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Lunes 17 de Agosto de 2026

Guerrero, México

Cultura  

La Siempre Viva en el Cervantino: engendradora de dioses, temores y risas

La obra, del colectivo Factótum Escena, se inspira en la figura de Coatlicue, pero en una aterradora versión clown, que saca al público de su “mortal indiferencia”

Tatiana Maillard / EnviadaGuanajuato

Octubre 18, 2017

Pocas veces el público tiene ante sí una disyuntiva como esta: el pánico que genera una deidad prehispánica con falda de serpiente y collares de corazones humanos, o el terror a los payasos. El pasmo que despiertan las figuras temibles del panteón mexica, con sus lenguas de culebra, sus escamas emplumadas, sus vísceras descubiertas o sus cuerpos desmembrados, no se comparará ¡jamás! con el espanto que sube por la garganta cuando se hace contacto con los ojos del clown: sabes que te arrastrará hacia su dinámica y, sin realmente quererlo, acabarás realizando alguna payasada.
El contacto con el público, le dicen.
La Siempre Viva y sus más de 400 hijos es un espectáculo de esos. Se inspira en la figura mítica de Coatlicue, la madre Tierra, engendradora de los dioses, emblema de la fertilidad y también de la muerte. Karla María Blanco Díaz, actriz e integrante del colectivo Factótum Escena, es la encargada de interpretar a La Siempre Viva, versión clown de Coatlicue.
El teatro Cervantes, en el corazón de Guanajuato, está casi lleno. Butacas ocupadas por personas que asisten al Festival Internacional Cervantino y que hace ya un rato dejaron de ser niños. La música de cabaret es el preámbulo para que La Siempre Viva emerja como una presencia anciana, con el cabello cano de estropajo (un estropajo real), zapatos de tacón metálicos donde nadan dos pies diminutos, lentes de aumento (que seguramente desconocían los dioses antiguos) y ayoyotes (cascabeles que usan los concheros) en las piernas.
Factótum se conformó en 2006 como colectivo artístico en Guanajuato. Desde entonces sus integrantes –Karla María Blanco, Ángel Ortiz, Sofía Grimaux y colaboradores– han desarrollado proyectos escénicos junto con compañías locales y nacionales, así como venezolanas y colombianas.
Cuatro son sus producciones teatrales: Los mochados, Terror, cuentos escénicos, Molière por ella misma y La Siempre Viva, que fue ideada en 2013 como un espectáculo para plazas públicas. Con esta obra, el colectivo se ha presentado en el Festival Internacional de Teatro de Calle (Zacatecas), el X Concurso de Teatro La Alacena (Xalapa) y el Festival de la Muerte (León).
A La Siempre Viva le consterna la “mortal indiferencia” en la que viven sus descendientes. Uno puede interpretar vagamente a qué se refiere: la displicencia, el desinterés por el entorno o por los semejantes. Ah, pero aquí está ella, con toda su carga festiva de payasa cósmica, para encontrarle solución, que prácticamente es… oh, no. Por favor, no me hagas participar.
Coulrofobia. Así se llama el miedo irracional a los payasos. Una acelerada y superficial búsqueda en Internet expone que las causas pueden ser diversas: el maquillaje exagerado, las pelucas y el estrafalario atuendo. O el comportamiento impredecible. También, esa sonrisa tan, tan extraña en ese rostro tan, tan blanco. O la risa –la de La Siempre Viva es aguda y tintineante–. Pero lo que más asusta son las dinámicas de interacción. Y con La Siempre Viva eso ocurre de principio a fin, es decir: durante 55 minutos de espectáculo.
La Siempre Viva y sus 400 hijos es una puesta en escena  que –sinteticémoslo así– celebra la vida. Coatlicue transita de ser una diosa enamorada, a una mujer despechada y vengativa. Y de ahí, pasa a ser la mujer que vive sola en el cerro de Coatepec, a ser la mujer preñada, estigmatizada y perseguida por sus 400 hijos. Coatlicue es también la mujer que protege Huitzilopochtli, quien abandona el vientre de la madre para protegerla de sus hermanos, masacrándolos.
La sanguinaria gesta mitológica se transforma, vía el trabajo actoral de Karla Blanco, en un espectáculo que involucra constantemente al público. En el espacio de una hora, adultos jóvenes, adultos mayores, adultos con bigote, adultos con canas, adultos todos, se dejan guiar por La Siempre Viva, que juega e invita a jugar.
Y ahí estamos: cuatro babosos en el escenario, con los músculos tensos y la sonrisa nerviosa. El escenario expone, pero existe gente que no quiere ser expuesta, ni establecer contacto visual o interactuar. Y con des-co-no-ci-dos. La clown es esa presencia disruptiva de la calma, de la “mortal indiferencia”. La Siempre Viva te señala con el dedo y no hay manera de escapar a su llamado. Peor que el riesgo de ser expuesto bajo las luces de un teatro, es ser exhibido en tu asiento de espectador como un aguafiestas.  Así que ahí vas, a hacer el ridículo.
Catagenelofobia. Así se llama el miedo a hacer el ridículo. “Ya, por favor”, murmura a mi izquierda, con los dientes apretados en una sonrisa tensa, otro de los asistentes. Somos cuatro los elegidos para seguir el juego. A veces repartimos globos, a veces interpretamos a los hijos –los huitzinahua– de La Siempre Viva. Unos lo hacen mejor que otros, con más naturalidad, sin oponer resistencia, incluso presumiendo dotes de actor. Otros simplemente contamos los segundos para reptar de vuelta a la butaca, a nuestra cómoda indiferencia donde no tenemos que ser niños, ni jugar, ni establecer acciones con otros. Pero La Siempre Viva te obliga a lo contrario: a punta de candidez, con el sonido de cascabeles, la mordaz risilla y el espíritu de la primera infancia, ella apela a la convivencia y el amor, la alegría y el absurdo. Hay a quienes eso es, justamente, lo que causa espanto.