas, las flores.
Se dejaron de escuchar los tres Sones. La banda apagó sus sonidos e inició la dispersión de la multitud. La mayoría acompañó de vuelta a San Miguel a su iglesia (Miguel significa “Quién como Dios”). Y la iglesia lo llama el gran defensor del pueblo de Dios contra el demonio, es el ángel guerrero, el conquistador de Lucifer, poniendo su talón sobre la cabeza del enemigo infernal, amenazándole con su espada, traspasándolo con su lanza, o presto para encadenarlo para siempre en el abismo del infierno quien recorrió sobre los brazos de los hombres las angostas y polvosas calles del poblado.
En el trayecto se escuchó el tin tin del carrito del vendedor de paletas Bon ice, que ante el calor fueron compradas por una decena de personas.
Luego siguió el rezo durante el trayecto, en la iglesia y después dejaron a San Miguel para salir presurosas a darle la ofrenda a los trabajadores o instrumentos que participaron en la siembra: el mole, los tamales y el aguardiente.
Francisco Cervantes Sánchez, un habitante de la comunidad dijo que la celebración iniciaba por la mañana con el café, el pancito que le daban a los instrumentos de trabajo. “Por eso quien tiene su siembra lejos, desde ayer en la noche fue a cortar su milpa para llevarla a la danza. Los que la tenemos cerca, hoy la cortamos”, explicó.
Agregó “al rato se dará la cena, la ofrenda en la comisaría, ya mañana no habrá nada”.
Esta celebración es la mezcla del sincretismo que tienen las comunidades indígenas, la mezcla del ritual con las fiestas religiosas, su relación necesaria para mantener la tradición, la historia de un pueblo y la fuerza para vencer a los demonios con una oración: “San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes, y tú príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno con el divino poder a Satanás y a los otros espíritus malignos que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén”.