La autora jalisciense gana el galardón por su libro Las trabajadoras, que entrelaza la experiencia íntima de las mujeres con la crítica social a través de la poesía y el ensayo
Mayo 28, 2025
Rebeca Pérez Vega / Agencia Reforma
Guadalajara
El cuerpo que trabaja, que cuida, que teclea, que teje; el cuerpo que recuerda. En Las trabajadoras (Heredad, 2024), Mónica Nepote (Guadalajara, 1970) entrelaza la experiencia íntima con la crítica social para construir un libro que es al mismo tiempo archivo, homenaje y apuesta política.
Por esta obra, la escritora jalisciense fue reconocida con el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores 2024, impulsado por la Sociedad Alfonsina Internacional y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL).
Desde la poesía, el ensayo y la documentación, Las trabajadoras explora la dimensión física y simbólica del trabajo doméstico y manual, particularmente el realizado por mujeres: coser, teclear, cuidar, sembrar. Nepote se sumerge en la memoria de su madre, su abuela, sus hermanas y tías, en sus gestos cotidianos, en los objetos y espacios que han habitado: la máquina de coser, la máquina de escribir, la cocina, el jardín.
Todo ese universo –femenino, silencioso, históricamente invisibilizado– cobra relevancia en este libro que fusiona escritura e investigación, experiencia personal y pensamiento crítico y que además amplia los límites de los géneros literarios porque cruza la poesía, el ensayo, el archivo y la memoria como documento.
“Las trabajadoras nace de un texto que al principio pensé que era un ensayo, Los colores de los vestidos que me gustan dicen tanto de las bocas silenciadas, pero que ya en su forma empezó a vibrar como algo más amplio”, cuenta Nepote, radicada en Ciudad de México desde hace más de 20 años.
“Me importa mucho el sonido, la escucha, la música electrónica y también estoy enamorada de las máquinas, de las plantas. Esa relación maquinal con el lenguaje y con la vida cotidiana atraviesa toda la escritura”, relata la ganadora del Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta en 2003.
El jurado, integrado por Carmen Villoro, Verónica Gerber Bicecci y Jorge von Ziegler, subraya en su acta deliberativa que la obra recupera el lenguaje de la costura y la mecanografía para reivindicar el trabajo de las mujeres y las labores de cuidado.
“Es ferozmente crítico con las formas de producción de la industria textil, pero nos invita a especular sobre otros futuros posibles”, apunta el jurado.
Nepote reconoce que no esperaba el premio. “Hay un tipo de libro que es muy premiable. Yo nunca pensé que un texto como Las trabajadoras, que se mueve entre géneros y que no responde a una narrativa convencional, pudiera ganar. Por eso la sorpresa fue doble: primero la alegría, y luego la emoción de saber que se valoró una propuesta que es más experimental, más híbrida”.
El libro, publicado por la editorial cooperativa Heredad, también es resultado de un trabajo colectivo. “Trabajé muy de cerca con Regina Olivares, la diseñadora. Fue una experiencia muy bella, porque el libro se fue armando como se arma un tejido: agregábamos un poema cuando faltaba, ajustábamos el ritmo, buscábamos el tono. Fue una construcción hecha con cuidado y escucha mutua”, manifiesta la autora y editora que varios años fue directora del Centro de Cultura Digital en la Ciudad de México.
Más allá de su dimensión formal, Las trabajadoras es un ejercicio de memoria afectiva, define la autora de títulos como Trazo de noche herida y Hechos diversos.
“Está el trabajo del tejido, está el trabajo de la máquina de escribir, el trabajo de la máquina de coser y todo esto tiene que ver con mis mujeres, con las mujeres de mi genealogía, mi madre fue mecanógrafa, desde los 13 años se metió a estudiar en una academia de comercio, hubo también toda una investigación detrás que tiene que ver con cómo las mujeres empezaron a salir del espacio doméstico para integrarse al trabajo.
“Entrevisté a mi madre antes de que muriera. Ella fue mecanógrafa, costurera, jardinera Toda su vida estuvo atravesada por saberes que ahora llamamos ancestrales, pero que entonces eran simplemente formas de vivir. Fue un proceso de duelo también, de acompañamiento, de reconocimiento”, describe.
Nepote recuerda que su escritura parte de series, como un artista visual que trabaja por temas y materiales.
“Me gusta pensar la escritura como un ensamblaje, como una práctica que se parece mucho a lo manual. Escribo lento, voy ensamblando, colocando los textos, reescribiéndolos”, explica.
Guadalajara, su ciudad natal, también está presente en el libro como un telón de fondo afectivo. “Mi madre creció en Analco, y muchas de sus historias están ahí. No lo nombro todo el tiempo, pero Guadalajara está en los sonidos, en los ecos, en los detalles, en las calles que se recuerdan, está esa vieja Guadalajara”, narra.
Con este reconocimiento, el Premio Xavier Villaurrutia continúa abriéndose a escrituras que rompen con los moldes establecidos, reitera la autora, quien concluye: “me emociona que se abra espacio para este tipo de libros. Porque eso también habla de cómo estamos escribiendo hoy desde otros lugares. Más abiertos, más atentos, más vivos”.