Israel Sánchez / Agencia Reforma Ciudad de México A lo largo de poco más de medio siglo de trayectoria, el trabajo de campo ha sido -y sigue siendo- uno de los pilares en la labor de la etnohistoriadora y antropóloga Teresa Rojas Rabiela. En estos días, por ejemplo, acompaña a una estudiante, su tesista número … Continúa leyendo “Lo que hacemos sí vale la pena”, resalta la historiadora Teresa Rojas, ganadora del Premio Nacional de Artes
Junio 14, 2025
Israel Sánchez / Agencia Reforma
Ciudad de México
A lo largo de poco más de medio siglo de trayectoria, el trabajo de campo ha sido -y sigue siendo- uno de los pilares en la labor de la etnohistoriadora y antropóloga Teresa Rojas Rabiela.
En estos días, por ejemplo, acompaña a una estudiante, su tesista número 50 que dirige, de visita por el Valle de Tehuacán, al sureste de Puebla, dado el estudio que realiza de la organización social de las galerías filtrantes, un sistema de mantos subterráneos con hileras de pozos en el que pudieron adentrarse el año pasado.
“Es un túnel ni siquiera de esta anchura (señala la mesa de su comedor), vamos a decir que así, como si fuera una mina”, ilustra la investigadora emérita del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (Ciesas), en entrevista desde la casa tradicional que habita en Tlalpan.
“Nos metimos con casco. Claro, ahí el señor pocero iba descalzo y con calzoncillo, sin casco. Pero bueno, él es de allí”, continúa, divertida. “Fue muy interesante, por primera vez ya lo pude ver; lo había visto mucho en fotos, en distintas circunstancias, pero ya meterte. Y la gente dice: ‘¿Y no te dio miedo?’. La verdad no me da mucho miedo, casi nada me da miedo”.
Reconocida ahora con el Premio Nacional de Artes y Literatura 2024, máxima distinción que otorga el Estado Mexicano, Rojas confiesa de pronto hallarse recapitulando lo sucedido para llegar hasta este punto en su vida. Y una de sus grandes influencias fue el antropólogo Guillermo Bonfil Batalla (1935-1991), a quien recuerda como un hombre muy simpático e inteligente.
Ella y otros estudiantes lo acompañaban a las ferias de cuaresma que arrancan en Amecameca y terminan en Tepalcingo, Morelos; “era muy divertido”, afirma la investigadora, quien alguna vez ha dicho que ahí aprendió a tomar cerveza y tequila “como todo buen antropólogo”.
“Sí, pues sí, con él, maestro de maestros. Pero aprendí también a hacer trabajo de campo y a disfrutar. La antropología lo que le permite a uno –bueno, al que hace trabajo de campo con personas vivas– es convivir con toda la gama social.
“O sea, aprendes a tratar a la gente, a platicar con ella, a disfrutar y a hacer amigos”, remarca Rojas, cuyo estrecho contacto con las comunidades llevó a que le pidieran ser madrina de algún menor en múltiples ocasiones. “Tengo varios ahijados tanto en Amecameca como en San Luis Tlaxialtemalco, en Xochimilco, que es el pueblo chinampero donde yo trabajé”.
La agricultura chinampera. Compilación histórica, libro que va en su tercera edición, es producto del tiempo que la académica del Ciesas pasó ahí, en una casa que le prestaron; “la gente que nada más va a un hotel, y va a hacer trabajo de campo, no sirve”, sostiene.
“Te tienes que quedar para que te tengan confianza, para que la gente sí que te cuente, poco a poco”, prosigue, e insiste: “A través de este trabajo de campo puede uno disfrutar de las personas; o sea, te quita los prejuicios”.
Y no es que los tuviera, siendo hija de un matrimonio de clase media de filiación socialista-comunista; su tío fue el ideólogo Elí de Gortari (1918-1991), activo participante del movimiento estudiantil de 1968, al igual que la propia Rojas, en cuya sala hay una fotografía en blanco y negro que tomó su hermano Pedro en el Zócalo capitalino durante una marcha en agosto de ese año.
“Nos íbamos a quedar allá a dormir, estaban las tiendas (de campaña). Y de repente empiezan a gritar: ‘¡Ahí vienen los tanques!’; entonces, por 5 de Mayo salimos corriendo todos”, relata quien librara los hechos del 2 de octubre por estar trabajando en el centro de prensa establecido en el Hotel María Isabel con motivo de los Juegos Olímpicos.
A diferencia de las familias donde se esperaba que las jóvenes contrajeran matrimonio y vivieran dedicadas al hogar y los hijos, en la de Rojas –quien se casó en 1973 con el antropólogo Arturo Warman (1937-2003)– había más bien una tendencia a que las mujeres estudiaran y trabajaran. Su madre era médica en el IMSS.
Su padre, por otro lado, era historiador del arte, y la investigadora ahora estima que los paseos que hacían con él por sitios como Tonantzintla, Atlacomulco o Acámbaro también habrían influido en su posterior inclinación hacia la antropología. Aunque, comparte, en realidad no estaba muy segura y primero quiso estudiar arquitectura, sólo que las matemáticas no se le daban.
“Empecé a estudiar pintura en San Carlos porque no me decidía muy bien”, agrega la académica que hoy luce en casa un paisaje de Luis Nishizawa, además de alguna obra de Chucho Reyes y hasta un Francisco Toledo, junto con numerosas artesanías.
Terminó formándose como etnóloga con orientación de etnohistoria en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), ubicada entonces en la planta alta del Museo Nacional de Antropología (MNA); “probablemente hubiera sido mejor arqueóloga, pero me gustó mucho el trabajo con fuentes (documentales, archivo) y también el trabajo de campo”, refrenda sobre el aspecto más aventurero de su trabajo, del cual no concibe retiro alguno.